≡ Marzo de 2010 ≡
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En Oliva de Mérida
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Amor sin rencor
¿Son solidarios nuestros adolescentes?
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Una mirada desde dentro
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¿Qué solución para Haití?
por Octavio Hidalgo
Efectuadas las primeras ayudas de emergencia, procede analizar
qué soluciones de futuro le convienen realmente a este país para que sea auténtica y duradera su recuperación.
Han pasado unas cuantas –largas– semanas desde aquel devastador terremoto del 12 de enero, que hizo vibrar a Haití de dolor y de quebranto y a todo el mundo de compasión y de solidaridad. Porque, generalizando, ha sido una evidencia que todo el mundo se volcó generosamente con Haití y con sus gentes. Se movilizaron recursos humanos y materiales; se hicieron, con la mayor rapidez posible, envíos masivos de ayuda humanitaria… Y es que la conmoción nos embargó a todos al conocer la trágica noticia.
Después, pasando los días, se iban confirmando los peores presagios. Las cifras de víctimas crecían de manera imparable, a veces con el contrapunto animador de supervivientes que iban encontrando, dando así un respiro a la esperanza. Pero lo cierto es que el drama de la destrucción de Haití nos ha dejado afectados incluso a quienes estamos a distancia geográfica.
Como alguien ha escrito desde el propio continente americano, la magnitud de la catástrofe se ha ido precisando poco a poco, con datos relativamente cercanos a la realidad: más de 150.000 muertos, unos 200.000 heridos, alrededor de un millón de personas sin hogar, tres millones de damnificados… y la conciencia generalizada de que hay que reconstruir la nación. Y el comentarista mencionado añade un interrogante que nos parece de gran importancia mirando al futuro: “¿Hasta cuándo va a durar esta globalización de la solidaridad?”.
El pueblo, protagonista
Apunta este observador que la desgracia parece connatural con Haití. A lo largo de sucesivas décadas este país ha soportado un constante deterioro causado por la pobreza, la injusticia, la corrupción, la explotación y la inestabilidad política. Una degradación general lo ha hecho pasto de diversidad de desastres, que los dirigentes públicos no han sabido encarar ni, menos aún, solucionar. Síntomas de todo esto han vuelto a aparecer con ocasión del terremoto devastador.
Efectuadas las primeras ayudas de emergencia, procede analizar qué soluciones de futuro le convienen realmente a este país para que sea auténtica y duradera su recuperación. Tal objetivo esencial, y complejo, no depende sólo de las empresas constructoras y de las ayudas financieras, sino también de una conciencia cívica y de un verdadero liderazgo político, sin los cuales se perderá una ocasión coyuntural para levantar el país con cimientos sólidos.
No hace falta ser un profesional de organizaciones humanitarias ni un entendido en conflictos nacionales para afirmar que una solución garante y duradera no es posible sin involucrarse el pueblo afectado como principal protagonista. Por tanto, la solución de Haití ha de radicar en sus propios ciudadanos y en su organización interna, para lo cual necesitarán mucho apoyo psicológico, motivación sostenida, refuerzos diversos… de manera que se acreciente la capacidad que tiene todo ser humano de superación, singularmente en trances difíciles como el presente. Otros países que han sufrido catástrofes, han logrado emerger.
En cooperación con este protagonismo, de manera subsidiaria y durante un tiempo prudencial, es conveniente la presencia internacional en el país, pero sin arrogarse un estatus que no le corresponde, menos aún si queda frenada la participación responsable de los ciudadanos nativos. La cooperación exterior sólo se justifica si favorece la curación del país herido y le ayuda a emprender de nuevo el camino con dignidad personal y colectiva, y con responsabilidad histórica.
Posibilidades a nuestro alcance
Y nosotros, ciudadanos españoles de a pie y cristianos de base, después de las primeras ayudas, ¿qué podemos hacer ahora? En primer lugar, no olvidar la desgracia sufrida por los haitianos. Tardarán años en ser medianamente autónomos. Precisarán ayudas de diverso signo. Hemos de permanecer abiertos a sus necesidades. La solidaridad con ellos no ha hecho más que empezar.
En este sentido, hemos de seguir atentos e interesados por conocer la suerte que vayan corriendo. Desentenderse de la información, despreocuparse de su desgracia porque ya no es noticia reciente, no interesarse por conocer el proceso de superación que vaya alcanzando… puede significar que el terremoto de Haití nos afectó emocionalmente en un primer momento, pero no despertó planteamientos de un mayor compromiso humanitario.
Además, hemos de permanecer sensibles a las campañas que se sigan presentando con proyectos concretos de recuperación o de desarrollo en Haití. Si ya antes del terremoto era uno de los países más empobrecidos del planeta, actualmente ha quedado todavía más aplanado. Nuestro compartir ha de ser inteligente y efectivo especialmente con este país.
Y un recurso que siempre está a nuestro alcance es el de la oración. Oremos por la situación difícil que se sigue viviendo en Haití y para que nuestro compromiso con los haitianos no decaiga. Desde el vértice de la oración se contemplan las realidades humanas con otro color y otro arrojo. Ojalá que el dolor y la pasión de Haití puedan desembocar en una Pascua de recuperación y de fraternidad.


Historia personal sobre mundos paralelos
por J. Torres

Ésta es una historia peculiar, sorprendente, en la que uno, que vive el día a día en una dinámica rutinaria, no es capaz ni de imaginar cómo puede cambiar la vida de un momento a otro y cómo puede cambiar la visión de la vida de un día para otro.
Me considero una persona normal, joven –en la treintena–, trabajador, casado, con dos pequeños, al que el trabajo y la familia absorben el tiempo, en una dinámica que poco deja para el ocio, salvo cuando toca ocio, los fines de semana o en verano. Lo dicho: una persona normal, con una ajetreada vida normal, hasta que las cosas se complican y mucho...
EsTras unas semanas de intenso trabajo y con los típicos síntomas gripales, acudí a urgencias del Hospital ante el agravamiento de los síntomas. Se produjo la típica espera de tres horas, en este caso con mascarilla, rayos X y un
–todo es normal, tómese esto, ya puede irse...
–Perdone, es que me duele el pecho…
–Pleuritis propia de la infección, no es nada...
Y a casita. Pero, de camino, apareció una presión fuerte en el pecho, acompañada de una sudoración intensa, manos y pies fríos... Semiinconsciente volvimos a urgencias, donde, antiinflamatorio en vena y pies en alto, recuperé la normalidad. Por ello hablo de un ingrediente de aventura, pues en una rutina diaria, el dormir en una habitación del hospital, en observación, no dejaba de ser un hecho fuera de lo normal, máxime cuando dormí bien.
Sensaciones inesperadas
Es curioso cómo la percepción de la vida cambia en un momento: lo que un minuto antes era usual, con las preocupaciones propias de quien está atento a las eternas cosas pendientes, pasa a un segundo plano al minuto siguiente, cuando la vida no importa porque se acaba, es el fin.
Aquella mañana, tras hacer bromas con las enfermeras que hicieron el electrocardiograma de rutina, y al rato de desayunar bien, en cuestión de segundos empecé a notar una presión cada vez más fuerte en el pecho, con los síntomas que ya conocía: sudoración, extremidades heladas... Sin embargo, esta vez, la presión era mayor y no dejaba de crecer.
Con un dolor agudo en el pecho, con la doctora reconociéndome nerviosa, diciendo: “Tú tranquilo, tú tranquilo”, pidiendo una máquina de electrocardiogramas y gritando: “¡Una cafi ya!”(pedía la pastilla que se pone debajo de la lengua en los casos de infarto), mientras agitaba las manos, mirándome y repitiéndome: “Tú tranquilo, ¿eh?, tú tranquilo”, y esa punzada hiriente en el pecho... Así la vida se ve de forma distinta.
Personalmente me sorprendió la tranquilidad con que veía la escena, pensando que me estaba dando un infarto y que podía ser el fin... Y espontáneamente empecé a pensar/rezar: El Señor es mi pastor, nada me falta; por verdes praderas me guía. El Señor es mi pastor, nada me falta; aunque camine por quebradas oscuras, nada temo, porque estás conmigo. Pensando (más bien saboreando) estas palabras, algo me intranquilizó; miré hacia mi derecha y ahí estaba mi mujer, a mi lado; bien, nada más necesitaba. Nuevamente tranquilo, me puse a rezar/pensar: El Señor es mi pastor, nada me falta; por verdes praderas me guía...
Cuánto tiempo estuve hasta que el dolor del pecho bajó, no lo sé. Lo que sí sé es que aquella experiencia personal me ha hecho recapacitar mucho sobre lo relevante en esta vida y lo que no lo es, sobre lo fútil que es nuestra existencia y lo que en el momento del tránsito puede uno sentir o querer.
Lo esencial
Uno puede llevar una vida que cree indefinida, con todas sus aspiraciones, planes y caprichos; y conocer en un minuto una vida paralela en la que se es también protagonista, la que toca la esencia de nuestro ser, cuando todo se acaba y no puedes hacer nada por evitarlo... Entonces sólo sentí una cosa y sólo quise otra. Y estoy contento porque en esa experiencia no puedes meditar sobre lo que en la vida normal aspiras o planeas. Sientes o quieres algo, nítidamente, sin dobleces.
En ese momento sólo quería estar con mi mujer, la persona que siempre está a mi lado y con la que siento la felicidad; nada más necesitaba de este mundo. Con el tiempo he pensado que, aunque a mis hijos les quiero con devoción, son un proyecto de vida que antes o después vivirán su experiencia por separado. Sin embargo, mi mujer y yo formamos un proyecto sagrado de vida común hasta que un simple evento nos separe transitoriamente... Por eso, pienso ahora, tiene sentido que sólo necesitase estar con Marina, mi mujer.
Y sólo sentía una cosa: Paz, en manos del Señor. Una confianza en que el tránsito iba a ser cosa de nada y después, la plenitud. Tengo la inmensa suerte de sentir que la infinitud de Dios ya forma parte de nuestra persona, que ya está en nuestro corazón y que somos parte de Él en este regalo que nos ha dado y que es la vida. Como dice un buen amigo, Jesús nos ha enseñado que no habrá resurrección, porque ya hemos resucitado, ya somos eternos al formar parte de Dios.
Situaciones límite
Siendo sorprendente esta experiencia, resulta igualmente sorprendente que gracias a ella conociera, además, otros mundos paralelos. Así he llamado a la vivencia de otras personas, cuyo día a día parece de un mundo diferente al que estamos habituados.
En efecto, dados los síntomas del infarto que sufrí, me trasladaron a la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) durante tres días, para estudiar si había sufrido un infarto de miocardio o si se trataba, como acabó siendo, de una inflamación del pericardio (la membrana que envuelve al corazón y que al inflamarse lo oprime, en ocasiones, hasta colapsarlo), la cual se suele curar, como en mi caso, sin secuelas.
En dicha Unidad cuidan de personas que se encuentran en situaciones límite, por lo que se encuentra junto a los quirófanos, con los pacientes desnudos y monitorizados las 24 horas del día, sin paredes entre camas para un rápido traslado en caso de emergencia. Ahí conocí otra experiencia vital, el mundo de personas que subsisten en una situación límite, y en algunos casos de forma irreversible...
Nunca antes me había parado a considerar el sufrimiento que indefinidamente pueden padecer personas de mi misma edad que no pueden ni siquiera expulsar las flemas... personas con embolia cerebral, neumonía… para las que resulta un triunfo, un motivo de alegría a comentar entre las enfermeras, que hayan podido... toser. Con la piel plagada de llagas y envuelta en vendajes, y cuya única conversación día tras día es una mirada perdida tras unos párpados, que permiten a las enfermeras saber si duermen o están despiertas. Cada pequeño logro que van consiguiendo es un triunfo, fruto de la dedicación y del esfuerzo continuo de las enfermeras; y ello, sabiendo que nunca lograrán una recuperación, siquiera media, del paciente.
Nunca había imaginado que un enfermo de paludismo, también de mi misma edad, requiriese cuidados continuos, minuto a minuto, con decenas de bolsas de agua preparadas para bajar la fiebre y un montón de almohadas en que apoyar su cuerpo, sin poder comunicarse más que a través del monitor que vigila sus constantes vitales. Y ésta es su vida día a día, y así ha sido hoy mismo su mundo y así será mientras viva...
En esa sala, como en todas las UCI, había otros enfermos, jóvenes y mayores, cada uno con su mundo particular. Un mundo suavizado (si así puede adjetivarse) por las enfermeras y los médicos intensivistas, que se han ganado mi respeto y admiración por siempre: aspirando flemas, curando pieles infectadas, limpiando cuerpos día a día con esmero y ternura, tranquilizando (había un enfermo que trataba cada cierto tiempo de tirarse de la cama) o corriendo cuando las constantes vitales no responden o por sondas que se sueltan o se enredan.
Ingredientes de la realidad
Sorprende pensar cómo de una vida rutinaria, mediante esta experiencia personal, el Señor me ha hecho experimentar directa e indirectamente tantas sensaciones, tantas vivencias internas y externas, que me provocan una sensación abrumadora, al ser consciente de los dones que día tras día nos regala Dios en nuestra existencia.
Esta pequeña historia sobre mundos paralelos, que están ahí, hoy mismo, en nuestro barrio o en nuestra calle, no pretende obsesionar a nadie con la muerte o el sufrimiento límite. Simplemente pretendo que haga meditar un poco sobre lo esencial de cada uno en la vida y sobre el sufrimiento ajeno, tan extendido aunque no lo percibamos.

No podemos quedarnos impasibles antes estas realidades; hemos de dar gracias a Dios por todo aquello que nos ha dado, disfrutar, saborear, vivir apasionadamente cada instante de lo que falsamente llamamos “normalidad”; y hemos de orar por aquellos que no pueden disfrutarla, haciendo lo que en nuestra mano esté para que, si es posible, eso cambie; y también hemos de orar por nosotros mismos para que cuando tengamos que afrontar esos momentos duros, sepamos encontrar a Dios... guiándonos desde nuestro corazón.
