≡ Mayo de 2010 ≡
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1 Saludo editorial
2 Buenas noticias
4 Correo del lector
5 La mirilla de Icono
6 De la mano de María
Santa María del Camino
Los vestidos de la Virgen
Coro Rociero
12 Iglesia en camino
La mirada de Jesús y María
Dios, Padre nuestro
Un pajaro descarado
Las cosas tienen un nuevo valor
20 Tema del mes
La grandeza de María
24 Familia Redentorista
Dios, el motor de mi vida
Abriendo fronteras
Flor. La alegría de vivir
30 En directo: la Familia
El acoso moral
El miedo a tener hijos
El racimo de uvas
34 Colaboraciones
Acoger lo próximo
El Limbo de los curas
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La grandeza de María
por Octavio Hidalgo

Esta revista mariana, ya más que centenaria, ha propagado a lo largo y ancho de la historia y de la geografía, la devoción popular a la Virgen de Nazaret, creyente, Madre de la Iglesia, compañera destacada en el seguimiento cristiano… Cuando hablamos de devoción queremos decir más que afecto y emoción; nos referimos también a la valoración de la Virgen por su ejemplaridad y patrocinio.
Actualmente, quienes trabajamos en esta Redacción seguimos estimando tanto la presencia de la Virgen en las comunidades humanas, que mensualmente nos hacemos eco del sentir y querer de tantos cristianos en relación con Ella. Ésta es la razón por la que este mes le dedicamos, además, el tema central, como homenaje de cariño y agradeciéndole el simbolismo que tiene para tantos hombres y mujeres, así como el atractivo saludable que ejerce.
La fascinación de María
Con motivaciones y perspectivas diversas, María es un referente para muchas personas. Incluso allí donde la religiosidad decae, la importancia de María resiste, sea por la importancia del “anima” femenina, por el peso de la tradición, por la incidencia de su testimonio o por la singularidad de su condición humana y creyente. Lo cierto es que María tiene actualidad, resuena en las gentes y penetra en la sensibilidad de muchos para bien de las personas y trascendencia del Evangelio. No obstante, en un buen número de personas tiene sobre todo repercusión emocional, debido principalmente al contagio de las fiestas patronales o eventos por el estilo. Ojalá toda la religiosidad popular dejara huella profunda; sería una demostración de que llega hasta el corazón y no se queda en la epidermis.
Verdaderamente, en la Iglesia ha habido siempre una especial consideración por la figura de María. Tal vez por ello es significativo el impacto que Ella sigue teniendo en las gentes de cultura cristiana. Podemos afirmar que María es uno de los fenómenos más prodigiosos y sugerentes de la religiosidad popular. Es admirable cómo fascina a personas y colectivos, cómo interesa a los artistas, cómo muchos llevan su nombre con orgullo y distinción. Es evidente que tiene un gran peso e influencia en las sociedades alcanzadas por el Evangelio.
La Tradición y el Magisterio de la Iglesia la han resaltado repetidamente. El pueblo cristiano la celebra, aquí y allá, con especial devoción. No cabe duda de que es un gran símbolo de lo que todos los humanos necesitamos y aspiramos. Por eso, podemos afirmar que la Virgen de Nazaret es una personalidad muy representativa y, ciertamente, un sacramento para los cristianos.
Algunos rasgos de su personalidad evangélica
María es madre. Por aquí llega muy dentro a las personas. Todos sabemos el valor decisivo que tiene una madre. Es uno de los cariños más sagrados. Además, una madre despierta respeto y agradecimiento. Desde los comienzos de la Iglesia la maternidad divina y humana de María ha sido reconocida, aclamada y celebrada.
María es sana desde la raíz, inmaculada. Es otro de los rasgos que la distingue y la hace atractiva. Esta cualidad enlaza con los anhelos más genuinos de la espiritualidad humana. La salud integral, la honestidad, la limpieza de corazón, una mirada clara y brillante… describen el ideal que todos sentimos muy dentro. La belleza espiritual de María despierta una sana envidia y una gran admiración; en el fondo la deseamos imitar.
María es creyente y orante. Lo evidencian los datos evangélicos. La Virgen de Nazaret sobresale en estos valores de alta calidad religiosa. María colabora con los planes de Dios, a lo cual le ayuda su condición orante. Es persona que vive en comunión con Dios, le escucha y medita lo que le acontece. Como cuenta con Dios, siente su iluminación y su fuerza para cooperar en obediencia y al mismo tiempo en libertad.
Abierta al Espíritu, le deja intervenir. Sin duda que es un don de Dios en Ella, pero es también consecuencia de su religiosidad atenta. El resultado es una gran fecundidad personal. En María florecen los dones del Espíritu, como también florecen en todos los que le abren el interior y le dejan actuar sin ponerle trabas.
María se entregó con generosidad radical, y no sólo a Jesús y a José; su solidaridad y su amor teologal han tenido y tienen alcance universal. Su “sí” colaborador no tiene otra explicación que ayudar a todos para que sea efectivo el acontecimiento divino de la Redención. También nosotros deseamos amar y hacer el bien. A veces no acertamos; otras veces nos desentendemos de esta responsabilidad. No obstante, sabemos que lo más acertado y fecundo de la vida es amar. Por eso Jesús nos dejó esta consigna tan personal: “Amaos como yo os he amado... En eso conocerán que sois mis discípulos” (Jn 13,34-35).
“Sabe estar” al lado de Jesús y en la misión que le corresponde en la primera Iglesia. Su papel es de la compañía, pero en la discreción. Una compañía que le sirve a Jesús de gran apoyo y que, al mismo tiempo, le facilita toda la libertad para desarrollar la vocación recibida; por eso está orgulloso de su madre (Lc 11,28): sabe que es desprendida y generosa. Asimismo, en el grupo de los primeros discípulos se integra como una más acompañando con entrañable discreción a la Iglesia naciente.
María fue sencilla y fiel, tuvo mucho temple y una rectitud maravillosa, pero todo envuelto en una sorprendente naturalidad. Por eso resulta sugestiva, encantadora y cercana.
Demostró una gran fortaleza personal. Desde ningún punto de vista las cosas se le presentaron fáciles. Pronto la fe le complicó la vida. Mantener el “sí” de su vocación sólo lo hace una persona valiente, de gran vida interior. Además, los sufrimientos en relación con el destino de Jesús fueron tan variados como intensos. En verdad, se cumplió en ella la profecía del anciano Simeón: “Una espada te atravesará el corazón” (Lc 2,35). Sin embargo, ahí la vemos, de pie, al lado de la cruz como corredentora (Jn 19,25).
En definitiva, María es un modelo de valores humanos y evangélicos. Hoy, que se habla tanto de la educación en valores, tenemos en Ella un espejo en el que mirarnos y una personalidad virtuosa a la que parecernos. Todos admiramos a las personas ricas en valores, bellas de espíritu, desbordantes de sensibilidad. María es de lo más crecido y aventajado. Sólo por esto merecería la pena conocerla.

El tirón de María
Se ha dicho que María es el sacramento de la ternura maternal de Dios, el símbolo humano y eclesial más destacado después de Jesús. También por este motivo su maternidad es la fiesta mariana más antigua de cuantas se celebran y la única de los primeros siglos de la Iglesia. Este título es el que da origen a otras muchas consideraciones, valoraciones y atractivos de la Virgen de Nazaret. El pueblo creyente cantó muy pronto, y gozosamente, a María como Madre de Dios y de la Iglesia.
En la actualidad, no deja de sorprender cómo María tiene tanto tirón en la religiosidad popular. Hemos comprobado que muchas personas conectan con la Iglesia gracias al impacto religioso de la Virgen, un impacto generacionalmente heredado, en virtud del cual gentes de diferente edad y condición coinciden en encuentros, celebraciones, romerías... También es llamativo comprobar la cantidad de santuarios, iglesias o ermitas levantadas bajo su patrocinio, así como el número de instituciones públicas puestas bajo su protección. Sucede, sin embargo, que personas que la vitorean, tal vez han penetrado poco en los valores evangélicos; pero la emoción y el contagio secular les lleva a asegurar sacando casta: “A mi Virgen que no me la toquen”.
La religiosidad popular, rica en devociones y manifestaciones, necesita filtración y depuración. Advierte al respecto el Concilio Vaticano II: “Recuerden los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio, ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, nos impulsa a un amor filial hacia Ella y a la imitación de sus virtudes” (LG, 67).
Por tanto, nuestra admiración y cariño a María ha de plasmarse en un talante verdaderamente cristiano: virtuoso, comprometido, testimonial… hasta la talla de la ejemplaridad de Jesús. La compañía maternal de María no tiene más objetivo que el manifestado a los sirvientes en las bodas de Caná: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5).
Que el conocimiento de María nos ayude a ser como Ella: cristianos al servicio de la causa de Dios y miembros de vanguardia en la Iglesia.

El acoso Moral
por Marisa Ortega

Psiquiatras y psicólogos sospechan que detrás de los casos de ansiedad severa y detrás de cada caso de depresión exógena, en la que no está presente el duelo por un familiar directo, hay un caso de hostigamiento psicológico prolongado o acoso moral. Los casos de depresión y suicidio han aumentando de forma espectacular en los últimos años en España (María José Edreira, Fenomenología del acoso moral).
La violencia se puede ejercer desde la fuerza física y también desde los gestos, las palabras y la manipulación de los sentimientos. Hasta hace poco sólo llamaba la atención ver moratones, arañazos, heridas, fracturas... en el cuerpo de una persona. Y de alguna forma comprendíamos que para llegar a tal estado, esa persona habría pasado no sólo dolor físico, sino también miedo, pavor, impotencia, desilusión, fracaso...
Pero hay muchas ocasiones, desgraciadamente, en las que no se observa aparentemente ningún moratón, arañazo, ni herida y, sin embargo, son múltiples los daños que una persona está sufriendo. Es muy grave el sufrimiento físico y lo es también el psicológico. Actualmente, por fin, el acoso psicológico o moral es tratado en las mismas condiciones que el maltrato físico, si bien es complicado demostrarlo en un proceso judicial.
Unos rasgos descriptivos
“Tú calladita estás mejor”. “Cómo has podido atreverte a decir eso?... Mejor no hables”. “¿Qué dices? Estás confundida, no te enteras de nada”. “Pobrecilla, es que no está bien, a ver si la calmo”. “Mejor conduzco yo”. “Tú no sirves para mandar”. “Pobre mamá, dejadla, es una paranoica”...
Retumban en mis oídos frases como ésas, de oírlas durante años y años. Estoy luchando contra un estigma, “la profecía que se cumple”; de tanto escucharla, se cree y te olvidas de quién eres; te niegas y te anulas.
Y te preguntas por qué: ¿Por qué he dado yo con este ser? Porque ha demostrado ser un “busca talentos” afectivos, económicos, justo lo que no tiene y quiere obtener de mí. La “envidia” le supera y, por tanto, las ganas de quitar el origen de esa envidia, la persona en sí misma, pues el “poder sólo puede ser suyo”. Esa envidia le proporciona rabia, soberbia, abuso, imposición, falta de respeto al ser humano en el que no cree. Cuando esté anulada la persona, ya no habrá diferencias.
No aciertas a ver dónde has cometido el fallo (ni piensas siquiera en la posibilidad de que no ha habido fallo en ti). Lo que sí sacas es una gran confusión, dudas de ti misma: Qué habré dicho, qué habré hecho, ya me dijo que me callara... Y una “gran culpa”, miedo, complejo, frustración. Después te inhibes para no cometer más errores de esos que te achaca... Y te olvidas de que existes y de que pueda existir algo más en la vida. Y demasiado que, a veces, con fuertes deseos, no me deje morir o matarme.
Profundizando en el análisis
Siguiendo a María José Edreira, se entiende por acoso moral, la manifestación permanente y sublime de una conducta abusiva y especialmente de desgaste psicológico, que incluye comportamientos, palabras, actos, gestos y escritos que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psíquica de un individuo. Es el proceso por el cual un individuo “aplica violencia psíquica en pequeñas dosis” a otro con la intención de desestabilizarlo y “hacerle dudar de sus propios pensamientos y afectos”. De esta forma se arrebata al otro su identidad, se niega y se elimina la diferencia con el otro.
Mediante un proceso de acoso moral o de maltrato psicológico, un individuo puede hacer pedazos a otro. Se trata de una fría racionalidad, que se combina con la “incapacidad de considerar a los demás como seres humanos de igual a igual”.
En el acoso moral, la violencia es asimétrica. El que pone en práctica la violencia se define como superior al otro que sufre su violencia; el otro no tiene derecho a quejarse: es la “violencia castigo”, una tortura psicológica en dosis pequeñas a la vez que se paraliza a la víctima para que no pueda defenderse.
El fin de esta violencia no es destruir al otro inmediatamente, sino someterlo poco a poco manteniéndolo a su disposición para poder utilizarlo. La destrucción del otro debe ser lenta para conseguir un crimen perfecto: no es el agresor el que mata, es el otro quien se mata. El suicidio del otro es el mayor triunfo del acosador moral, es exactamente lo que quiere.
El acosador suele ser un individuo frágil, inseguro de su poder y competencias, que se siente obligado a dar el pego, aunque sea en detrimento de otro al que haya que anular. La mayoría de los expertos habla de personalidad psicopática o antisocial, personalidad perverso-narcisista. Se apunta que tiene rasgos paranoides. Carece de sentimiento de culpa. Miente compulsiva y sistemáticamente. Padece megalomanía. Exhibe encanto personal: entra en relación con los demás para seducirlos. Siente una envidia muy intensa hacia los que parecen poseer cosas que él no posee, sobre todo hacia los que gozan de la vida. Compensa su déficit de autoestima con el rebajamiento de sus víctimas y la exaltación de sus supuestas cualidades.
Las víctimas, al principio y contrariamente a lo que los agresores pretenden hacer creer, no son personas afectadas de alguna patología o particularmente débiles. El acosador moral evita cuidadosamente a víctimas que podrían ponerlo en peligro: no se enfrenta nunca con otros perversos narcisistas ni con paranoicos. El acosador tiene preferencias, busca sobre todo aquello de lo que carece, elige a sus víctimas por algo que tienen de más, por algo de lo que quiere apropiarse.
Las técnicas perversas, utilizadas, son: rechazar la comunicación directa, descalificar, desacreditar, aislar e inducir a error, acoso sexual, hacer guasa con sus puntos débiles, ridiculizar en público, poner en tela de juicio su capacidad y decisión. Usan la mentira y las humillaciones. Por medio de estos métodos, de palabras aparentemente anodinas y de cosas que no se dicen, es posible desestabilizar a alguien o incluso destruirlo sin que su círculo de allegados se percate de ello, ni puedan llegar a intervenir (María José Edreira, o. c.).
Salir de esa nada es difícil. Incluso, cuando se intenta, te pisa más fuerte. Pero cuando ya no hay remedio y sacas la cabeza, te abandona y busca otra víctima.
Después tú puedes saborear con sano orgullo tu fuerza humana y moral, olvidar… y seguir tu camino sin mirar atrás.

