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Noviembre de 2009

     

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Un feto de 13 semanas...
por J. Moya

Estamos pagando a un grupo de “expertos” para que al final
de sus investigaciones nos digan que un feto de 13 semanas
es un ser vivo, pero que no hay ningún fundamento científico
para decir que es un ser humano…

La ministra de igualdad, Bibiana Aído, ha llegado a afirmar: “Para mí un feto de trece semanas es un ser vivo; eso es claro. Pero no podemos hablar de ser humano, porque no tiene ninguna base científica”. Y podemos imaginar que se quedó tan ancha como larga. Eso sí, los comentarios no se hicieron esperar: le brotaron críticas desde todas las parcelas geográficas y sociales.

Enfrente de mi casa hay un colegio donde estudian niños y adolescentes de diferentes edades. Los padres los llevan allí desde la guardería hasta que van a la universidad. Pensé que era un lugar ideal para hacer una encuesta entre muchachos y muchachas de diferentes edades. Quería saber si desde los siete años en adelante sabían distinguir entre los embriones de diferentes animales.

Les presenté imágenes de embriones de un ser humano, de un cerdo, de un ratón y de un caballo. Los resultados fueron que los niños de siete años no eran capaces de distinguir el embrión de un ratón, que fue el más elegido, del embrión de un ser humano, uno de los menos elegidos. En este caso, podríamos decir que los niños, guiándose de sus conocimientos de genética, muy exiguos desde luego, y guiándose por el mayor o menor parecido con un bebé humano, podrían haber dicho que el embrión humano era un ser vivo, pero no un ser humano, porque no se distingue de los embriones de los restantes animales.

¿Qué decir de los expertos?

En el siglo XIX, Karl Ernst von Baer ya afirmaba que los embriones de todos los ani-males se parecen. Y Ernst Haeckel, sobre la base de la evidencia de un diagrama desarrollado por él mismo, argumentó que en los primeros estadios los embriones parecen muy similares, aunque evidentemente no idénticos, como ya había afirmado Karl Ernst von Baer, y que éstos representan la recapitulación de las formas adultas ancestrales.

Sin embargo, cuando presenté la imagen de un feto de 14 semanas a otro grupo de niños y niñas de siete años, todos reconocieron, sin dudar lo más mínimo, que era un niño. La reflexión, por tanto, que podríamos hacer es que los pequeños de siete años saben perfectamente que el feto de 14 semanas que está en el vientre materno es un niño, no sólo un ser vivo.

Sin embargo, la ministra Bibiana Aído hizo su célebre y desafortunada afirmación después de consultar a un grupo de expertos. Suponemos, por consiguiente, que no se le ocurrió a ella sola decir que un feto de 13 semanas es un ser vivo, pero no un ser humano, sino que sería el resultado de profundas reflexiones de ese grupo selecto de expertos, en el que habría médicos, genetistas, abogados, investigadores, catedráticos de universidad, científicos laureados, etc.

Cuando vimos por vez primera el reportaje del National Geographic sobre el desarrollo del feto humano en el vientre materno sacamos una opinión bastante diferente de la expresada por la ministra Bibiana: Desde el tercer mes de embarazo (12 semanas) casi todas las partes del cuerpo ya se han formado: ojos, orejas, nariz, dedos, brazos y piernas, y continúan creciendo. Al tener formada la cara, el pequeño ya puede chuparse el dedo. Pero es a partir de las 14 semanas cuando, según esta investigación, la madre ya aprecia el movimiento del bebé que tiene en su seno. Y es que el feto es “sensible a otras partes de su cuerpo y elementos de su entorno”.

Al tiempo que el feto empieza a moverse, también desarrolla un sentido que le hace consciente del espacio que le rodea. Es lo que llaman “propiocepción”, lo que le permite adaptarse a los distintos cambios del entorno. El sistema digestivo empieza a funcionar y el feto aprende a tragar y beber líquido amniótico. Algunos de los sabores de los alimentos de la madre se transfieren al líquido amniótico e influirán en el desarrollo de las papilas gustativas del feto.

El bebé empieza a tener pelo en la cabeza y las cejas; los latidos del corazón se escuchan con el monitor doptone. El feto bebe líquido amniótico y lo orina. Las cuerdas vocales se forman. El cordón umbilical se une al abdomen.

¿Y qué decir del Consejo de Estado?

Que los niños de siete años no sepan distinguir a simple vista la diferencia entre los embriones de distintos animales es comprensible; pero, ¿es posible que un grupo de expertos no distinga entre un feto de 14 semanas humano y otros fetos de animales?

Tengo un amigo experto en genética. Me dice que en el laboratorio pueden saber muchas cosas de la futura vida del niño. Simplemente analizando los cromosomas y los genes se puede saber si el óvulo fecundado será niño o niña, si padecerá alguna enfermedad genética: Alzheimer, parkinson, daltonismo, síndrome de Down, etc. Incluso en un futuro próximo, mediante un análisis de los genes, se podrá predecir un gran número de características físicas y mentales del niño que empieza a desarrollarse en el vientre materno. Cualquier experto sabe perfectamente que un óvulo fecundado, humano, tiene 46 cromosomas; si tuviese 48 sería el óvulo fecundado de un chimpancé.

Por otra parte, el Consejo de Estado ha avalado la constitucionalidad de la reforma de la ley del aborto que promueve el Gobierno, aunque plantea al Ejecutivo algunas modificaciones: a) que se informe a los padres de las niñas de 16 años que quieran abortar, y b) que se rebaje de 14 a 12 semanas el tiempo para abortar libremente. Me pregunto: ¿Un feto de 12 semanas es un ser vivo, pero no es un ser humano? A los prohombres del Consejo de Estado les pasa lo mismo que a los niños de siete años: no saben distinguir “a simple vista” si un feto de 12 semanas es un ser humano o no.

¡Que les estemos pagando a un grupo de “expertos” para que al final de sus investigaciones nos digan que un feto de 13 semanas es un ser vivo, pero que no hay ningún fundamento científico para decir que es un ser humano…!

Los niños de siete años tienen mejor criterio que ellos: sencillamente porque ven las cosas con ojos ingenuos, no con ojos contaminados por otros intereses.

Contra viento y marea
por Arsenio Díez

Escribir lo que sigue no tiene ningún mérito. Lo que sí tiene mérito es el testimonio de cada uno de los componentes de esa “mesa redonda” que aparece en la foto. La vida es un asunto difícil. La fe también. Y de eso se trataba en la mesa redonda: cómo conjugar la vida de familia con el trabajo y con el compromiso de fe. O de otra manera: qué aporta la fe a la vida de cada día. Adelante: lean y disfruten.

En esta ocasión habla MJ, que son dos letras de la palabra mujer, y que es enfermera en el hospital Reina Sofía de Murcia. Es también madre de familia. Y es cristiana convencida, muy activa en su parroquia con jóvenes y adultos. El ambiente que rodea a MJ es con frecuencia adverso a la práctica y el compromiso de fe. Ella es valiente y emprendedora, como pueden comprobar.

Tomé nota de lo que iba diciendo. Pero dejemos que hable y se presente ella misma:

–Soy madre de familia. Tengo una profesión que me encanta e intento ser buena persona. Sigo buscando cuál es la voluntad de Dios en mi vida. Y procuro mantenerme libre para poder aceptar la imprevisibilidad del Espíritu. Intento ser también buena cristiana.

Su vida de fe:

–En mi niñez me presentaron un Dios duro y justiciero, y me ha costado descubrir y aceptar que Dios es amor y perdón. El camino de la fe no ha sido fácil. Pero ésta me ha sostenido en las experiencias dolorosas; he tenido la suerte de no verme sola en mi búsqueda creyente. Recuerdo lo importantes que fueron las Hijas de la Caridad en mi formación como enfermera y el testimonio de su entrega al tratar con enfermos, vagabundos y pobres. Ni puedo olvidar tampoco lo que han significado las misiones redentoristas. Fue como encontrar el eslabón perdido, como salvar esa distancia inmensa que hay entre el altar y los bancos donde nos sentamos los feligreses. Reubicaron a Jesús en mi vida cotidiana y parroquial. Ahora ocupo todo mi tiempo libre: las asambleas, los jóvenes, las celebraciones, el compromiso con niños del tercer mundo.

Su espiritualidad:

–Todo esto adquiere sentido gracias a la oración. Es mi motor diario, la fuerza de mi fuerza; es encuentro con Cristo, que es la fuente. Es lo que hace que todo tenga sentido y me libre del activismo. Cada día me pregunto: “¿Qué quieres de mí, Señor?”. Trato de poner orden en mi mundo interior y de fortalecerme con la oración y la práctica sacramental, para no perder el sentido ni la dirección de la vida.

Ahora su trabajo:

–Trabajo con creyentes, indiferentes y con ateos convencidos, aunque el ambiente en el trabajo es de increencia. También trabajo con creyentes, aunque no son creyentes convencidos; muchos viven una religión “a la carta”, para uso particular. Pero entre unos y otros veo los valores de la solidaridad. Eso nos une a los creyentes con los no creyentes. Y con frecuencia me apoyan más los ateos que los creyentes, cuando les pongo la cara para ayudar en las misiones. También sufro por los ataques a la Iglesia jerárquica. Y sufro cuando la Iglesia juzga y condena, olvidándose de sus propios pecados. Yo procuro no caer en el fanatismo ni en la indiferencia. No voy dando “bibliazos”. Procuro ser libre y no tengo miedo a dar la cara. Porque ser cristiano es un modo de vivir y de enfocar la vida. Según están las cosas, ser cristiano es cosa de valientes.

Cristiana en el hogar:

–Soy madre y esposa. Tampoco me resulta fácil compatibilizar vida de fe y de familia. Dar testimonio ante mis hijos y mi marido, sin forzar, tratando de comprender, es todo un reto. La mejor educación para los hijos no es tanto la palabra, cuanto el ejemplo, la coherencia. Ésta será la semilla que en un futuro podrá germinar en el corazón de mis hijos. Ésta es mi esperanza.

–¿Y tu compromiso de solidaridad?

–Es otro reto. Procuro servir al ser humano. Trato de atender a los necesitados de aquí, vecinos, amigos, familia… y a los necesitados de allá. Trato de mantener los ojos abiertos ante las injusticias, las discriminaciones y la violación de los derechos humanos. Los cristianos estamos llamados a dar ánimo, poner esperanza e infundir aliento en este mundo que se rompe.

–¿Algo más?

–Sí. Hago mía la oración de Thomas Merton, sacada de “Pensamientos de la soledad”. Espero que os sirva tanto como a mí:

Señor, Dios mío,
no tengo idea de hacia dónde voy.
No conozco el camino que hay ante mí.
No tengo seguridad de dónde acaba.
No me conozco realmente.
Y el hecho de creer que cumplo tu voluntad
no significa que realmente lo haga.
Pero creo que el deseo de agradarte
ya de hecho te agrada.
Espero no hacer nunca nada aparte de este deseo.
Y sé que si hago esto,
Tú me guiaras por el sendero recto,
aunque yo no lo sepa.
Por eso, siempre confiaré en Ti,
aunque parezca perdido y a la sombra de la muerte.
No temeré pues Tú estás conmigo
y no dejarás que me enfrente solo a mis enemigos.