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Octubre de 2011
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Revista Icono, publicación religiosa, mariana y popular de la congregación redentorista de España

* Los artículos destacados en negrita
están accesibles on-line.

 

1  Saludo editorial

2  Buenas noticias

4  Correo del lector

5  La mirilla de Icono

6  De la mano de María

    Treze Tilias
    La familia Villanueva-Galobar y la
    Virgen del Perpetuo Socorro
    El rosario de Santa María      

12 Iglesia en camino

     Bendecidos para bendecir
     Un maestro de oración
     Ecos de la JMJ
      

20 Tema del mes

     En tiempos de crisis

24 Familia Redentorista

     Jornada "Alfonsiana"
     Carta desde Perú
     Más milagros en Huete
        

30 En directo: la Familia

    
Ayer me dijerón...
     La jubilación
          
 34 Colaboraciones  

      Dioses y hombres
      Hermana Monte

      

     



Icono

Bendecidos para bendecir

Por Santiago Bertólez

Revista religiosa Icono
    

     Hace unos meses Vane y Rafa, unos amigos cuya boda acababa de presidir, se acercaron para pedirme que les bendijera el coche. Meses más tarde, acompañados de Cristina y Edu, hermano de Vane, se acercaron de nuevo para pedirme que les bendijera los pisos que acababan de comprar. No querían entrar a vivir en ellos sin estar bendecidos; querían que su casa, como denotan las palabras de la bendición, “irradie amor, alegría, dulzura y paz”.

     A lo largo de mi vida sacerdotal, como en la vida de cualquier sacerdote, son muchos los que se acercan para pedir una bendición. Normalmente son bendiciones de objetos de uso o presencia corriente: cruces, rosarios, anillos, imágenes, cadenas... En Vigo, donde resido, es muy frecuente pedir la bendición del agua.

     A veces te piden bendiciones muy bonitas. Recuerdo que viviendo en Madrid, en el santuario del Perpetuo Socorro, al terminar la Misa de un domingo, se me acercó un matrimonio y me dijo: “Venimos para que nos bendiga”. “¿Bendecir? ¿A quién?”, les pregunte; a lo que me respondió la mujer: “A los tres: a mi marido, a mí y al niño que llevo dentro; queremos ser unos buenos padres para él y que él sea un buen hijo para nosotros”.

     Hay también bendiciones extrañas. En otra ocasión, el día de difuntos, después de la celebración, veo que la sacristía se me llena de gente. Eran todos familiares. Se me acerca una mujer, vestida de negro, con cara triste y apenada, que llevaba una urna en la mano y me dice: “Por favor, bendiga esta urna; contiene las cenizas de mi marido muerto hace dos años”.

Un favor de Dios

     Me pregunto: ¿Por qué la gente pide la bendición? ¿Es por fe, por rito, por magia o simplemente por costumbre? Puede ser que la bendición evoque a veces una forma superficial de religiosidad, pero creo que, en el fondo, lo que mueve a la gente es la necesidad de sentirse acogida por el favor de Dios. Nos gusta que Dios proteja aquello que bendecimos, que nos rodee con su amor de Padre. Así caminamos más seguros por la vida.

     De hecho, la bendición recorre todas las páginas de la Sagrada Escritura desde el principio hasta el fin, adquiriendo mil formas diferentes. Unas veces es Dios quien bendice al hombre, como sucede en el sexto día de la creación; así lo relata el libro del Génesis: “Y los bendijo Dios diciéndoles: ‘Creced y multiplicaos’” (Gn 1,28). Otras, es el hombre y las criaturas quienes bendicen a Dios. En el libro de Daniel (23,46-90) nos encontramos con el famoso himno de los tres jóvenes en el horno donde se invita a todas las criaturas a bendecir a su creador. Otras es una persona quien bendice a otra. El ejemplo más conocido es el de Isabel bendiciendo a la Virgen María: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1,42). Jesús también bendecía; lo hizo antes de la multiplicación de los panes (Mt 14,19), en la Ultima Cena (Mt 26,26), en el encuentro con los discípulos de Emaús (Lc 24,30). Finalmente, un gesto de bendición fue lo último de Jesús sobre la tierra: “Después los llevó fuera de la ciudad hasta un lugar cercano a Betania y, alzando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos y fue llevado al cielo” (Lc 24,50-51). Bendecir fue el último regalo que Jesús dejó a los suyos. El arte lo ha fijado en cuadros de extraordinaria belleza.

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Tú también puedes bendecir

     A veces, la bendición la asociamos con una institución o con una persona. Pensamos que solo puede bendecir la Iglesia o el sacerdote. Pero no es así. La bendición no es propiedad de la Iglesia oficial, ni tarea exclusiva de un consagrado. Cualquier cristiano puede bendecir. En mi familia existía la costumbre de que el más pequeño bendijera la mesa; cuando se partía la hogaza de pan, antes de abrirla se hacía una cruz sobre ella para bendecirla. Me han contado que hay lugares donde los padres bendicen a sus hijos cuando salen de casa. Hay cientos de ejemplos. Sin darnos cuenta, bendecimos muchas veces. Lo hacemos cuando decimos, por ejemplo: “Bendito seas” o “bendito sea Dios”.

     Tú puedes bendecir. Más hermoso todavía: tú puedes y debes ser una bendición. En la Biblia se nos cuenta que Abrahán fue bendecido por Dios y en su nombre fueron bendecidas todas las naciones de la tierra. Fue bendecido para bendecir.

     Recuerdo que cuidando enfermos en Santander, había uno que siempre se deprimía cuando llegaba el verano. Al interesarme por su estado, me comentaba: “Y cuando Marisi se vaya de vacaciones, ¿quién me atenderá?”. Marisi era una enfermera que para este enfermo era una bendición; si faltaba, se temía lo peor.

     Ser una bendición es poner amabilidad donde hay maldición, calor donde hace frío, amor donde triunfa el odio, paz donde hay lucha, salud donde hay enfermedad. Si eres bendición, podrás contemplar muchos milagros. Somos bendecidos para ser bendición.






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En tiempos de crisis

Por Octavio Hidalgo

Todos los creyentes vivían de mutuo acuerdo y tenían todo en común.
Hasta vendían las propiedades y bienes, y repartían el dinero entre todos
según la necesidad de cada uno
(Hch 2,44-45)

Ninguno consideraba de su exclusiva propiedad los bienes que poseía,
sino que todos los disfrutaban en común
(Hch 4,32)

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     La espiritualidad comunitaria es una nota esencial del ser humano, que es social por naturaleza. Y es también una cualidad constitutiva y sobresaliente de la verdadera condición cristiana. Así pues, tanto desde el ángulo humano como desde el punto de vista cristiano, el sentido comunitario debe estar en lo más alto de la jerarquía de valores de toda persona, sea esta creyente o no. De no ser así, el equilibrio personal y relacional se quiebra.

     En efecto, la salud y el bienestar psíquico están muy relacionados con el sentido comunitario, entendido y desplegado como un importante valor personal. Ciertamente, uno no puede ser verdaderamente feliz si es egoísta, hedonista, envidioso… Por el contrario, sí experimenta una grata satisfacción, si es altruista, generoso, solidario… es decir, si valora y trata a los demás como a uno mismo e, incluso, mejor que a sí mismo.


La fuerza del amor sin límites

     El Jesús del evangelio, persona cabal y modélica, respira espiritualidad comunitaria por todos los poros. Su mensaje realza con claridad esta peculiaridad de la condición humana. Prototipo de la dignidad humana y de la coherencia personal, Jesús reconoce con realismo que no ha venido a ser servido, sino a servir hasta dar la vida… (Mc 10,45). San Pablo, sorprendido e inspirado por el proceder de Jesús, evoca con entusiasmo la fuerza y el dinamismo del amor cristiano hasta el punto de proclamar que no tiene límites (1 Co 13,7-8). Y el papa actual, Benedicto XVI, en una de sus encíclicas pregona que “el amor es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo, una fuerza extraordinaria que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad” (Caritas in veritate, 1).

     Esta mentalidad cristiana del amor enérgico y expansivo, y de la solidaridad sin límites, caló pronto y profundamente en los primeros seguidores de Jesús. De ahí los textos descriptivos del ideal cristiano recogidos en el encabezamiento de este artículo, unos textos enteramente válidos también para los ámbitos más diversos de la vida social. Este calado ha sido tan significativo y de tanta trascendencia en la vida de la Iglesia, al menos como ideal, que se ha convertido en una característica fundamental y definitoria de su identidad. En efecto, no hay verdadera comunidad cristiana sin culto ni oración, sin evangelización ni catequesis y tampoco sin comunión de bienes. Por tanto, la práctica de la solidaridad humana y evangélica es un rasgo esencial que no ha de faltar en ninguna comunidad cristiana que se precie. Nada como el amor solidario da sustancia, trabazón y densidad a la relación ciudadana.


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La crisis económica

     Sea por factores de alcance internacional, por causas estructurales o por los desaciertos de los diversos gobiernos –del Estado, autonómicos o municipales–, lo cierto es que venimos soportando una crisis muy seria y persistente, sin saber por cuánto tiempo se alargará. Las oscilaciones económicas y los intereses del mercado están repercutiendo de manera dolorosa en los más débiles, que son siempre los más afectados. El estado del bienestar se disuelve y se aleja para muchos –personas y familias– indefinidamente; estos quedan al margen del pastel social, sumidos en el desempleo, aplastados por la desmotivación y solo pendientes de la asistencia institucional, familiar o caritativa.

     Los políticos ya no esconden la gravedad de la crisis. Las autoridades de la Unión Europea exigen a los gobiernos decisiones drásticas: medidas contundentes, recortes presupuestarios, fomento del empleo… casi la cuadratura del círculo, después de lo vivido y soportado. Los bancos y los empresarios no ceden en sus privilegios. El movimiento de los indignados se vuelve plural y se desvirtúa por la presencia de infiltrados con dudosas intenciones. Ciertamente, el presente es oscuro, tormentoso, sin que se vea una mejor perspectiva para el futuro próximo. No obstante, en medio de la complejidad social que nos envuelve los cristianos hemos de intervenir con palabras y con gestos de alternativa evangélica. Hemos de ser emprendedores, como los que más, con iniciativas de vanguardia.

     En la encíclica citada, que vio la luz hace ya más de dos años, el papa Benedicto XVI, especialmente preocupado por la situación económica actual, apuntaba con sana crítica y con agudo discernimiento: “La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso. La crisis es una ocasión para discernir y proyectar de un modo nuevo” (n. 21). Pero esto no es posible sin entrañas de solidaridad.

Acción cristiana

     Nos recuerda el papa que el ser humano está hecho para el don. La gratuidad está presente en la vida de muchas maneras –actual– aunque puede quedar poco destacada por el relieve que concedamos a la utilidad y a los intereses personales. Sin embargo, tanto el don como la gratuidad no han de faltar en las relaciones sociales e interpersonales, ni en la actividad económica ordinaria. La gratuidad fomenta y extiende la solidaridad así como la responsabilidad por la justicia y el bien común. Por eso ha de haber una civilización de la economía –dice el papa– especialmente en las circunstancias actuales (Caritas in veritate, 36, 38, 45).
 
     Por otra parte, la acción solidaria está intrínsecamente unida a la fe cristiana. Por ello existe la institución de Cáritas como una visibilización de la solidaridad de inspiración evangélica. En estos últimos años, sus intervenciones están recibiendo un reconocimiento y un elogio generalizado. En verdad, Cáritas tiene una buena reputación y despierta credibilidad, incluso entre los no creyentes; de ahí que cooperen con esta institución tantas personas, sosteniéndola con sus aportaciones.

     Pero Cáritas es una intervención eclesial entre otras. Hay y puede haber más que recojan el compartir de bienes y que expresen lo que enfatizaba san Pablo: “El amor no tiene límites”. En verdad, hay muchas intervenciones anónimas que son solución para personas concretas, azotadas por la crisis. Quienes proceden con semejante solidaridad están resultando solución. Esto es lo que cabe esperar de los cristianos: solución y apoyo constructivo. El amor evangélico, impulsado por la inspiración del Espíritu, nos ha de llevar a afrontar creativamente y con eficacia las más diversas situaciones de dificultad social. La crisis nos está ofreciendo canchas variadas donde demostrar, en niveles sencillos y de alcance cercano, que lo comunitario es para los cristianos un valor principal que nos caracteriza y nos desafía…

     Entre las señales más creíbles de que se vive la fe está, sin duda, la práctica de la generosidad y del amor evangélico, una práctica reforzada por la espiritualidad de redención y por la vivencia trinitaria. Ya lo decía san Juan: “Dios es amor. Y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios…” (1 Jn 4,7-8).


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Manos a la obra


     Los gobiernos y las Administraciones públicas han acabado reconociendo que los perjuicios sociales causados por la crisis los desbordan. En la práctica admiten que, en este momento, no pueden resolver todos los problemas que les sobrevienen, como la base social demanda.

     En efecto, es ingenuo esperar que los gestores públicos puedan solucionar a corto o medio plazo la infinidad de complicaciones, aprietos o adversidades que pesan como una losa sobre muchas personas y familias. Aunque se lo debemos urgir, la solución total no está ahora al alcance de los administradores públicos. Serán necesarias, pues, al menos por un tiempo, difícil de medir ahora, intervenciones subsidiarias, iniciativas particulares, esfuerzos personales y de colectivos concretos... En coyunturas como en las que estamos es imprescindible la participación de los más posibles.

     Por ello reiteramos: el cristianismo aporta inspiración para un buen desarrollo personal y comunitario. El amor solidario ha de ser resaltado en las comunidades cristianas como un valor fundamental, que nunca ha de estar desatendido. Este amor nos debe llevar a revisar cómo estamos viviendo… Si la experiencia del amor evangélico nos ha tocado las entrañas, entonces sentiremos que nos urge… Además, los cristianos estamos llamados a ser solución, como también los demás ciudadanos, aunque nosotros con la iluminación peculiar que nos viene de la fe. Toda nuestra vida debe estar coloreada por el compromiso del amor solidario y debe ser expresión vibrante del amor de Dios, que nos ha amado primero (1 Jn 4,19). Por tanto, el compartir es un rasgo no solo de elegancia personal, sino también de credibilidad creyente, además de ser un gran medio de evangelización. Vamos, pues, a practicarlo de manera eficaz. El amor solidario, de inspiración evangélica, es lo mejor que podemos respirar y difundir los cristianos.

 

 


 

Ayer me dijeron...

Por Emilio José Prendes


parete de la familia redentorista

     Que era un tumor. Ahora, de momento, solo nos queda esperar los resultados del análisis de las muestras; aquellas que los cirujanos entregaron al laboratorio de anatomía patológica después de la última prueba endoscópica. ¿Será maligno? ¿Será el innombrable cáncer, el que corroe algún órgano de mi sistema digestivo?

     Aunque pueda resultar extraño, no estamos sometidos a una especial preocupación, ni tensión. Vivimos una espera con la mayor tranquilidad y confianza en Cristo.

En familia, como una piña

     Escribo utilizando el plural, porque quisiera reflejar la situación puntual a la que se enfrenta mi familia al completo, aunque sea yo el que adquiere un especial protagonismo en esta película. Pero todos forman parte de un equipo que funciona de forma sincronizada, con su colaboración y su interés, pero sobre todo con una gran entereza y tranquilidad espiritual. Como una piña, unidos en las alegrías y en las dificultades... como siempre. Todos asumen íntegramente el compromiso que Carmen y yo sacramentábamos hace ya cuarenta años.

     Creo sinceramente que todavía no ha llegado el momento de hacer el balance de cierre de mi contabilidad vital. Pero eso no evita que en algunos momentos nuestra mente, en momentos de intimidad y reflexivos, recorra y repase las páginas vividas e imagine las que aún quedan por escribir, totalmente consciente de que estas últimas ya son muchas menos.

     Mi reflexión personal en este punto de la lectura, se puede resumir con el título de una canción. Un tema de moda en mi juventud, aquel que con aires reivindicativos entonaban los cantautores de la época: Violeta Parra (su autora), Víctor Jara, Joan Báez, Mercedes Sosa, etc. Aquel título era: “Gracias a la Vida... que me ha dado tanto”. Puedo asegurar que en mi caso es todo un lema de lo vivido y de lo que me quede por vivir.

     Gracias a la Vida, en mayúscula, porque la Vida es Él. Él me ha dado todo lo que tengo y todo lo que soy.

     Un punto de partida maravilloso, el núcleo familiar en el que fui concebido y me desarrollé hasta alcanzar la edad de vuelo independiente. La formación recibida, las experiencias personales y profesionales, los amigos, los compañeros, los conocidos, etc., todos me aportaron, me enriquecieron. Pero sobre todo he de dar gracias a Dios por mi propia familia. Es mi gran regalo y tesoro.

     El día que la conocí a ella, a Carmen, yo no estaba capacitado para aquilatar las dimensiones del brillante que Él ponía en mis manos. Nos enamoramos y decidimos emprender juntos el resto del Camino. A partir de ahí ella lo ha sido todo en mi vida, el amor, el cariño, mi punto de apoyo permanente, el consejo oportuno, el toque de sabiduría y prudencia, el perdón… todo.

     Pero lo mejor que hemos compartido, un gran logro, el haber aprendido y haber ejercido como padres, y honestamente creo que lo hemos superado y con buena nota. Tenemos cinco hijos y siete nietos, todos tremendamente unidos, a los que hemos transmitido nuestros mejores principios: la Verdad, la honestidad, la honradez, la caridad y el Amor. Y Carmen, como madre, ha sido la mejor correa transmisora para inculcar esos valores en ellos; ese es nuestro mejor legado.

     Resumo: Hemos tratado de recorrer el camino de la vida con la verdad por delante, tratando de imitar a quien así se definió.


El realismo y los interrogantes de la enfermedad

     Ahora, quizás, comience la hora de la pasión y en algún momento podremos sentir la tentación de pedirle a Él que aparte de nosotros ese cáliz; incluso preguntarle: ¿por qué nos has abandonado? Pero creo que recibiremos la misma respuesta que nos imaginamos que recibió Jesús: “¡Tranquilo, Hijo! pronto estarás Conmigo”.

     Esa tranquilidad y confianza presiden nuestras vidas. No es el momento de angustiarse, de deprimirse, de preguntar desesperadamente: ¿Por qué a mí?

     Porque la respuesta también es de cajón. Y es que todos tenemos que pasar por ahí.

     Ya hace algunos años me diagnosticaron una enfermedad crónica: la diabetes. Aquello era “peccata minuta”. Con ella convivo amistosamente desde entonces.

     Más tarde y a partir de aquel debut clínico (antes nunca había recibido ninguna atención médica, no la precisaba), me siguieron observando hasta que llegaron a detectar otra enfermedad hematológica, de las denominadas “raras” y en este caso también tenía la calificación de “incurable”. Se me acumulaban los expedientes, a base de analíticas, scanner, resonancias, gammagrafías, ecografías… Pero os puedo asegurar que todo nos lo hemos tomado con calma y lo hemos asumido con normalidad y tranquilidad. Ya incluso he pasado por el tormento de la quimioterapia. Y la verdad es que, hasta este momento, la pasión ha sido mínima. Creo que tengo muy poca resistencia al dolor, aunque solo lo haya experimentado en caso de alguna otitis estival o en las muelas de manera ocasional, pero si tienen que venir algunos de mayor dimensión, confío en la medicina paliativa y en los tratamientos para el dolor que están muy desarrollados.

     Termino este testimonio personal en la situación de espera con que iniciaba este relato, pero confío que estas líneas puedan servir de ayuda a todos aquellos que puedan estar experimentando una situación similar, y también a los familiares y amigos de los que la padecen.
Aunque estemos amenazados, no precisamos de ninguna atención especial, no queremos ser tratados con lastima, queremos cariño y comprensión, disfrutar de cada minuto de la vida con los nuestros, vivir con normalidad. Y aceptar el cáliz y la cruz, si así lo quiere Él.