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Abril de 2010
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Revista Icono abril 2010

* Los artículos destacados en negrita
están accesibles on-line.

 

1 Saludo editorial

2 Buenas noticias

4 Correo del lector

5 La mirilla de Icono

6 De la mano de María
     María de la Alegría
     Un e-mail para María
     Haití, Perpetuo Socorro

12 Iglesia en camino
     En la Pascua
     La mística del camino
     Nuevas tecnologías y nuevas éticas

20 Tema del mes
     El Crucifijo en la escuela pública
     Un panorama complicado

24 Familia Redentorista
    Misión hacia dentro
    Al calor de la lumbre

30 En directo: la Familia
    
Un nuevo concepto de paternidad
     La patata caliente
 

34 Colaboraciones
     La velocidad y el ruido

     Palomas y serpientes
     Acoger lo inesperado
     Del Infierno de Carora al Paraiso
     de Chabasquén

 

 

     


En la Pascua

por Octavio Hidalgo

Cristo Resucitado

   En la Semana Grande del año cristiano, la Semana Santa, conmemoramos y meditamos los hechos significativos y culminantes de la vida de Jesús; en ella hemos sopesado con admiración su talla de fe y hemos renovado el compromiso perseverante de seguirlo.

   El marco donde se produjo el testimonio supremo de Jesús fue Jerusalén, la capital a la que tenía que llegar para dar la cara ante las autoridades arriesgando al máximo por la causa de Dios. En ella se consumó la persecución y el martirio.

   Anteriormente Jesús había recorrido Palestina anunciando el Evangelio. Le movía sobre todo una pasión: que Dios Padre fuera conocido y que la gente se decidiera por el Reino ya soñado en las etapas precedentes de la historia de la salvación. Para ello tuvo que hablar claro, desenmascarar costumbres, oponerse a tradiciones que se habían desvirtuado y ser crítico con mucha gente. Esto no gustó sobre todo a las autoridades porque abría los ojos al pueblo y les quitaba influencia. Por eso decidieron matarlo crucificándolo. No obstante, Jesús había profetizado: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18). San Pablo, teólogo y místico, lo interpreta de esta manera: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co 1,23-24).

   Desde entonces la espiritualidad de la cruz cristiana denota fidelidad cuidada y compromiso hasta el extremo. Es el signo de la Redención; evoca un modo de vivir oblativo y entregado, pero no frustrante. La novedad de la cruz de Jesús es que no termina en el sinsentido.

Renovar los criterios

   En efecto, la vida de Jesús no termina en el sepulcro. La noche ciega de la muerte no le vence. Dios Padre le resucita, y por el sentido de su resurrección nos pide que nos propongamos todos los días una existencia renovada. Es lo que celebramos los cristianos en la Vigilia Pascual y a lo largo de toda la Pascua. Este mensaje es tan denso y de tanta significación, que no es posible asimilarlo ni disfrutarlo en un solo día; incluso una semana se nos quedaría corta para apreciar y asimilar tanto don y Buena Nueva. Por eso el tiempo de Pascua se alarga siete semanas, para aprehender, digerir y degustar la propuesta evangélica de la Resurrección, de manera que nos habituemos a vivir como criaturas nuevas que buscan las cosas de arriba: lo que levanta y ensalza la existencia.

   El gran mensaje del Sábado Santo abierto a la Pascua es que definitivamente Dios quiere vitalidad sin recortes, “Tierra nueva”. Y para ello cuenta también con nosotros. La vida de Jesús fue un empeño por arreglar este mundo. Nos dejó unas consignas, un testimonio, y nos encomendó continuar la tarea. Ahora hace falta entender sus claves y su mística, y tener iniciativas. La experiencia cristiana de la Resurrección es auténtica si sirve para mejorar la historia de la tierra.

   A lo largo de estas semanas nos hemos de preguntar: ¿Qué “pasos” significativos nos pide la Pascua? ¿Qué hacer para que la Pascua nos ayude a vivir más intensamente como cristianos? La Resurrección tiene mucho de reto: despojo de lo viejo, revestimiento de lo nuevo, hijos de la luz, apertura al Espíritu… para gloria de Dios y como testimonio ante los demás, porque es posible una manera alternativa y saludable de vivir.

El atractivo de la Pascua

   Nada mejor para el sentido de la vida que la experiencia cristiana de la Resurrección. El desquite de Dios ha sido regalarnos a Jesús y resucitarlo como Señor de vivos y muertos. De esta manera ha metido para siempre en la historia una cuña de vida y de esperanza. Ahora el Dios empeñado en levantar la vida espera de nosotros la decisión que encontró en Jesús. La Resurrección de Jesús, hecha historia viva en muchos hombres y mujeres cristianos, altera y desenmascara todos los contravalores.

   La Pascua, en efecto, es el punto principal de referencia para los cristianos, sea cual sea la óptica desde la que se contemple. Es un horizonte cargado de atractivo y de motivación. Miramos al Señor muerto y resucitado, y en esa perspectiva nos sentimos llamados a ser criaturas nuevas, renacidas del agua y del Espíritu.

   Es cierto que Jesús Redentor ha resucitado por el poder de Dios. Ésta es su victoria personal y emblemática. Pero su victoria no es completa si este mundo nuestro no camina en sintonía con el Evangelio. Por eso la Pascua nos plantea un desafío: eliminar los esquemas que corrompen y degradan (despojo) para sustituirlos por los que vitalizan y promueven la espiritualidad (revestimiento de una nueva condición).

   Por suerte, y por regalo de Dios, estamos llamados, un año más, a actualizar nuestra Pascua. El ideal humano de Dios se ha cumplido en Jesús. Ahora, la comunión con él nos ha de llevar a vivir con altura de miras, con aspiraciones, buscando lo que levanta la dignidad y mejora los ambientes.

El ideal

   La presencia del Resucitado en medio de las comunidades cristianas es el principal motivo para seguir el ideal de Jesús. Él, vencedor del pecado y de la muerte, nos estimula a ser personas para la vida, para lo nuevo y lo genial. Manejando con destreza una combinación maravillosa de cruz y resurrección, de martirio y bienaventuranza, Jesús nos asegura que es posible la santidad personal y comunitaria. Su apuesta es clara: una alternativa para personas valientes.

   Pero el ideal cristiano, atractivo donde los haya, no se puede vivir sin una mística especial. Eclesialmente decimos que este ideal es más accesible si lo contemplamos al aire del Espíritu, que sondea lo más profundo de nosotros y, pese a ver cómo somos, nos quiere y nos anima.

Por eso es importante que nos afirmemos en la condición pascual. Es decisivo ser fieles al Espíritu. Por todo ello, un año más, enfatizamos: ¡Dichosos los que viven y transmiten la experiencia de la Pascua!

 

 

Pascua florida

 

Un nuevo concepto
de paternidad

 

por P. Hernán

 

Icono-Paternidad

 

    Todo cambia, todo evoluciona. El cambio y la evolución son constantes en nuestra vida. No somos los mismos que éramos cuando niños; ni siquiera somos los mismos que éramos hace algunas horas, porque nuestro organismo está en continua renovación. Lo mismo ocurre en nuestra sociedad. Experimenta cambios que todos debemos integrar como producto de nuestro propio desarrollo.

    El concepto de familia actualmente esta evolucionando debido a  una serie de cambios sociales, propiciados quizá por la integración de la mujer en el mundo laboral. El aumento de edad para que los hijos abandonen el hogar, el retraso en la edad para concebir, el decrecimento en el número de hijos por familia e incluso la diversidad de uniones familiares son algunos de los factores que están haciendo que tanto el hombre como la mujer se replanteen los roles de madre y de padre. Y puede que el rol que se encuentre con más cambios sea el de la paternidad.

Otro modelo

   ¿En qué consiste ser padre? El concepto psicológico de paternidad se entiende como la disposición a realizar el aprendizaje preciso para criar a un ser humano de manera sostenida con inteligencia, sensibilidad y con un sentimiento altamente positivo. Esto implica una serie de actividades de cuidado que, apoyadas con sentimientos, forman un ciclo de íntima vinculación. Esta definición nos ayuda a reflexionar en que el hecho de ser padre ya no se limita a algo meramente biológico (como ocurría antes), sino que engloba sobre todo la esfera de los sentimientos y de la responsabilidad.

   Actualmente, los hombres, a raíz de los cambios que están ocurriendo en nuestra sociedad occidental, se encuentran dispuestos a desempeñar un papel más activo que sus antecesores en el cuidado de los hijos.

   Las nuevas generaciones de varones están poniendo en cuestión el estereotipo de masculinidad, asociado tradicionalmente a la fuerza y el poder, para empezar a ejercer una “paternidad sostenible” que introduce el compromiso de ser padre a través del tiempo, más allá de la infancia de los hijos y con independencia de las relaciones de pareja y otras circunstancias sociales o vitales. El hecho de interiorizar   la paternidad supone para los hombres un proceso complejo, ya que implica un cambio de valores que tiene que ver con su identidad y con aspectos asociados incluso a la masculinidad, ya que ser padre en el momento actual supone también un cambio profundo respecto a los modelos paternos de su familia de origen.

Rasgos emergentes

   ¿Qué aspectos caracterizan a la nueva paternidad? La afectividad y la ternura son algunos de estos rasgos distintivos. El concepto de masculinidad asociado tradicionalmente a la fuerza, y el concepto de la feminidad ligado a la ternura son estereotipos que empiezan a ponerse en entredicho, especialmente en lo que concierne a la ternura. La nueva paternidad está poniendo en cuestión la idea de que los hombres no puedan desarrollar sus sentimientos en forma de ternura hacia los otros. Se empieza revalorizando la ternura masculina hacia los niños pequeños y puede ampliarse al desarrollo del cuidado, a lo largo de su vida, hacia los hijos y otros familiares.

   Otro rasgo emergente de la nueva paternidad es el abandono del papel tradicional de “padre ausenteo padre por delegación”,  el padre que no se relacionaba directamente con sus hijos, y reclama un modelo distinto en el que adquieren un mayor protagonismo los hijos en la vida de los padres, como una necesidad de relación mutua.

   La tradicional ausencia del padre estaba estrechamente relacionada con su condición masculina; era el proveedor del sustento para las necesidades básicas de la familia; sin embargo, se encontraba desligado de la relación afectiva. Actualmente hay un doble consenso, aceptado mayoritariamente por la sociedad: por una parte, disocia al padre como único responsable del mantenimiento de la familia; por otra, reivindica la presencia paterna como proveedor de afectos. Para los hijos, los beneficios de esta “nueva paternidad”son muy elevados. Los padres tienen una importancia fundamental en el desarrollo de sus hijos y cuando el padre se responsabiliza de la crianza, en condiciones similares a las de la madre, el niño muestra un desarrollo escolar y un comportamiento más saludable que cuando es sólo la madre la que atiende estas tareas. Esto sigue siendo importante también cuando los padres viven separados; para el niño es muy importante que el padre siga participando de forma equilibrada con la madre en su cuidado y en su educación.

   Ante todos estos cambios no es posible hablar del ocaso de la figura del padre, aunque a lo largo del siglo XX haya ido reduciéndose su protagonismo en el interior de la familia, sino de una renovación de su rol dentro de la vida familiar. Los hombres, o al menos una minoría de ellos, empiezan a asumir un mayor compromiso en las funciones de la paternidad, lo cual no sólo potencia las oportunidades de las mujeres en el campo laboral, sino que mejora las relaciones entre los dos sexos.

Icono-Revista abril 2010