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Marzo de 2011
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Revista Icono, publicación religiosa, mariana y popular de la congregación redentorista de España

* Los artículos destacados en negrita
están accesibles on-line.

 

1  Saludo editorial

2  Buenas noticias

5  La mirilla de Icono

6  De la mano de María

    Ecos de Abla
    Consulta a la Virgen
    La Anunciación      

12 Iglesia en camino

     Resonancias cristianas
     Santidad de San José
     Llega la Cuaresma
     El arte de lo nuevo
    
JMJ 2011
 

18 Tema del mes

     Via crucis cuaresmal

22 Familia Redentorista

     Fíate del Señor
     AS con Haíti      

26 En directo: la Familia

    
La vida en familia
     Telma, la más vieja
     Hijo único

32 Colaboraciones

    
Peregrinación a Tierra Santa
     La mística de montaña
     

 

 

     


 

El arte de lo nuevo

Por P. Guembe

parete de la familia redentorista

   
    Érase que se era un coche moderno de 1928… Recorría altivo las ciudades a la pasmosa velocidad de 45 k/h… Todos se prendaban de él… Fue pasando de dueño en dueño, sin descanso y sin cuidados adecuados hasta que, de tanto mal uso y desgaste interior, con raspones y golpes, acabó en un almacén de trastos viejos… Perdió su color y ya no funcionó más. Ya no servía más que para la chatarra… Y allá quedó olvidado.

    Lo más bello de la primera página de la Biblia no es la Creación… Lo más admirable es que, una vez estropeada la creación, el Creador ya anuncia y promete el poder regenerador que ha puesto en las personas: Este linaje pecador, a pesar de todo, superará el desastre y vencerá al pecado de modo aplastante (Gn 3,15).

    Aquí empieza la Cuaresma. Así Dios se nos presenta lleno de optimismo, sin perder la confianza en el ser humano. Es el Dios de la esperanza en su obra mimada: la persona humana. Llegará un tiempo de nuestra vida en que venceremos al pecado y seremos una joya de Dios. La criatura humana ha de pasar por nuevas recreaciones de su espíritu, casi siempre a partir de su pecados, pero algún día, con Dios, será artífice de su propia maravilla, porque Dios no trabaja para lo vulgar…

De chatarra a maravilla

    La Cuaresma es el arte paciente de sacar lo bello donde solo se ve el caos. Es el tiempo sabio y paciente que Dios y el creyente viven con amor; arte genial para rehacer lo que el tiempo loco había destruido. Y es una expresión de fe optimista, porque Dios y la persona pecadora, a la par, concluyen su obra diciendo: Ahora sí que todo queda mejor porque el ser humano, hijo de Dios, ha quedado embellecido con la misericordia divina.

    Por eso cada persona, tocada por el Espíritu creador, es artista, y de lo que parece chatarra saca una maravilla. Así es Dios. Aunque seamos chatarra, Él nos restaura y nos infunde un Espíritu renovado de hijos. Este es el aire de la Cuaresma: canto de esperanza y para nada triste ni lúgubre. Si nos dejamos tocar y retocar por el Espíritu, no cabe duda de que saldremos hechos una joya. En ese dejarnos tocar consiste la conversión cuaresmal para poder traslucir al Jesús Resucitado.

Coche nuevo

Un coche reconvertido como símbolo

    El coche de nuestra historia ha tenido que soportar los golpes maestros y las ásperas lijaduras de los genios. Vicen, Sagrario e Ignacio son los maestros artistas. Tienen el gusto de ver lo bello donde solo se ve herrumbre… Hablan, miran, deciden y luego manos a la obra, pero sin interés lucrativo, como el Buen Dios, que así es el alma del artista verdadero: crea la obra para que sea una belleza y se disfrute. Ignacio, el hijo, es la chispa de luz; Vicen, la sabiduría paciente, y Sagrario es el engranaje que hace funcionar todo y da perfil a la belleza.

    Se enteraron del paradero de este coche y fueron a buscarlo, como el Buen Pastor… Lo cargaron sobre su conciencia maestra y a casa. Luego, horas y horas, después del trabajo diario, con cariño y con paciencia, como si este coche fuera un hijo de casa... Hubo que reconstruir piezas a mano, ensamblar todo, probar, montar, desmontar… hasta que un día el motor, entre sus manos, arranca… Hay que pintarlo con el color original, y darle carta de ciudadanía con papeles y permisos… Toda una creación.

    Para ellos queda el gozo íntimo de poder concluir con la satisfacción de Dios: Vio que todo estaba muy bien y ahora, mejor (Gn 1,31). Y me evoca aquellos tiempos, cuando hacíamos iconos sin cansarnos y con los mismos, vendiéndolos, devolvíamos la dignidad a las madres negras que podían dar a luz, como Dios manda, en el hospitalito construido en Rustenburg (Suráfrica). En esta obra estuvieron también Vicen y Sagrario, con otros jóvenes, horas y horas sin agotarse. Ignacio, niño de tres años aprendía en mis rodillas a lijar las tablas… y todo era arte.

    El ser humano, con el Espíritu del Dios recreador, puede recuperarse de cualquier desastre y hacer que las situaciones de destrucción sean de nuevo una obra de arte. Somos creadores de la belleza que Dios puso en las cosas y en las personas. Dios nos hizo muy bien, pero el mal uso y abuso de nuestras facultades nos han dejado como chatarra. Sin embargo, el arte de Dios nos devuelve la belleza original con creces mediante nuestro esfuerzo y paciencia, tiempo y sacrificio… Así nosotros mismos somos mérito nuestro, nos hemos reconstruido con las capacidades de la fe y desde el ámbito de la libertad: somos obra maestra nuestra y seremos cotizados muy al alza por el Dios que nos hizo a su imagen y semejanza, es decir, con capacidad de ser artistas.


 

 

 

La mística de la montaña

Por Alvaro Marco

Revita Icono, redentorista

    Es frecuente encontrar en los Evangelios la figura de la montaña como un lugar de especial significación para Jesús de Nazaret y los discípulos. Algunos de los eventos más importantes de la vida de Jesús tienen lugar en plena montaña, como la elección de los Doce Apóstoles (Mc 3,13), la proclamación de las bienaventuranzas (Mt 5,1), la transfiguración de Jesús (Mt 17,1) o una de las apariciones de Jesús resucitado (Mt 28,16). En otros relatos, la montaña se presenta como un paraje donde Jesús puede retirarse, solo o en compañía de los discípulos, para orar (Mc 6,46; Mt 26,30). En otros pasajes la montaña se configura como un punto de encuentro al que se acercan sus discípulos (Mt 24,3), y también los marginados y necesitados (Mt 15,29); o como un lugar de preparación para posteriores hechos con trascendencia catequética: es el caso de la mujer adultera (Jn 8,1) o el milagro del leproso (Mt 8,1). No falta tampoco la consideración de la montaña como refugio de Jesús ante las pretensiones del pueblo de entronizarlo como rey (Jn 6,15). Finalmente, la montaña también es utilizada como escenario para que el diablo realice su tercera y definitiva tentación a Jesús, ofreciéndole el dominio de todo el mundo (Mt 4,8).

    De todos modos, conviene aclarar que, desde el punto de vista de la consideración bíblica, la montaña no es una realidad exclusiva de los Evangelios. También en el Antiguo Testamento encontramos referencias al desarrollo de sucesos en la montaña con un alto contenido espiritual, siendo los más significativos el sacrificio de Abraham a su único hijo Isaac (Gn 22,2), o la estancia de Moisés en el Monte Sinaí durante cuarenta días y la entrega de las tablas de la ley (Ex 24,12).

Ámbito de singulares experiencias

   
A la luz de los textos descritos, no cabe duda que la montaña representa un lugar idóneo para el encuentro personal y el desarrollo de una profunda experiencia con Dios. Su natural elevación y altura produce en el creyente una sensación de proximidad y cercanía con Dios. La escasa concurrencia de personas y la carencia de construcciones habitables permiten abstraerse y alejarse de las preocupaciones y de todo aquello que separa de Dios. La sola presencia de la naturaleza nos hace conscientes de que formamos parte de ella, y que junto a ella hemos sido alumbrados por el Dios Creador. La casi ausencia de ruido concede la experiencia del silencio y la puerta al auténtico discernimiento personal.

    En definitiva, la montaña se descubre como un lugar simbólico, pero adecuado para la oración, la reflexión y la percepción de la presencia profunda de la divinidad y de sus múltiples manifestaciones, espirituales y naturales. En este sentido, no es casualidad que templos, monasterios, ermitas y monumentos de diversa índole estén en medio de montañas, o que cruces e imágenes de santos y santas coronen sus cimas y cumbres.

    Sin embargo, también la montaña se presenta, hoy en día, como un lugar donde realizar deporte, un sitio de esparcimiento, una oportunidad de negocio, de investigación científica, incluso se configura como un bien del patrimonio natural y cultural a proteger. En concreto, no puede desconocerse que la montaña ofrece, dentro de su cara deportiva, otra faceta poco conocida, pero digna de ser resaltada y comentada. A saber: constituye una escuela de formación de valores humanos.


                              revista icono, redentoristas, perpetuo socorro, editorial


Los valores del montañismo

   El montañismo es una actividad que quien la practica en cualquiera de sus modalidades (alpinismo, escalada, senderismo, esquí de travesía, etc.) va a disfrutar de privilegios y recompensas muy gratificantes. ¿Quién no ha experimentado, alguna vez, la belleza de un atardecer o amanecer desde la cima de un monte, de un paisaje montañoso nevado, la humedad olorosa de un bosque en primavera o la visión de animales salvajes? Pero el que practica el montañismo va a experimentar, también, responsabilidades y exigencias, dado que en su desarrollo se viven riesgos, frustraciones, desalientos y penalidades. Piénsese que el montañismo se realiza, normalmente, en grupo, dentro de la grandiosa belleza de la naturaleza, en un ambiente extraño (no necesariamente hostil), que requiere una cierta preparación física, un mínimo equipo e indumentaria, y mucho buen juicio. Así visto, el montañismo implica responsabilidades con la naturaleza, con el grupo del que se forma parte y con uno mismo.

   El verdadero montañero adquiere y vive el valor del respeto al medio ambiente. Es sabedor de la fragilidad de las plantas, de los suelos, de las criaturas. Tiene la exclusiva de disfrutar de su belleza delicada, y siendo consciente de que tienen igual derecho las generaciones que aún no han nacido de disfrutar ese privilegio, circulará suavemente y sin ruidos por la naturaleza, procurando andar por caminos, pistas y sendas ya hechos (hay que evitar los atajos), no dejará ni el más leve rastro de su paso, llevándose en su mochila todo lo que trajo, y tratará de evitar que los prados, plantas y arbustos sean pisoteados por sus botas y aplastados por su tienda y saco de dormir (un ejemplo: una pradera alpina a 2.000 metros de altura tarda doscientos años para su formación).

   El verdadero montañero adquiere y vive el valor del grupo. Es conocedor de que el buen fin de una escalada, de una ascensión o de una simple excursión reside en gran parte en la capacidad del grupo. En el montañismo, muchas de sus actividades se realizan en cordadas (mínimo tres personas) porque la experiencia señala que, con la ayuda de otros, se puede escalar o ascender con más seguridad, más éxito y mayor disfrute. Por eso el más individualista, si desea realmente participar, se plegará y subordinará sus deseos a las necesidades y metas del grupo. El mantenerse unidos y aceptar la decisión de la mayoría o del líder, la confianza en el otro, el compartir conocimientos y experiencias, apoyarse mutuamente en una situación tensa, trabajar juntos, empujar y apoyar al compañero de cordada o ascensión, son valores y actitudes muy presentes en un montañero.

familia

  
   A nivel ya individual, el verdadero montañero adquiere y vive el valor del esfuerzo, del sacrificio, el autoconocimiento y, a veces, de la soledad y el silencio. Es consciente de que la alegría que concede “hacer cumbre” está en relación con la fuerza física y psicológica que emplea. Asume la cultura del esfuerzo y, a veces, al ponerse en una situación extrema (nunca al peligroso agotamiento), percibe la realidad que vive en la ciudad de modo distinto, minimizando los contratiempos o adversidades diarias. Por otra parte, el sacrificio y el esfuerzo permiten al montañero conocerse mejor, tanto ante penalidades físicas (llega a conocerse dónde pueden estar los límites del cuerpo), como mentales (se vive la emoción del éxito o el fracaso con naturalidad y sin daño).

   En resumen, el verdadero montañero adquiere y vive todos estos valores, y procura transmitirlos a sus hijos, amigos y compañeros de cordadas, de rappels, de ascensiones y excursiones. Todo ello con el fin de buscar y compartir la libertad de la montaña, el equilibrio con uno mismo y la armonía con la naturaleza.