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Junio de 2010
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Revista Icono abril 2010

* Los artículos destacados en negrita
están accesibles on-line.

 

1  Saludo editorial

2  Buenas noticias

4  Correo del lector

5  La mirilla de Icono

6  De la mano de María
     El himno del Perpetuo Socorro
     Soñando con María
     Espigando

12 Iglesia en camino
     Santificado sea tu nombre
     Cuando estés conmigo
     Tiempo de adoración
    

20 Tema del mes
     Los colores de la luz

24 Familia Redentorista
     Servidores del Pueblo de Dios
     De primera mano
     Gennaro Sarnelli

30 En directo: la Familia
     La mujer-madre en el siglo XXI
     Laura. El huevecito de codorniz

34 Colaboraciones
     Luchar contra la corrupción

     El "Colacho" en el Corpus

 

 

     


Los colores de la luz
En el Icono del Perpetuo Socorro

por F. Ferrero


La grandeza de María

   

    Al contemplar durante el mes de junio el Icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro quisiera fijarme en los colores de la luz que en él se reflejan. ¿Por qué? En primer lugar, porque en “nuestro Icono” todo es luz y color. Las figuras que nos presenta y lo que con ellas quiere decirnos aparecen inmersas en la luz del dorado que se refleja sobre todas ellas. De aquí, una segunda pregunta: ¿Cómo llegar a descubrir lo que esa luz significa y cómo dejarnos iluminar por ella cuando queremos contemplar nuestro Icono para rezar con él? En la respuesta a estas preguntas, tres puntos de reflexión.

1. Experiencia de la Luz y espiritualidad cristiana

    La experiencia de la luz es algo necesario en toda espiritualidad cristiana por sencilla que ésta pueda ser. De hecho nos acompaña siempre, aunque, como tantas otras experiencias, en más de una ocasión la vivamos de una manera casi inconsciente. Por eso, reflexionar explícitamente sobre ella puede ayudarnos a enriquecerla.

    En efecto, una vivencia de la Luz ha de acompañarnos en nuestra Profesión de fe (Creo en un solo Dios), en la Celebración del Misterio Pascual y de la Pascua, en la que tanta importancia tiene el Cirio Pascual, como símbolo luminoso por excelencia del Señor resucitado, y en nuestro Bautismo, en el que aludiendo a las celebraciones pascuales se nos recuerda: Recibid la luz de Cristo, acrecentad esta luz, caminad siempre como hijos de la luz...

    También resulta impresionante la vivencia de la Luz en la Liturgia de las Horas, con esa matización tan rica para cada Tiempo litúrgico y para cada Hora del día. Lo descubriremos con toda facilidad si las rezamos prestando una atención especial al tema que nos ocupa.

    En los lugares de culto más significativos para el mundo cristiano, derivados de los modelos bizantinos en su acabado interior o creados con la verticalidad de las catedrales góticas, sorprende la luminosidad y la perenne claridad que se vislumbra como signo de la presencia de Dios que aleja toda oscuridad. Brota de ventanales, vidrieras, lámparas, cirios… y es irradiada por medio de espejos, mosaicos, murales, iconos y objetos metálicos que intensifican su resplandor.

    Pero todo esto se debe a la importancia que el tema de la luz tiene en el Nuevo Testamento para describir lo que es y significa. A base de los autores de la Biblia de Jerusalén, lo resumiría así:

– La luz nos recuerda al sol: Lo mismo que el sol ilumina el camino, así también es “luz” todo el que ilumina el camino hacia Dios: antes, la Ley, la Sabiduría y la Palabra; ahora, Cristo, comparable a la Nube luminosa del Éxodo; y finalmente, cualquier cristiano que manifiesta a Dios (cfr. Jn 1,1-14).

– La contraposición entre luz y tinieblas: La luz es símbolo de la vida, de la felicidad y de la alegría; las tinieblas, de la muerte, de la desgracia y de las lágrimas; por ejemplo, las tinieblas del cautiverio se contraponen a la luz de la liberación y de la salvación mesiánica que alcanza incluso a las naciones paganas por Cristo Luz, para consumarse en el Reino de los Cielos (cfr. Ap 21 y 22).

– El dualismo luz-tinieblas viene a caracterizar los dos mundos opuestos del Bien y del Mal, que al fin aparecen como dos “imperios”, bajo la dominación respectiva de Cristo y de Satán. Los hombres se dividen en “hijos de luz” e “hijos de tiniebla”, según que vivan bajo la influencia de la luz (Cristo) o de las tinieblas (Satán), y se les reconoce por sus obras. Esta separación (juicio) entre los hombres se ha manifestado con la venida de la Luz, que obliga a cada cual a pronunciarse en pro o en contra de ella. La perspectiva es optimista: un día, las tinieblas deberán desaparecer ante la luz de la Jerusalén futura, celestial y mesiánica (Ap 21) (cfr. Biblia de Jerusalén, anotaciones a Jn 8,12).

    Por eso dice Jesús: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12); “Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas” (Jn 12,46). Y en la carta de 1 Jn 1,5-7 se comenta: “Éste es el mensaje que hemos oído de él, y que os anunciamos: Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado”.

2. Los colores de la Luz en nuestro Icono

    En cada manifestación de luz hemos de tener en cuenta los colores con que se manifiesta. La luz no se ve ni puede mirarse: nos cegaría. Moisés no podía ver el rostro de Dios. La Luz de Cristo y la de sus seguidores se manifiesta en las obras. La luz natural está en el misterio de las cosas, pero se manifiesta en los colores. El color es luz, “la fiesta de la Luz”, el resplandor de la luz que sustenta la realidad o se irradia por los espacios que ilumina para acoger las obras de la creación y del hombre.

   Como apunta P. J. Gärtner, “la percepción del color se debe a las vibraciones electromagnéticas de una determinada frecuencia y longitud, que el ojo humano es capaz de percibir”... “A través de los nervios ópticos la señal luminosa llega hasta el cerebro, donde la información proporcionada por el ojo es procesada en relación con la de los otros órganos sensitivos”.

    Según esto, la percepción de la luz y el uso de los colores son, en gran medida, subjetivos. Esto hace que estén relacionados o dependan de numerosos factores psicológicos, estéticos, culturales, bíblicos y teológicos que no siempre son, ni han sido, uniformes, constantes ni universales. Cada época y cada artista tienen su modo de ver la luz y los colores para expresar el misterio de las cosas. “Los colores son aventuras ideológicas en la historia material y cultural de Occidente” (M. Brusatin).

    Por eso, la experiencia de la luz es el fundamento del arte auténticamente religioso. Nos remite siempre al verdadero Icono de Dios, que nos convirtió a todos en iconos suyos. Cristo y María están en el centro de todos los iconosy nos recuerdan siempre el Rostro de Cristo no pintado por manos humanas, y el rostro de la Madre de Dios que ha llegado también hasta nosotros de un modo misterioso.
Para descubrirlo, nos fijamos ahora en el Icono de la Madre de Dios, Virgen de la Pasión gloriosa de Jesucristo, denominado Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. En él los colores de la Luz revelan y ayudan a comprender mejor el misterio de Dios, de Cristo, de la Madre de Dios y de nosotros mismos, llamados a hacer nuestra la Luz de Dios que, por medio de Cristo, ha llegado a toda la creación:Cristo, alegría del mundo, resplandor de la gloria del Padre. ¡Bendita la mañana que anuncia tu esplendor al universo! (Himno para el Tiempo Pascual).

    Con una sencilla contemplación de los colores que reflejan las copias fieles del Icono original, descubrimos en él siete colores bien definidos. ¿Qué podríamos destacar en ellos?

– La presencia predominante de colores puros o “primarios”: azul, amarillo y rojo, o secundarios: violeta, verde y naranja, aunque con matizaciones diversas en algunas escuelas y ejemplares iconográficos. Esto podría significar una alusión a la simbología original de los colores como expresión de los elementos fundamentales de la naturaleza, que irá enriqueciéndose y variando con el fluir de los siglos.

– La importancia del dorado (oro) se debe a su valor simbólico tradicional como expresión perfecta de la luz. Por eso puede adquirir un significado todavía más pleno si lo interpretamos en relación con la “Luz de la Nueva Jerusalén” y vemos en él una referencia a “la morada de Dios”, tras la Pasión gloriosa de Cristo Jesús, Cordero inmolado y glorificado en su Resurrección.

– El color azul es muy importante por el espacio que ocupa en la superficie general del icono al cubrir todo el manto de la Virgen. Pues bien, como la luz que refleja vibra en ondas amplias, nuestro cerebro lo relaciona con sensaciones y situaciones de seguridad, tranquilidad y paz. De este modo hace resaltar la presencia y el significado de la Madre de Dios en el conjunto de la composición.

– El color verde tiene una fuerte afinidad con la naturaleza y nos conecta con ella. Entre las palabras claves para describirlo suelen indicarse éstas: naturaleza, armonía, crecimiento, exuberancia, fertilidad, frescura, estabilidad, resistencia. En el icono está asociado a la túnica de Jesucristo, al interior del manto de la Madre de Dios y a los Arcángeles.

– El color rojo/púrpura hace referencia a la sangre de color bermejo que tiñe las espadas del martirio como expresión de la sangre derramada por amor de Dios (martirio) y puede cubrir las flores o la hierba verde del campo. Aparece en la túnica de la Virgen, en el ceñidor del Niño, en la túnica de los ángeles y en el paño de manos de S. Gabriel.

– Los ocres, claros y oscuros, nos remiten a la dimensión terrena, relacionada con el sufrimiento, el dolor y la muerte, aunque siempre en medio de la luz que reflejan los restantes colores, que convierten lo que éstos significan en instrumentos de la pasión gloriosa. Es el aspecto que subraya la inscripción, griega o latina, asociada al Arcángel Gabriel: El que antes anunció a la Inmaculada una gran alegría, le presenta ahora los instrumentos de la pasión; y Jesucristo, revestido de carne mortal, tiene miedo y se asusta.

 

Icono  del Perpetuo Socorro


3. La Inmaculada Madre de Dios, Virgen del Alba

    En este conjunto de colores es como se nos presenta la “Inmaculada Madre de Dios” con su Hijo en brazos. Recordando el colorido impresionante de las grandes representaciones iconográficas, resultan sugerentes los párrafos que siguen tomados casi literalmente de María Dolores Ruiz Pérez.
Al final, Dios es todo en todos. El cielo bajó a la tierra, transformada para siempre en morada de Dios. Por eso la mejor imagen con la que ya podemos disfrutar de la nueva Jerusalén es María de Nazaret, la mujer que dio a luz a Dios, la Theotókos. En ella Dios hizo la gran obra que ahora aguardamos se realice en cada ser humano y en toda la humanidad.

    Dios es la fuente de la vida (Ap 21,6; 22,1), el principio y el fin de todo (Ap 21,6). Dios Padre, con corazón de Madre, abrazará y se fundirá con cada uno, de modo que ya no se necesitará la luz de fuera para ver. En el futuro que Dios ofrece, ya no habrá necesidad de sol, ni de luna, ni de lámpara (Ap 21,23; 22,5). Como la luz del sol que lo ilumina todo, así será la presencia amiga de Dios, pero desde dentro de cada uno y a la vez en todos. Su gloria iluminará a su pueblo (Ap 21,23) y brillará sobre él (Ap 22,5). Y todos, para siempre, contemplaremos su rostro (Ap 22,4). Todo será luz.

    Ante el futuro que el amor de Dios ha preparado merece la pena repetir la promesa: “Dichoso el que preste atención a las palabras proféticas de este libro” (Ap 22,7). Participará en la fiesta final y estará sentado en el banquete de las bodas del Cordero (Ap 19,9). Para que este futuro no se retrase y venga inmediatamente, “el Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!” (Ap 22,17) y Él responde: “Estoy a punto de llegar” (Ap 22,20).

    María da a luz al que es la Luz, al Sol radiante de la mañana, y Ella se convierte en la Virgen del Alba, que alumbra (ilumina y manifiesta) lo que realmente es todo hombre que viene a este mundo: icono de Dios, creado a su imagen y semejanza.

    De este modo estará asociada de alguna manera a todos los Misterios de Cristo: Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, sin olvidar los que se pueden llamar de manera especial “misterios de luz”, aunque, en realidad, todo el misterio de Cristo es luz porque Él es “la luz del mundo” (Jn 8,12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino.

    La Virgen Misionera nos lo recuerda desde su Icono del Perpetuo Socorro.

 

 

 

La mujer-madre en el siglo XXI

Por P. Hernán

 

Icono-Paternidad

 

    ¿Es lo mismo ser mujer que ser madre? Todas las madres son mujeres, pero no todas las mujeres son madres; luego, no es lo mismo. Sin embargo, a lo largo de la evolución histórica los significados asociados a la madre y a la mujer parecen haber ido entremezclándose, al menos en nuestra sociedad occidental.

    Es cierto que el organismo femenino está preparado para la procreación: desde la menstruación hasta la menopausia se desarrollan en la mujer procesos biológicos destinados a la maternidad. Ahora bien, la maternidad es algo más profundo que lo meramente procreativo. Si fuera solamente un aspecto relacionado con la procreación, en el momento del parto quedaba culminado el hecho. Y no es así. La maternidad (también la paternidad) es un proceso que, una vez iniciado, acompaña a la mujer durante toda la vida.

Trayectoria vital

    En un primer momento, la maternidad es una crisis vital que genera un cúmulo de sensaciones, emociones y sentimientos. Decimos “crisis vital” porque significa una modificación, un cambio radical en la trayectoria de la vida. Cada mujer atraviesa esta etapa en función de su propia historia personal, de su situación actual, de la propia identificación con su madre, la ubicación de su nuevo hijo en la propia historia de la familia, entre otras situaciones. Se mezclan la vida humana, la cultura y la evolución psicológica tanto de la madre como del padre. De hecho, no es extraño que haya madres que encuentren dificultad en apegarse a su nuevo hijo en las primeras etapas, puesto que el ser madre lleva consigo la formación de sentimientos ambivalentes. Se añade a todo esto que nos encontramos ahora en un momento histórico y social, en el cual el concepto de ser mujer/madre está experimentando una evolución.

    Si bien el rol de la mujer dentro de la familia está cambiando debido al creciente compromiso de la mujer en el mundo laboral, entre otros factores, hay ciertos aspectos que no se pueden modificar y que debemos tener en cuenta.

    La madre es la primera que inicia el proceso de socialización del nuevo ser y le brinda las herramientas para un anclaje en la sociedad sin conflictos. No olvidemos que los humanos somos seres sociales, no hemos nacido para vivir solos. La mujer-madre es la primera que manifiesta sentimientos de apego hacia el nuevo ser (dado que lo lleva dentro) y mantiene una relación tan afectiva con el hijo que éste es capaz de percibirlo aun antes de su nacimiento. Más adelante pasarán a tener importancia otras figuras, como la paterna, los hermanos, la propia sociedad… Pero la importancia de la madre en los primeros meses de la vida independiente del nuevo ser es innegable. La madre desarrolla un sentimiento maternal y biológico, evoluciona y provee los cuidados necesarios para la supervivencia del hijo, aporta las bases emocionales que ayudan al hijo a ir formando su yo poco a poco.

    En el momento del nacimiento, el recién nacido no tiene idea de su existencia como individuo y se encuentra en un estado simbiótico con su madre; solamente a través de ella el niño comienza a relacionarse con el mundo, a conocerlo, y empieza a comprender su propia existencia individual. Es su madre, con su constante estímulo y contacto, quien vendrá a estructurar y contener la personalidad de su hijo. Según sea la relación del niño con este primer objeto (la madre), así será la tendencia aprendida a relacionarse con los demás objetos y sentará las bases para el establecimiento de sus siguientes relaciones emocionales. Por eso, un niño que tiene un apego seguro, es decir, que le queda claro quién es su madre y que confía en que ella vendrá a atenderlo, es un niño sano emocionalmente. Todos los bebés crecen, pero no todos se desarrollan bien. El hecho de vivir esta experiencia del “mamá y yo somos uno”, nutre su confianza básica, su autoestima y su desarrollo integral; además, le da posteriormente la oportunidad de comenzar a diferenciarse de ella en la búsqueda de su propia individualidad.

¿Cambios en la identidad madre-mujer?

    El establecimiento del vínculo es un proceso natural, instintivo y necesario que propicia el desarrollo en la madre de las habilidades que requiere para llevar a cabo su papel y ser “suficientemente buena” revisando su propia experiencia como hija y actualizándola a su realidad de madre. Y le brinda al niño la base emocional más importante para sus relaciones futuras: la confianza básica en su madre que se generaliza hacia sí mismo y los demás.

    La mistificación de la maternidad que tenía la cultura griega y la judeocristiana (que es la propia del mundo occidental) ha contribuido a que no sólo se piense en la maternidad como el hecho de engendrar niños y criarlos, sino que se ha convertido en un compromiso con la preservación de la condición humana y la cultura. Pero, en la actualidad, la condición de madre se está relativizando y perdiendo centralidad. El valor de la mujer está dejando de estar puesto en la procreación y la crianza, tareas que empiezan a ser consideradas como opciones a las que se puede renunciar. Sin embargo, no está claro que se haya desvanecido la identidad madre-mujer. Es necesario seguir reflexionando para encontrar el lugar adecuado de la mujer en este siglo XXI, eliminando ideas obsoletas, pero conservando lo bello y lo bueno que puede aportar un concepto sano de maternidad.