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Santos y difuntos
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comenzamos el mes celebrando a todos los santos: los que nos han precedido y los contemporáneos. Entre ellos, Dios es el primero, porque es el superlativamente santo. La santidad es su modo peculiar de ser, su esencia natural. Los cristianos tenemos esta vocación común: la santidad, que nos reta hasta el heroísmo. Así es la perspectiva que se abre desde el bautismo. Un cristiano verdadero no debe permitirse un modo de vida que no sea santo. Éste ha de ser nuestro tono diario. En cuanto don y vocación, la santidad es esencialmente la misma para todos, aunque después haya matices según dones y carismas personales, servicios y estados de vida. Por tanto, es un error considerar que la santidad es sólo responsabilidad de unos pocos ya que no está al alcance de todos. No es verdad. Todos, sin excepción, estamos llamados a la santidad; para todos es un reto y una bendición. Los que designamos como santos han sido como nosotros, de carne y hueso, con valores y con limitaciones. La diferencia está en que ellos se tomaron el seguimiento de Jesús con seriedad y responsabilidad. En ellos sobresalen los valores humanos y las virtudes cristianas. Si los admiramos es para que nosotros caminemos por la senda testimonial que nos han dejado. Ellos, generalmente, no han hecho cosas deslumbrantes, sino que han sido ejemplares en lo ordinario de cada día. Por eso nos sorprenden y nos resultan atractivos. Son lo más granado de la Iglesia. Dios ha triunfado en ellos. Y junto a los santos conmemoramos a nuestros difuntos. Puede que algunos pongamos más el acento en esta conmemoración. Sin embargo, es la anterior la que ilumina a la ésta. Desde el ángulo de la santidad se vislumbra mejor la trascendencia y el horizonte humano. Somos seres para la vida y para el encuentro definitivo con el Dios Amor, que es punto de llegada. Lo intuye nuestra psicología y la fe nos lo revela. Al visitar el cementerio o evocar a nuestros antepasados no debe faltar una consideración sobre nuestra vocación cristiana y sobre nuestro destino como seres espirituales. Ésta es la mejor onda para profundizar en nuestras raíces y para enlazar con nuestros queridos difuntos. La mejor comunión viene por el cauce del sentimiento y de la fe.
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