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Educación sexual
por P. Vila
Parece que “produce alergia” hablar a los jóvenes de respeto y de responsabilidad, de amor y de generosidad...
Con tanto debate sobre lo que puede hacer o no una menor desde el punto de vista legal, a veces parece que olvidamos algo evidente: que antes de un aborto hubo un embarazo y, aún antes, una relación sexual.
Y es que los adolescentes, aunque sean menores de edad, son seres humanos, personas dotadas de inteligencia y voluntad y que, como tales, tienen derecho a que se les oriente y guíe en esta vida hacia el mejor desarrollo de su personalidad. Tienen capacidad para aprender a respetar a los demás y a hacerse respetar; a no sentirse obligados a mantener relaciones sexuales si no quieren, aunque la presión del grupo o la presión mediática imponga esas conductas; a que no pueden tratar al otro con violencia, y que una forma de violencia la ejerce el que utiliza al otro como “instrumento” del que obtener mero placer.
No basta con informar
Hasta los más favorables al control de la natalidad e incluso al aborto tienen que reconocer que la política educativa, dirigida a los jóvenes y adolescentes en materia de sexualidad, en los últimos años ha sido un rotundo fracaso: lejos de lograr reducir el número de embarazos no deseados y de contagio de enfermedades de transmisión sexual, observamos que éstos han aumentado de forma lastimosa en España. Los educadores saben que esto sucede si limitamos la educación sexual a una mera transmisión de información sobre métodos anticonceptivos o abortivos.
Y es que a los adolescentes se les debería explicar también que el encuentro sexual es un encuentro interpersonal, íntimo, que cobra su sentido desde el momento en que humaniza a la persona, haciéndonos diferentes a los animales; que dicho encuentro será más rico, pleno, libre, placentero e incluso divertido a medida que se consigan integrar más caracteres de la persona humana, como el afecto, el cariño, el amor, la entrega, la sinceridad, la fidelidad, el proyecto en común; que siempre hay que tener en cuenta al otro, y sus sentimientos y afectos, además de los propios.
Indicaciones desde la política
Desde un Ministerio de Sanidad se puede y debe recomendar el uso del preservativo como un método más (no el único) para prevenir enfermedades de transmisión sexual y para evitar embarazos no deseados. Pero, además, un Ministerio de Sanidad también debe atender a la salud mental y al desarrollo afectivo y psicológico de los jóvenes, para lo que habrá que prescribir, como terapia de salud, algo de sensatez en las relaciones sexuales del paciente o, incluso, abstinencia de ellas, si el caso lo requiere. Habrá que promover la adquisición de destrezas de control de los impulsos y de manejo de los sentimientos para conseguir ese equilibrio mental considerado saludable. Todo esto, además, sin necesidad de ningún tipo de consideración moral o religiosa que, por otra parte, tampoco hay que excluir en la educación.
En efecto, desde un Ministerio de Educación, todavía es más grave equiparar educación sexual a la mera distribución de información sobre el uso del preservativo o sobre el aborto. Y esto es tan evidente que hasta lo dicen esos textos europeos en los que dice inspirarse el proyecto de ley del Aborto que ahora está en tramitación en nuestro país. Por ejemplo, la Resolución del Parlamento Europeo sobre salud sexual y reproductiva insiste en la prevención de los embarazos y la reducción del número de abortos; apela a la responsabilidad del hombre y de la mujer; reconoce que no se debe fomentar el aborto como método de planificación familiar; recomienda a los gobiernos la oferta de ayuda material y económica a las mujeres embarazadas; destaca que la educación sexual se ha de considerar desde un enfoque global y positivo, prestando atención a los aspectos psicosociales y biomédicos sobre la base del respeto y la responsabilidad mutuos, etc.
Pero, ¿qué les pasa a algunos políticos españoles? Parece que les “produce alergia” hablar a los jóvenes de respeto y de responsabilidad, de amor y de generosidad. Considero que, aunque estos conceptos no tengan el mismo contenido para todos, por lo menos hemos de hacer uso de ellos y proponer los valores a los que estos conceptos se refieren.

Una típica escena
por Alejandro Cuesta
"El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir"
(A. Einstein)

Hace unos días presencié una típica escena protagonizada por un estudiante de Física. Aseguraba la total incompatibilidad entre religión y ciencia, y argumentaba su afirmación con una crítica tópica acerca de la evolución de las especies (su ignorancia no abarcaba que la Iglesia dejó atrás hace años la etapa del creacionismo); también hacía alusión a la teoría de la creación, ridiculizando a la Iglesia por pensar que el mundo pudo crearse en seis días.
La increíble disertación de este estudiante de Física (reitero lo de estudiante de Física para aclarar la “inteligencia” de este joven) se produjo tras mi anécdota. Les comenté que hace unos meses, durante mis prácticas en el Parque de las Ciencias de Granada, un grupo de visitantes solicitó una sala para poder celebrar una misa. Mi breve historia produjo un cierto escándalo entre los presentes, y un desconcierto aún mayor el hecho de que un grupo de creyentes tuviesen la loca idea de ir a un museo de Ciencias. ¡Qué disparate! ¿Verdad? Y yo, hombre creyente y estudiante de Física, al igual que este compañero, tuve la insensatez, incluso, de trabajar allí. ¿En qué estaría pensando? ¡A la hoguera conmigo!
Perdonad que me ría de la situación, pero me pareció fuera de sí e increíblemente ridícula. Ahora lo pienso fríamente y me entristece considerar que lo acontecido no está tan fuera de la realidad, sino todo lo contrario: es una lástima que la gente tenga este concepto de la Iglesia del siglo XXI; es algo que nos ha de hacer meditar y ver el modo de remediarlo.
En mi opinión, religión y ciencia no tienen por qué estar en contraposición. Como estudiante de Física, veo la ciencia como una poderosa herramienta para descubrir los misterios de la creación, nos ayuda a comprender y admirar el regalo de la vida, de la naturaleza, pues ya lo dijo en su tiempo Albert Einstein: “El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”. Y expresó también: “Todas las religiones, artes y ciencias son ramas del mismo árbol. Todas esas aspiraciones están encaminadas a ennoblecer la vida del hombre elevándolo de la esfera de la mera existencia física y llevándolo hacia la libertad”.
Así que si un grupo de cristianos decide ir a ver una exposición sobre Darwin, acerca del desarrollo del universo tras el Big-Ban, o algún otro tema científico, será para el engrandecimiento de sus almas.
Para este compañero y para los que piensen igual va dedicada la siguiente historieta que considero divertida o, como mínimo, original.
Cómo ocurrió
Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, el que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.
—En el principio –dijo–, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo...
Pero yo había dejado de escribir.
—¿Hace quince mil doscientos millones de años? –pregunté, incrédulo.
—Exactamente. Estoy inspirado.
—No pongo en duda tu inspiración –aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas). Pero, ¿vas a contar la historia de la creación a lo largo de un período de más de quince mil millones de años?
—Tengo que hacerlo. Ése es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro –dijo, palmeándose la frente–, y procede de la más alta autoridad.
Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.
—¿Sabes cuál es el precio del papiro? –dije.
—¿Qué?
(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro).
—Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir bastante para llenarlos, y los dedos se me acabarían cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la voz y yo la fuerza suficiente, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?
Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:
—¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?
—Mucho –puntualicé–, si esperas llegar al gran público.
—¿Qué te parecen cien años?
—¿Qué te parecen seis días?
—No puedes comprimir la Creación en sólo seis días –dijo horrorizado.
—Ése es todo el papiro de que dispongo –le aseguré–. ¿Qué dices?
—¡Está bien! –concedió, y empezó a dictar de nuevo–. En el principio... ¿De veras han de ser sólo seis días, Aarón?
—Seis días, Moisés –dije firmemente.
