CONTACTO
91 445 51 26 (tfno.)
91 445 51 27 (fax)
C/ Covarrubias, 19
28010 Madrid (España)
Puede suscribirse escribiendo a perso@pseditorial.com

Noviembre de 2011
[ Ver todos los números ]

     

Revista Icono, publicación religiosa, mariana y popular de la congregación redentorista de España

* Los artículos destacados en negrita
están accesibles on-line.

 

1  Saludo editorial

2  Buenas noticias

5  La mirilla de Icono

6  De la mano de María

    La virginidad de María
    Tejedora de túnicas
    Gabriela Mistral, poetisa      

12 Iglesia en camino

     Todos concelebrantes
     Reseña gastronómica
     Jesucristo reina
      

18 Tema del mes

     La resurrección de los muertos

22 Familia Redentorista

     La chica del cerro
     Participación en la JMJ
        

26 En directo: la Familia

    
El papel de la mujer en la educación
     Raquel
     Responsabilidad familiar
          
32 Colaboraciones  

      La fe, regalo de Dios
      Valoración personal
      Réquiem por la selva

      

     



Icono

Todos concelebrantes

Por Antonio Danoz

Revista religiosa Icono
    

     A partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha procurado que los fieles “participen consciente, piadosa y activamente” en las celebraciones litúrgicas, dejando atrás la actitud de “extraños y mudos espectadores” (SC 48). Los bautizados son los verdaderos “concelebrantes” de toda acción litúrgica. También de la eucaristía.

     Empecemos por aclarar algunos términos. Concelebrar significa “actuar en unión” o “junto” con otras personas. Por su naturaleza, toda acción litúrgica es una “concelebración”. La comunidad de los bautizados es la protagonista de toda celebración del misterio cristiano especialmente en la liturgia.

El servicio de presidir

     Entre los primeros servicios que existían en las primeras comunidades, san Pablo menciona el de “presidir” (Rm 12,8). Los que presidían la comunidad, presidían también la celebración de la “Cena del Señor”. Con frecuencia era el “fraterfamilias”, responsable de la comunidad. En algún caso, lo hacía probablemente una mujer, como Lidia, cuya casa se convirtió en iglesia doméstica (Hch 16,14-15).

     En el libro de los Hechos y en otros libros se les da el nombre de “presbíteros”. Es una palabra griega que significa “anciano”. En las cartas a Timoteo y Tito se hace referencia a un don de Dios recibido por la imposición de manos (1 Tm 4,14; 2 Tm 1,6). El gesto de “imponer las manos” significa la comunicación del Espíritu para cumplir una misión y un ministerio en la comunidad. El presbítero es un “ministro”, un “servidor”, que, entre otras cosas, preside la asamblea que celebra la eucaristía.

      Andando el tiempo, los ministros fueron adquiriendo mayor relevancia, sobre todo cuando llegó la ordenación de obispos y presbíteros. El protagonismo en la celebración de la eucaristía pasó de la comunidad al obispo, al presbítero y a otros ministros que fueron apareciendo.

       La comunidad, que con su presidente era protagonista de la concelebración de la memoria de la muerte y resurrección del Señor en la eucaristía, pasó a ser una masa de oyentes y espectadores, con una escasa participación en la celebración.

Recuperar el sentido de la concelebración

     Para recuperar la concelebración en su sentido más pleno, es bueno empezar por utilizar con propiedad los términos “sacerdote” y “presbítero”. Sacerdotes, como indica la primera carta de san Pedro, son todos los bautizados. Presbíteros son aquellos bautizados que han recibido la ordenación que los capacita para presidir la eucaristía.

     Otros términos que conviene precisar son “concelebrar” y “copresidir”. Si se juntan varios obispos y presbíteros para la celebración de la eucaristía, en primer lugar concelebran con el pueblo de Dios que se ha reunido. En segundo lugar copresiden la celebración.

     En cuanto celebrantes con toda la comunidad, son signo de la comunión de todo el pueblo de Dios, que alimenta y fortalece su comunión celebrando juntos la eucaristía. En cuanto copresidentes, hacen visible la comunión que existe entre los que tienen la misión y la responsabilidad de presidir las comunidades.

     La concelebración reservada a obispos y presbíteros únicamente, como hoy la conocemos, empieza a aparecer en los siglos IV y V. No existe constancia que existiera en siglos precedentes. Pudo existir. En tiempos de san Gregorio Magno (s. VI), consta que se celebraba en Roma en cuatro ocasiones: Navidad, Pascua, Pentecostés y san Pedro. Decayó durante la Edad Media. Muchos autores de esta época la negaron.

     La concelebración de obispos y presbíteros fue promovida por el concilio Vaticano II y volvió a resurgir después del concilio. Entre otras razones, destaca la índole comunitaria de la eucaristía y su condición de símbolo de la unidad de la Iglesia.

     La celebración de la eucaristía presidida por varios obispos o presbíteros ofrece un doble signo de comunión: en cuanto concelebración de obispos, presbíteros y fieles es signo de comunión del pueblo de Dios; en cuanto copresidencia de los diversos ministros es signo de la comunión entre los corresponsables de las comunidades cristianas.

     El obispo o el presbítero que copreside la eucaristía tendrá que confesar, parafraseando a san Agustín: Con vosotros soy sacerdote y concelebro la eucaristía; para vosotros soy obispo y copresido la celebración. Lo primero es para mí un gran don que me ha hecho el Señor; lo segundo es una gran responsabilidad.

     No responde al verdadero sentido de la copresidencia de la eucaristía, la utilizada para dar solemnidad a un determinado acontecimiento. Espero que esto no suceda. Tampoco se debe utilizar la copresidencia de la eucaristía para solucionar la agrupación de presbíteros que quieren celebrar juntos la eucaristía y no encuentran otra salida. ¿Qué dificultad hay en que uno de ellos presida la celebración y los demás concelebren con él como sencillos fieles del pueblo de Dios?

Participación de la comunidad concelebrante

     Por diversos motivos, el papa Pablo VI no realizó por completo la renovación que la celebración de la eucaristía necesitaba. Si la comunidad es la protagonista de la celebración con el obispo o presbítero que la preside, es necesario que su participación sea la mayor posible. Sin esperar a que se haga una renovación de la celebración de la eucaristía, existe la posibilidad de darle más protagonismo a la comunidad.

     La asamblea puede hacer junto con el presbítero que la preside la oración colecta (oración de la comunidad reunida); la oración de presentación de ofrendas; la oración que sigue a la comunión. Hay que darle más participación en la Plegaria eucarística. Se ha hecho en la “eucaristía con niños”. ¿Por qué no se practica con los adultos? ¿Qué dificultad hay para que no realice toda la comunidad la aclamación final?

     Lo mismo hay que decir de la oración por la paz. El rubricismo no puede convertirse en obstáculo para la participación. Para hacer efectiva esta participación, disponemos de medios: entregar a los fieles cada domingo los textos que les faciliten la participación, proyectarlos sobre una pantalla para que puedan leerlos...

    Se han dado pasos en la buena dirección, pero quedan otros muchos por dar. No escatimemos medios para que la verdadera concelebración de la eucaristía y de otras “concelebraciones”, sea más viva, más participativa, y más fructífera para la comunidad cristiana.








Icono

La resurrección de los muertos

Por Isidro Martínez

En noviembre los cementerios se llenan de flores y oraciones.

Revista religiosa Icono

      El Maestro lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Es una única ocasión en que Jesús mostró el sentimiento humano de la tristeza, el abandono o la impotencia. Porque la muerte siempre nos supera humanamente y solo la fe nos permite abrigar la esperanza.

     Todos los que nacemos, sabemos que la muerte nos llegará en algún momento, pero nos olvidamos. Intentamos alejar de nosotros el mal fario, porque la desaparición no sugiere prestigio. Pero, a la vez, la muerte es motivo recurrente de nuestra vida. Cada año la Iglesia nos lleva a reflexionar, el 2 de noviembre, en los difuntos, y cada día, en la misa, se hace presente en la memoria por los fallecidos y en la petición de su cercanía a Dios. Somos complicados, y también contradictorios, y mientras intentamos no pensar en la muerte, al mismo tiempo “jugamos” con su presencia.


Un motivo más para creer

     Adentrarnos en la muerte nos llena de sarpullidos. O tal vez no. Bastantes personas dedican una parte de su tiempo a leer esquelas en los medios de comunicación o fijan su atención, al pasar por una iglesia, en los pequeños carteles que anuncian un fallecimiento.

     Al mismo tiempo, muchas gentes sienten que rozar la muerte, aunque sea en papel o en un letrero comercial, les puede traer mala suerte, y seguro que les pone mal cuerpo. Desentrañar nuestra posición ante el más allá, lo podemos hacer de la mano del evangelio de san Juan, el texto más cercano cuando la tristeza nos aplana.

     Un hombre llamado Lázaro había caído enfermo (Jn 11,1
)

     La enfermedad es uno de los caminos hacia la muerte. Es la senda más transitada, la más accesible y, a la vez, la que nos permite prepararnos para el desenlace de una vida. Si el tránsito se prolonga, si es un camino doloroso, la muerte puede convertirse en una liberación. Es la propia vida la que nos facilita la transición, y nos induce a decir, en esta ocasión con toda la pasión posible, “descanse en paz”.

     Señor, tu amigo está enfermo (Jn 11,3)

     En muchas ocasiones la enfermedad es una llamada. Pero no para nosotros. La voluntad, aunque inconsciente, de alejarnos de la realidad, nos lleva a pensar que “no será para tanto”, que volverán los días felices. Es dramático aceptar el final de los más cercanos, y casi imposible imaginarse el propio, hasta que nos caemos dentro.

     Jesús tenía una gran amistad con Lázaro y sus hermanas. Nos lo cuenta Juan en su evangelio, y es otra novedad. Resaltamos este detalle íntimo de Jesús en su vida histórica: tenía amigos, además de discípulos y seguidores. Aún así, a pesar de la amistad confesada hacia Lázaro, Jesús continúa dos días más en aquel lugar.

     Como hacemos nosotros, o como tenemos tentación de hacer. No dar pábulo a la muerte, hasta que se presenta y nos arrebata lo más cercano. En el caso de Cristo, sus razones eran muy diferentes, y se las expone a sus discípulos: “Esta enfermedad no terminará en la muerte, sino que tiene como finalidad manifestar la gloria de Dios” (Jn 11,4).

     Y un poco más tarde, en el mismo lugar, a los mismos acompañantes, Jesús les remacha: “Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarlo” (Jn 11,11). El evangelio de Juan  resalta que Jesús no se refería al sueño de Lázaro, que ya para entonces había muerto, sino al despertar a la vida eterna, a la esperanza fundada, segura, de la otra vida, tras el tránsito terrenal. La muerte, en ese instante, comienza a tener sentido, trascendencia, paso y puerta a la compañía de Dios.


Icono

     Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto… (Jn 11,22)

     Marta somos todos nosotros. Siempre ocupados en este lado de la muerte. Siempre buscando excusas, o razones para seguir luchando, sin mirar a lo alto. Si hubiera… El desconsuelo, nuestra tristeza, necesita argumentos para reposar, para reducir el dolor, pero la realidad de la muerte nos desconcierta, nos arrasa, y solo el mirar a lo alto nos proporciona la esperanza suficiente para aceptar nuestra limitación vital.

     Escribió santo Tomás de Aquino que “tan solo un necio trata de consolar a una madre ante su hijo muerto”. Lo irremediable tal vez no tiene consuelo, pero sí compañía, calor humano.

     Tu hermano resucitará (Jn 11,23)

     Marta seguía apegada a su dolor. No podía ver más allá. Su amigo Jesús no había estado al lado de su hermano, que había muerto. Sí, resucitará…, dijo ella, ya lo sabemos; pero ahora, aquí, no está, se ha ido, se ha muerto. Está derrumbada, derrotada, cansada. Como nosotros, como cualquiera ante la muerte de los más cercanos.

     Y Jesús se tiene que poner serio con su amiga: “Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?”. Entonces Marta regresa, aunque solo sea a medias: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías (Jn 11,27). Y se fue a buscar a su hermana.

     Porque la muerte es un golpe que nos trastorna, que nos descarna y, a veces, nos supera durante un tiempo, hasta que logramos reponernos. Pero no es fácil.

     María, la hermana de Marta, la que había escogido la mejor parte, la que escuchaba al Maestro, alejando las labores de casa, la que buscaba lo espiritual, con abandono de lo terreno, tampoco es capaz de soñar el otro lado, y con desencanto, con la amistad presente pero el ánimo roto por su hermano, le dice a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí…” (Jn 11,32). No habría desgracia, su hermano Lázaro no habría muerto, y ella no tendría que llorar.

     Jesús, que ya había impartido la doctrina a Marta, ahora lanza un suspiro, tal vez porque hasta a los más cercanos a Él, nos cuesta aceptar la muerte. Y se da cuenta de cómo somos, y se emociona.

     Jesús se echó a llorar (Jn 11,35)

     El Maestro no derramó lágrimas en la cruz, aunque se quejó al Padre. No se emocionó ante la traición de los más íntimos. Pero ante la muerte de un amigo, delante de la tumba de Lázaro, Jesús lloró, como ser humano que era, porque sintió nuestra pequeñez y nuestra necesidad ante lo desconocido. Él sabía que Lázaro seguiría viviendo, pero ya no en la otra vida como le había apuntado Marta, sino también en esta. Sin embargo Jesús lloró por Lázaro, como tantos de sus amigos judíos. Compartió lágrimas de compañía con las hermanas y amigos. Solidaridad ante el dolor humano.

      Mientras, siempre hay alguno que para soportar el dolor, o por ladearlo, se implica en las cosas de aquí. Y más que consolar, estorba; y como alguno de los judíos, comenta con intención malsana: “¿No podría  haber hecho algo para evitar la muerte de su amigo?” (Jn 11,37). Porque lo complicado es aceptar nuestra vida finita, nuestro trayecto con final; siempre es más sencillo echar las culpas a los otros, ya sea porque no estuvieron o porque no lo han evitado. Pero la muerte es algo mucho más natural, nos llega, nos afecta y nos desertiza, aunque solo sea un momento.

     ¡Lázaro, sal fuera! (Jn 11,43)

     Y Lázaro salió de la tumba, y su puso a andar. Pero la impartición de la doctrina quedaba clara. Y los motivos, y las razones. Y la fe. “Al ver todo esto, muchos de los judíos creyeron en Jesús. Otros, sin embargo, fueron a contárselo a los fariseos” (Jn 11,45).
Porque en la muerte el camino está señalado, la resurrección, pero nos parece angosto, es difícil. Jesús no se privó de mostrar sus sentimientos de amistad, pero esa situación no le impide tomar decisiones y actuar.


ICONO


La muerte en comunidad

     Aunque Jesús nos dejó claramente indicado el camino, nosotros siempre hemos sido duros de mollera. Y, sobre todo, humanos. Y limitados e impacientes. Nos cuesta aceptar la muerte y, cuando llega, nos rodeamos de ritos, de apósitos contra el dolor, contra la soledad, porque nuestra fe no tiene raíces profundas. La muerte nos toca tan de cerca, tan de lleno, que encontrar una salida nos lleva tiempo, nos exige compañía y mostrar los sentimientos.

     A lo largo de la historia de la Iglesia, y también antes en el Antiguo Testamento, los seres humanos hemos adornado la muerte con ritos: en la doble vertiente de recordar humanamente a los difuntos, y también de rogar y orar por ellos, para que su cercanía a Dios se haga presente.

     Necesitamos signos de esperanza. Ya lo decía Jeremías: “En paz morirás… y con el ‘¡ay, señor!’ te plañirán” (Jr 34,5); y lo hicieron los Macabeos ofreciendo sacrificios por los difuntos, o los cristianos de los primeros tiempos que apuntaban los nombres de los hermanos en dos tablas, los vivos y los muertos, para poder orar por ellos.

     Ya en el siglo VI los benedictinos tenían la costumbre de orar por los difuntos al día siguiente de Pentecostés. San Isidoro lo hacía en el segundo de los tres domingos de la primera Cuaresma. Pero cuando la fecha se generaliza con muestras de cierta oficialidad es en los albores del año mil, cuando san Odilón, abad de Cluny, añade la celebración de rogar por las almas de los fallecidos en cada 2 de noviembre, fecha que después adoptan los benedictinos y cartujos, así como las diócesis de Lieja y Milán ya en el siglo XII y al final toda la Iglesia.

     El oficio de difuntos y las misas de réquiem se ofician cada 2 de noviembre, recordando a los fallecidos, y orando por ellos. Nuestra habitual contradicción vital nos ha llevado a celebrar fiesta en Todos los Santos, el 1 de noviembre, y hacer laborable el día de los fallecidos. Así emborronamos, en parte, su memoria, o nos alejamos de reflexionar sobre la muerte… hasta que nos toca el codo.

     Lutero abolió la celebración en Sajonia, pero la muerte pudo con su dictado, y los protestantes también recuerdan a los difuntos de forma comunitaria, porque cuando nos llega a nosotros, en ningún lugar del mundo falta el rito y la memoria: desde la prehistoria hasta ahora, incinerando o enterrando, dejando al aire el cuerpo o embalsamándolo, bajo tierra o bajo mármol, porque la muerte nos iguala y nos supera. Y consigue el milagro de hacernos buenos, solo cuando hemos muerto.

     Llevar flores al cementerio es una costumbre piadosa, si entre los pétalos va el recuerdo y la oración; pero sería mucho mejor, junto al rezo, que la compañía de flores hubiera sido en vida. Sin embargo, ya lo apuntamos, somos contradictorios por naturaleza, y la muerte nos supera, incluso para las costumbres indigenistas de llevar alimentos y comer o bailar entre las tumbas de los cementerios.

     Lo que nos queda es la fe en la resurrección, aunque nos cuesta hacernos a la idea, agarrarnos a ella y seguir viviendo. Por eso rezamos, cada año, el 2 de noviembre por todos los fieles difuntos, y en la misa lo repetimos cada día.