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El salto de la reja
por Manolo Matute, CSsR
Las cárceles son parte de nuestra sociedad,
aunque a veces nos empeñemos en mirar para otra parte.
En ellas hay las personas que tienen ojos, corazón,
sentimientos, sufrimientos, esperanzas, sueños...
También son hijos de Dios y hermanos nuestros. También.

Desde hace unos meses estoy entrando en el Centro Penitenciario de Picassent (la cárcel de Valencia), prestando un servicio como capellán, dentro de la Pastoral Penitenciaria Diocesana. Nuestra tarea va en la línea de la humanización y el anuncio del Evangelio para las personas privadas de libertad. Para mí está siendo una experiencia impresionante y quiero compartir con vosotros algunas reflexiones que rondan mi mente y mi corazón.
Una realidad que plantea cuestiones
Picassent es la cárcel más grande de España. Hay unos 2.300 presos, casi el doble de su capacidad. Se divide en dos grandes partes: preventivos (los que esperan la celebración del juicio) y penados (los que cumplen su condena). El 88% son hombres y el 12% mujeres.
Como podéis imaginar, un mundo complejo y difícil en sí mismo, pero también un lugar que plantea muchas cuestiones que nos afectan a todos. Porque no podemos olvidar que las cárceles son parte de nuestra sociedad, aunque a veces nos empeñemos en mirar para otra parte.
Lo que más llama la atención, a primera vista y externamente en una cárcel, son las rejas, las alambradas y las puertas reforzadas. Esas rejas son las que impiden que salgan los presos y las que nos impiden que entremos los de fuera. Pero realmente hay dos tipos de rejas: las de hierro y las del corazón. Las primeras son evidentes. Las segundas no tanto, aunque no por ello son menos fuertes y efectivas. De las primeras se encarga de custodiarlas la ley; de las segundas se encargan nuestros miedos, prejuicios, ideologías y tantos intereses de todo tipo que se nos “cuelan” por las rendijas de nuestra humanidad.
El tramo que hay desde la cabeza (sede de nuestros pensamientos) y el corazón (sede de nuestros sentimientos) es bastante corto: apenas unos treinta centímetros desde el punto de vista físico. Pero la distancia real es mucho mayor desde el punto de vista humano y espiritual. Hacer ese recorrido es más largo y difícil.
Pasar de ver en un preso simplemente a un asesino o un ladrón a verlo como una persona que ha cometido un homicidio o ha robado supone todo un proceso.
A todos nos gusta que nos traten como lo que somos porque somos siempre algo más que lo que hacemos. También a las personas privadas de libertad hay que mirarlas así. Tienen ojos, corazón, sentimientos, sufrimientos, esperanzas, sueños, buenos deseos, buenas obras... También son hijos de Dios y hermanos nuestros. También.
Aunque teóricamente las cárceles existen en la sociedad como medio de reeducación y rehabilitación de personas que hacen daño, en realidad todos sabemos que son el “aparcamiento” y el lugar donde se aparta a los que molestan o han hecho mal, como un mecanismo de defensa que tiene la sociedad frente a sus miembros “antisociales”. Evidentemente la protección es necesaria, pero no es de recibo el que nos lavemos las manos ante esa situación tan compleja que lleva consigo tanto sufrimiento y a tanta gente: presos, familias, víctimas. Habrá que hacer algo para afrontar entre todos este problema social. No es suficiente que dediquemos parte de nuestros impuestos a mantener alejados de la sociedad a los que molestan. Desde dentro, desde fuera, desde arriba y desde abajo yo creo que podríamos hacer un poco más, cada uno desde nuestra situación particular. Hay mucho que hacer en la prevención, en la acogida cuando se reintegran en la sociedad, en la humanización de los centros penitenciarios, en la búsqueda de nuevos métodos, en el cambio de leyes injustas o desproporcionadas, en nuestros juicios y prejuicios, en nuestras denuncias y condenas, en nuestras generalizaciones, en nuestros silencios y complicidades…
Convicciones
Al entrar en la prisión cada día se abre ante mí una nueva “ventana” a la realidad. Si me asomo a ella veo muchas cosas que antes no había percibido. Y lo que estoy viendo dentro son personas como tú y como yo, personas: con una historia quizá distinta a la tuya y a la mía, con un bagaje de sufrimiento soportado y que, a su vez, ha causado también mucho sufrimiento. Poder percibir esta realidad ha de llevar consigo el querer saltar esas rejas del corazón en las que estamos encerrados los que vivimos fuera de la cárcel.
Hay tres convicciones o experiencias que voy descubriendo poco a poco:
En la cárcel hay personas. Personas que han hecho mucho daño, la mayor parte de ellos, porque han recibido mucho daño desde pequeños. Hay personas que están allí por faltas leves y no necesitan rehabilitación, sino una nueva oportunidad, y nuestro sistema los castiga desproporcionadamente, hasta el punto de destrozarles la vida. Hay gente que no debería salir todavía porque no se ha hecho un buen proceso de personalización con ellos. Hay enfermos mentales que necesitarían un tratamiento adecuado a su enfermedad. Hay madres que dan a luz estando en prisión. Hay niños que nacen y crecen hasta los 3 años allí. Hay gente que se ayuda y se apoya. Hay gente que se hace la vida imposible. Hay presos, funcionarios, directivos mejores y peores. En la cárcel hay de todo: violencia, amor, solidaridad, abusos, buen trabajo, buenas iniciativas, fracasos, esperanzas, suicidios, sueños... Es un mundo donde existen unas relaciones especiales y extrañas por ser una situación de privación de libertad, pero es un mundo donde hay personas. Y por lo que son, y no sólo por lo que han hecho, son dignas de respeto, de comprensión y de búsqueda de medios eficaces para su rehabilitación y refuerzo en lo mejor de ellos mismos. Hay mucho por hacer.
- En la cárcel está el Señor. Nos lo recuerda de una manera muy explícita en el pasaje de Mt 25,36: Estuve en la cárcel y vinisteis (o no) a verme. Jesús estuvo preso y fue juzgado injustamente por los poderes civiles y religiosos de su tiempo, y por ello tiene una sensibilidad especial hacia esta realidad. En la cárcel hay cristianos que viven su fe y la celebran. Los apóstoles y tantos otros seguidores de Jesús a lo largo de la historia han experimentado en carne propia el mundo de la cárcel por diversas situaciones y motivos.
- En la cárcel está la Iglesia. A través de la Pastoral Penitenciaria intenta hacer presente a Jesucristo, que es su mayor tesoro. A través de sus agentes de pastoral y voluntariado intenta hacer presente el Evangelio como un espacio de liberación, e intenta hacer visible el amor incondicional de nuestro Padre Dios por sus hijos más pobres.
Cuando Jesús curó al ciego Bartimeo, dice el Evangelio que éste dio un salto y comenzó a seguirle por el camino. ¿Nos atreveremos a dar también nosotros un salto y superar tantas rejas que nos impiden percibir de una manera humana y cristiana la realidad de nuestros hermanos privados de libertad? ¿Quieres tú saltarla?

Una humilde grandeza
por Jorge Sáez Criado
En un matrimonio cristiano también está Jesús.
En la forma de amarse los cónyuges
se ha de ver el amor
que Dios nos tiene, porque los casados somos sacramento.

Vocación. La llamada de Dios. Es oír estas palabras y enseguida se nos viene a la mente la imagen de sacerdotes, monjas o religiosos. Pero pocas veces nos viene la imagen de un matrimonio. Nos hemos acostumbrado tanto a esta vocación que se nos ha olvidado su esencia y su grandeza, una humilde grandeza como todo lo que es de Dios.
Hemos olvidado que se trata de una vocación de santidad, exactamente igual que las demás. Es el camino que Dios quiere para dos personas, hombre y mujer, que, libremente, hacen caso a esa llamada a dúo y deciden amarse durante toda la vida.
Una pareja de tres
No es un camino fácil en absoluto. Puede que sea el camino más habitual, pero no es nada sencillo seguirlo bien. Prueba de ello es la cantidad de separaciones, divorcios, casos de violencia doméstica... que surgen cada vez más. Las dificultades aparecen constantemente y si no se tiene una base sólida, crecerán y sacudirán el matrimonio hasta derribarlo. Esa base sólo es y puede ser una: Cristo. Si en el centro del matrimonio, caminando junto a los esposos, no está Cristo, existe el riesgo del fracaso.
En un matrimonio cristiano no están solos los esposos, sino que a la vez está Jesús. Se trata de una pareja de tres, de una comunidad mística de amor y de vida que no puede ni debe encerrarse en sí misma, sino que irradia su amor a su entorno convirtiéndose así cada matrimonio, cada familia, en un baluarte de Cristo en medio del mundo, donde ejerce su fuerza evangelizadora.
Hay que recordar también que el matrimonio, como las demás vocaciones, conlleva la participación en la muerte y la resurrección de Cristo. La muerte a uno mismo y la resurrección como algo distinto, como algo nuevo. El novio y la novia tienen que olvidarse de sí mismos, de su individualismo, para renacer como matrimonio, como una sola carne. Dos tienen que hacerse uno, tienen que donarse mutuamente en una comunidad de amor. Es más, me atrevería a afirmar que en el matrimonio son tres los que se unen para formar dicha comunidad: el novio, la novia y Cristo. No se trata, entendámoslo bien, de renunciar a la propia realización personal, sino de realizarse personalmente dentro del matrimonio.
Pero no se queda ahí. No es sólo una pareja de tres, en la que la presencia de Cristo tiene que estar patente. Es, además, un signo del amor de Cristo a su Iglesia: Amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella… (Ef 5, 25-27). La entrega es la esencia del amor. En la forma de amarse los cónyuges se tiene que ver el amor que Dios nos tiene a todos. Es una responsabilidad sobrecogedora y, al mismo tiempo, enormemente hermosa.
Esta realidad nos acerca al misterio de la Trinidad y de las relaciones de amor entre las personas divinas: distintas personas, pero un solo Dios. Y en el matrimonio distintas personas, pero una sola carne, una profunda comunión. El que ama a su mujer, se ama a sí mismo (Ef 5, 28).
Vocación de santidad
Ya desde el principio Dios instituyó el matrimonio. En el Génesis, después de terminar la creación, lo primero que hace Dios es fundar el matrimonio como algo querido por Él mismo para la realización del ser humano. Más tarde, el mismo Cristo elevaría el matrimonio a sacramento. No debemos olvidar que los casados somos sacramento. Nos hemos convertido en un signo visible de una realidad invisible.
Para quien está llamado al matrimonio, ésta vocación es la más santa. Es un error, por desgracia muy extendido, subestimar el valor del matrimonio como vocación. Faltaría a la voluntad de Dios y no sería feliz aquel que estando llamado al matrimonio, decide ser monje, por poner un ejemplo, porque le parece algo más espiritual o más elevado. Se estaría engañando a sí mismo.
El matrimonio no está en absoluto reñido con la espiritualidad. Al contrario, sin una espiritualidad sana corre el peligro de acabar sofocado por los problemas de cada día. Es más, también en el matrimonio se pueden (y se deben) seguir los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. No son algo exclusivo de los religiosos. La pobreza en el matrimonio implica el no derrochar en cosas innecesarias, ni llenar vacíos internos mediante el recurso al consumismo. La castidad es el dominio de sí, de la propia sexualidad, según los principios de la fe y la razón. Y la obediencia es referida a las propias decisiones de pareja y al servicio al otro, siempre en la perspectiva de la voluntad de Dios. Y por supuesto contando con Cristo en todo momento, como ya él mismo prometió: Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18, 20). ¿Qué es el matrimonio sino una unión de dos, hombre y mujer, en el nombre de Cristo?
Por tanto, esta vocación no tiene nada que envidiar ni en santidad, ni en esfuerzo, ni en dedicación a ninguna otra. Cada cual está llamado a una vocación específica, por lo que no tiene sentido que nos dediquemos a pensar si algo es o no superior para uno. Ésta es una vocación al amor, una grandeza oculta en lo más sencillo y en lo más normal. No es, pues, algo para tomárselo a la ligera, sino un camino de santidad querido por Dios para aquellos que son llamados a seguirlo.

