CONTACTO
91 445 51 26 (tfno.)
91 445 51 27 (fax)
C/ Covarrubias, 19
28010 Madrid (España)
 

Diciembre de 2009

     

* Los artículos destacados en negrita
están accesibles on-line.

 

1 Saludo editorial

2 Buenas noticias

4 Correo del lector

5 La mirilla de Icono

6 De la mano de María
     La presencia de la Madre
     Las gafas de la Virgen

10 Iglesia en camino
     A la búsqueda de Dios
     Un estímulo para los sacerdotes
     Tantanes de paz para África
     Brindamos por la vida

18 Tema del mes
     Navidad y familia

22 Familia Redentorista
     Vivir es crecer
     Campañas de Navidad
     Peregrinación

28 En directo: la Familia
     Celebraciones de Navidad
     Catequesis en familia

32 Colaboraciones
     El dolor de un pueblo
     El fruto de la sabiduría

36 Día del Señor,
  
  día de la comunidad


Celebraciones de Navidad
por Álvaro Marco

¿Por qué nos reunimos familiarmente
para celebrar la Nochebuena o la Navidad?
¿Qué nos mueve a provocar y buscar esos encuentros?

En un reciente sondeo realizado a españoles de diversa edad y condición, en el que se preguntaba que sintetizasen en una sola palabra lo que les sugería la expresión “Navidad”, un significativo porcentaje de los encuestados lo identificó con la voz “familia”. Preguntados cuál era la razón de su respuesta, una amplia mayoría lo justificó en el hecho de que la Navidad es un tiempo de encuentro con la familia, de reunión con las personas más queridas y de unión con los más cercanos, siendo los días 24 y 25 de diciembre las fechas más señaladas para dichos encuentros.

A nadie se le escapa que, hoy en día, esas reuniones familiares tienen, en la mayoría de los hogares españoles, una dimensión meramente social, incluso comercial, de forma que no se les atribuye prácticamente un significado cristiano. En cambio, el creyente comprometido con su fe no puede dejarse contagiar por esa corriente de descristianización y consumismo que todo lo invade, y debe tratar de buscar y descubrir un sentido trascen-dente a esos encuentros familiares que tanto se celebran y comparten en Navidad.

En familia

¿Por qué, en última instancia, nos reunimos familiarmente para celebrar la Noche-buena o la Navidad? ¿Qué nos mueve a provocar y buscar esos encuentros tan queridos y preparados con la familia?

Cuando uno asiste a un partido de fútbol o a un mitin político, las banderas, bufandas y pegatinas que portan los aficionados o asistentes al acto político, sirven para reconocer-se como miembros de uno de los equipos que juegan o como simpatizantes o afiliados del partido político que organiza el mitin. En todos estos eventos sociales se utilizan esos símbolos para reconocerse como integrantes de un grupo humano y, en cierta forma, para diferenciarse del resto de la sociedad. Cuando San Lucas, en su narración acerca de los discípulos de Emaús, nos dice que lo reconocieron en la fracción del pan (Lc 24,31), nos está diciendo que, por ese gesto, reconocieron a Cristo y volvieron a Jerusalén.

Pues bien, orillando en estos momentos las otras importantes celebraciones comunitarias y litúrgicas que tienen lugar en los días destacados de Navidad, el cristiano, cuando se reúne familiarmente la noche del 24 de diciembre y celebra al día siguiente el Nacimiento del Señor Jesús, está llevando a cabo, además de un encuentro familiar con dimensión social, una importante acción simbólica con un significado que es común para el cristiano, consistente en recordar y celebrar, mediante una cena o comida, que hubo un acontecimiento decisivo y central en la historia de la humanidad, en el que Dios decidió enviar a su propio Hijo al mundo, para realizar la salvación y liberación definitiva de to-das las personas.

En la carta a los Gálatas dice el apóstol Pablo: Cuando se cumplió el plazo envío Dios a su hijo, nacido de mujer, sometido a la ley, para rescatar a los que estaban sometidos a la ley, para que recibiéramos la condición de hijos (Gá 4,4-5). Con estas palabras se nos quiere decir que hubo un momento que Dios decidió hablarnos, no por medio de Abrahán, Moisés o los profetas, como había hecho hasta entonces, sino directamente, por medio de la persona y obra de su mismo hijo, Jesús, al que envía para dar la “buena noticia” de la salvación y liberación total del mundo, mediante la implantación de su Reino en nuestra historia.

Con los niños

Por consiguiente, en los próximos días de Navidad el símbolo del encuentro familiar tiene un sentido para el cristiano que, de alguna forma, debe hacerse presente mediante la acción, el hacer o el obrar. Entre personas adultas, esta experiencia simbólica puede ser relativamente fácil de explicar, de comprenderse, de experimentarse y de acogerse o no interiormente. Pero, ¿con los niños, con nuestros hijos o con nuestros nietos?

No es éste el momento ni el lugar oportuno para dar una clase de pedagogía cristiana para niños dentro del entorno familiar, pero con unos pequeños ejemplos se puede comprender que es posible celebrar y vivir familiarmente la fe navideña con los más pequeños. A nuestros hijos o nietos pequeños les enseñamos a decir buenos días, a ceder el paso a las personas mayores, a coger bien los cubiertos o hacer regalos a quien te invita a su “cumple”, antes de darles la verdadera explicación de fondo de esos hechos. Les enseñamos simplemente a obrar. Luego, cuando vayan creciendo, es cuando se les explicará y hablará del concreto sentido y significado que tienen esos hechos dentro del conjunto de su desarrollo como personas.

Pues bien, con las celebraciones navideñas ocurre algo parecido. El símbolo de la cena o de la comida no se explica. Se vive, se experimenta y se pone en obra con gestos, acciones y detalles. Con el tiempo esas celebraciones simbólicas hablarán y servirán para el crecimiento y la maduración personal en la fe de nuestros hijos o nietos.

En consecuencia, colocar a las doce de la noche al Niño Jesús en el pesebre que ha es-tado vacío desde que se puso el nacimiento, cantar villancicos, encender una vela, arre-glar de una forma especial la mesa, ponernos “guapos”, orar de una forma más realzada, ir a la Misa del Gallo, acoger a otros familiares… son gestos y signos, que vividos y cele-brados familiarmente desde la infancia, proporcionan un entorno y una base favorables para el proceso ulterior y permanente de crecimiento en la fe. Después, desde la libertad, cada uno de nuestros hijos o nietos, en una etapa posterior, acogerán o no la opción defi-nitiva por el modelo que Cristo nos ha ofrecido. Pero ésa es una página que a los padres o abuelos ya no les corresponde escribir.

Catequesis en familia
por P. Guembe

Es el tiempo de la catequesis familiar con los hijos.
Los padres son el mejor catecismo.

Estamos viviendo una experiencia extraordinaria para la fe. Se trata de una opción libre y comprometida ante un estilo de vida que Jesucristo brinda.

A los españoles nos ha faltado durante mucho tiempo de nuestra historia, la posibilidad de elegir en el campo de la fe. Las cosas estaban definidas y así eran… Y a nadie se le ocurría pensar que pudieran ser de otra forma… Por eso he dicho que estamos viviendo una experiencia extraordinaria: podemos elegir la religión que nos parezca… y no pasa nada. Una de las explicaciones del descalabro de la fe católica en estos tiempos es que en su momento no elegimos con verdadera y sana libertad ser católicos.

Al mismo tiempo hoy se ataca a la Iglesia y a la fe desde todos los flancos con verdadera maestría… Pero ¡no importa! Hemos de quejarnos menos y actuar más en casa. Éste es el tiempo de la catequesis familiar con los hijos. Sin los padres, en este campo de la fe, no se puede hacer casi nada, aunque vayan a colegios católicos. Ya nadie lo duda, y los obispos lo están urgiendo: Es la hora de los padres como misioneros de sus hijos. Mejor, los padres son los catequistas de sus hijos.

Los niños tienen a sus padres como verdadera y auténtica referencia ética. Los padres son el argumento para hacer las cosas y comportarse. Hoy se cuenta mucho también con los abuelos como verdaderos catequistas.

El ejemplo por delante

No les podemos hacer a los niños una chapuza. No podemos meterlos en algo que nosotros no vivimos. Si ellos ven a sus padres rezar, celebrar la fe en la parroquia como una convivencia alegre con otros cristianos, colaborar en las causas eclesiales o parroquiales como hermanos de otros, todo lo que les hablen y expliquen de la fe será como buena simiente caída en tierra buena, porque los niños con generosos… Si notan en los padres el amor a Jesús y a los más empobrecidos, los niños serán oro fino…

Pero, aunque vayan a la catequesis parroquial, si los padres no viven su fe, si los hijos no los ven en la parroquia colaborando en la celebración, ni los ven rezar… aunque les digan las más claras verdades sobre Dios, los niños captarán poco o nada de la fe, y el proceso catequético será un desastre. Los niños pensarán: Si mis padres no hacen lo que me enseñan en la parroquia, ¿por qué he de ir yo a misa? Los curas me cuentan cuentos que mis padres no se creen… ¡Cuando sea mayor…!

Así logramos que, cuando crecen, les dé vergüenza haber rezado o haber ido a misa… Les parecen cosas de niños y no vivencias sólidas, importantes, para la vida personal y familiar. Posiblemente hemos abierto una sima de distanciamiento de la Iglesia con difícil solución.

Los padres, el primer recurso

No ha habido antes mejores catecismos que ahora. El catecismo de primera etapa de la Conferencia Episcopal es una maravilla por lo sencillo… Pero cuando hay padres que viven su fe con valentía, ellos son el mejor catecismo y los mejores catequistas, porque los niños captan muy bien la vida y las vivencias, y no tanto las ideas, aunque se las demos en colores. Hay que olvidarse de hablar tanto de la primera comunión (con los trajes y los regalos) y saber que hay que ir injertando a los niños en la cepa de Jesús, en la cepa parroquial o eclesial, para que tomen la savia nueva y den buenos vinos para la mesa de la Vida del Reino.

En esto consiste fundamentalmente la catequesis familiar: vivir con los niños su crecimiento en la fe con nuestras propias vivencias. Tenemos buenos catecismos bien desglosados pedagógicamente para cada curso que ayudan en el proceso. Pero los padres son un recurso imprescindible. Deben vivir la experiencia de la catequesis familiar como un honor y un orgullo santo, como cuando buscaron a su hijo en el amor… Es algo sagrado que pueden hacer como de puntillas para no hacer el ruido del “ordeno y mando”, sino con el beso del ejemplo convencido. Los niños lo entienden.

En esto consiste la catequesis familiar:
vivir con los niños su crecimiento en la fe
con nuestras propias vivencias.
Los padres son un recurso imprescindible.