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≡ Diciembre de 2011 ≡
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Navidaridad
Por Javier Poveda
¿Dónde queda la alegría por el nacimiento de Jesús?

Es uno de esos temas recurrentes… Igual que a principio de curso se escribe sobre la vuelta al cole, y el mundo parece agotarse en lo que cuestan los calcetines del uniforme, o próximos al verano tenemos que leer cientos de artículos para concienciarnos de usar las cremas de protección solar… ahora, comenzando el Adviento, dirigimos la mirada hacia la Navidad.
Y miramos ya hacia ella, pasando por encima del tiempo de preparación y de espera, porque surgen miles de estímulos que nos llevan “en volandas” hacia esas fechas: anuncios, luces, propagandas, decoraciones… Todo parece confabularse para hacernos conscientes de que se acerca la Navidad. ¿Pero es esa Navidad a la que nos debemos acercar?
Palabras sin significado
Con mucha frecuencia las palabras, por el uso, mal uso o desuso, pierden su significado e identidad… y se quedan reducidas a su significante. En este caso, a lo insignificante… Por eso, tuviera uno la tentación de inventar, a modo de juego, palabras nuevas para poder hacer nuevo (hacer nuevas las cosas) los misterios más trascendentales de nuestra fe y que sin embargo, como por arte de magia, nos han birlado. Así surge, como provocación en mi mente, la NAVIDARIDAD.
Quizá a muchos les remita a la solidaridad, a la fraternidad, a la caridad… Sin duda, mejores referentes para estas fechas, y también más cercanos al misterio del nacimiento de Jesús. Solo por el amor infinito de Dios podemos pensar en su encarnación. Así es solidario con el hombre, pues se hace uno más. Es nuestro hermano; por eso la fraternidad refleja la relación íntima de Cristo con cada persona. Es caridad, porque vino a regalar, a darse, a entregarse… a salvarnos.
Pero puede que haya filólogos o expertos en crucigramas leyendo esto… o matemáticos que quieran jugar a las ecuaciones: NAVI+DAR+y+DAD. El latín nos muestra que “nativitas” es nacimiento. La raíz de la palabra nos evoca la posibilidad de nacer… Y ya le preguntaron a Jesús: ¿Cómo se puede nacer de nuevo? ¿Volviendo al útero materno? La respuesta la sabemos. Pero el llamamiento, la provocación a nacer de nuevo… se mantiene intacta.
Y después “dar y dad”. Curioso… Ante lo que vivimos pareciera invitarme más a darme que a comprar, comer… Cuando hay tantos necesitados de recibir y de ser ayudados, el juego de palabras me lanza un guante: hay más alegría en dar que en recibir; mejor ayudad que otra cosa.
Alegría… Esa es en el fondo una aspiración silenciosa que todas las personas quieren vivir en esas fechas. Con ese ánimo se juntan las familias, que quizá no se ven en otras fechas (por vocación o por obligación); con esa intención se adornan las casas; con ese sueño se hacen regalos… ¿Y dónde queda la alegría por el nacimiento de Jesús? ¿Qué cambia en nuestras vidas ante el pasmoso acontecimiento? En estas fechas siempre recuerdo a un niño en mi parroquia que en esos días oraba “para que siempre fuera Navidad”.
Ahora lo entiendo. Quizá la Navidad que nos pretenden hacer vivir no la podamos mantener todos los días (no hay nómina que lo pueda sobrellevar todo el año). Pero vivir una Navidaridad… es posible. No es un sueño. Jesús lo espera. Los más necesitados de este mundo lo anhelan. ¿Y tú? ¿Quieres navidarizarte este año?

Una obra de envergadura
Por Fausto Martins, CSsR
 
El prestigioso moralista M. Vidal está encontrando en la jubilación el tiempo y sosiego necesarios para elaborar una obra largamente deseada: la historia de la Teología Moral. Los dos primeros tomos ya han visto la luz en la editorial Perpetuo Socorro. Y ya se está con la maquetación del tercero. Dada la importancia y envergadura de esta obra, lo entrevistamos para nuestros lectores.
–Marciano, ¿cuál es el plan de esta gran obra y el calendario previsto de publicación?
–La obra entera: Historia de la Teología Moral, está proyectada en seis tomos: I. Contexto grecorromano y raíces bíblicas (este tomo aparecerá en el último lugar). II. Cristianismo Antiguo (ss. I-VII) (ya apareció: 2010). III. Edad Media (ss. VIII-XIV) (ya apareció: 2011). IV. Edad Moderna (ss. XV-XVI). V. Del Casuismo a la Renovación (ss. XVII-XX). VI. Tratados y Temas. El tomo IV se desdobla en dos volúmenes: IV/1. Renacimiento y Reforma; IV/2. La moral en la primera evangelización de América. Uno de estos volúmenes ya está en proceso de impresión; el otro, D. m., irá a la imprenta en los próximos meses. Confío que los tres tomos restantes vayan apareciendo con un ritmo anual.
–¿Por qué no has comenzado publicando el I tomo?
–Por dos razones. Primera: el público no captaría que mi obra pretende ser una historia de la Teología Moral y el modo cómo concibo esa historia. Segunda: el lector, después de haberse encontrado con el devenir histórico de la moral cristiana, comprenderá mejor el significado que quiero darle al concepto “raíces” (bíblicas) y “contexto” (grecorromano).
–Vemos que una característica de esta obra es integrarla en el conjunto de la Historia de la Iglesia con sus corrientes de pensamiento y sus principales protagonistas. ¿Es así?
–Plenamente de acuerdo. Las manifestaciones del espíritu humano (ciencia, arte, literatura, religión…) han de ser estudiadas de forma integral y no como compartimentos estancos. Por eso he tratado de articular la moral en el conjunto de la historia del hecho cristiano y en relación con las otras manifestaciones del espíritu, sobre todo las literarias y artísticas. Siento no disponer de más espacio para extenderme en ese aspecto.
–En el tratamiento histórico de los primeros siglos sobresalen dos temas: la vida del clero y la presencia de la mujer. ¿Por qué estas preferencias?
–Tomé la decisión da dar importancia a la mujer para reparar el pecado de olvido en que ha caído la reflexión teológica con respecto a la condición femenina. En cuanto al clero, he querido señalar las luces, pero también las sombras, de una institución quizás excesivamente “idealizada” y “dogmatizada”. Pero hay otros sujetos que también se destacan: los que se encuadran en el monacato y en la vida ascética. Asimismo se da énfasis a los dirigentes políticos que influyen “desde fuera” (a Constantino se le llegó a llamar “obispo exterior”) en la comunidad cristiana.
–Varias veces te refieres a la belleza como una mediación que nos lleva a Dios. ¿Por qué este interés?
–Es cierto mi interés por la conexión entre belleza y camino cristiano de la espiritualidad y la moral. Los teólogos medievales decían que algunas dimensiones de la realidad (lo “bello”, lo “verdadero”, “lo bueno”, “lo uno”) se identificaban con el “ser” y están conexionadas entre sí. Es, pues, normal que se subraye la relación entre belleza (“lo bello”) y moral (“lo bueno”). La belleza es un buen camino (“via pulchritudinis”) hacia la bondad moral y la santidad religiosa.
–En tu trabajo histórico destacas a los principales protagonistas del pensamiento teológico-moral. ¿Aconsejas su estudio a los jóvenes de hoy?
–De la época patrística he resaltado las figuras de san Agustín y san Juan Crisóstomo. Acerca del primero, he reconocido que ha “marcado” –para bien y para mal– la moral católica, sobre todo por la recepción de su pensamiento en la Edad Media. San Juan Crisóstomo me ha interesado por razón de su periplo biográfico y por su deseo de hacer un cristianismo basado en los seglares (a san Alfonso Mª. de Liguori le agradaba especialmente este teólogo). Considero que la valía máxima de Tomás de Aquino reside en haber articulado la fe con la razón crítica (en aquella época, la razón aristotélica). En este aspecto no dejo de aconsejar a los jóvenes cristianos la lectura actualizada de santo Tomás.
–Una de las riquezas de esta obra es la bibliografía.
–Gracias por ese reconocimiento. Como digo en la Presentación, no lo he hecho por deslumbrar o por prurito academicista, sino como servicio a posibles investigaciones ulteriores de otras personas.
–Doy un giro en mis preguntas. Aunque ya esté un poco atrás, ¿qué sensación te quedado de la JMJ celebrada en Madrid?
–Nuestro filósofo Ortega y Gasset ya decía que nuestra cultura es una cultura juvenilizada. Ahora, y cada vez más en el futuro, la reflexión y la vida de la dimensión moral del cristianismo ha de contar con el factor “hermenéutico” y con el ámbito de “verificación” de la juventud.
En cuanto a la JMJ, reconozco los valores positivos: magnitud de la respuesta, carácter festivo de la proclamación de la fe, hondura en la vivencia religiosa, etc. Desde mis sensibilidades morales, eché de menos una manifestación más explícita de la dimensión de compromiso social de la fe cristiana. Me hubiera complacido ver una celebración religiosa de la reconciliación a escala universal: reconciliación de religiones, de culturas, de grupos humanos...
–¿Qué te parecieron los confesonarios instalados en el Retiro?
–En mis viajes por la Cristiandad de Europa, de América y también, pero menos, de África y de Asia, tengo, entre otros de mayor calado, un interés concreto: contemplar y valorar los modelos de los muebles que llamamos “confesonarios”, extendidos a partir del concilio de Trento. El “diseño” ofrecido en el Retiro de Madrid no me desagradó: por el color blanco, por la sugerencia de una “vela” para emprender una nueva navegación, etc. Naturalmente, en ese contexto no podía darse relieve a las exigencias pedidas por el Concilio Vaticano II para la celebración del sacramento, sobre todo la dimensión celebrativa comunitaria.
Agradecemos al profesor M. Vidal la atención que nos ha concedido. Aseguramos que esta obra constituye una gran aportación para la Moral. Y certificamos que es de fácil comprensión: asequible a cualquier persona interesada en este tema.

Invierno demográfico
Por Emilio José Prendes

La tasa de natalidad en España ha descendido por segundo año consecutivo; actualmente el número de nacimientos por cada mil habitantes es de 10,5. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), es la tasa más baja desde 2003, después de diez años de crecimiento.
La estadística del INE también refleja que el número medio de hijos por mujer disminuyó hasta 1,38 y que la edad media a la que las mujeres acceden a la maternidad experimentó una “suave tendencia creciente”, hasta los 31,2 años.
Un país sin hijos es, probablemente, un país sin futuro. Al menos es un país en el que cuesta mucho creer en el futuro. Tal parece ser el caso de España, que en los últimos seis años se ha convertido en el cuarto país del mundo con menos hijos: solo Macao, Bulgaria y Letonia tienen menos hijos por mujer. Probablemente esta falta de hijos –que no llega a reponer la población– habla de una realidad innombrable: la escasa esperanza de esta sociedad en el futuro. La baja natalidad, en cualquier caso, es un preocupante grito de alerta: algo no funciona correctamente entre nosotros. Pero ¿quién escucha esa alerta? Y sobre todo, ¿cómo se escucha?
Ayudar a la familia es el último grito en programas políticos. Gobierno y oposición se han apresurado, en las últimas semanas, a proponer posibles soluciones al monumental estrés de las familias, aprovechando la coyuntura de la reciente campaña electoral. Es como si, a unos y otros, les hubiera cogido por sorpresa una serie de datos que, desde hace mucho tiempo, conoce perfectamente la sociedad española. En el año 1950, las españolas tenían de media 3,8 hijos, y en 1970, cuando la política natalista del franquismo seguía en plena vigencia y no estaba permitida la divulgación de anticonceptivos, se bajó a una media de 2,8 hijos por mujer. Las parejas españolas llevan, pues, tiempo sin creer que “los hijos llegan con un pan debajo del brazo”, y el realismo se ha ido imponiendo; pero nunca se había llegado a constataciones tan duras como las de los últimos años. En estos asuntos hay que hablar claro: ¿Quién no piensa que los jóvenes españoles tienen miedo a tener hijos? ¿Quién se pregunta por qué?
La dura realidad
Las generaciones jóvenes observan, creo que con horror, lo que sucede, aquí y ahora, en tantas familias: incertidumbre laboral –hay en España más de un millón de familias con todos sus miembros en paro–, precariedad para pagar la vivienda, necesidad de dos sueldos en casa –tal vez por eso trabajan tantas mujeres en empleos imposibles y muchos o todos, en la economía sumergida o subterránea–, horarios irracionales y agotadores. Observan los jóvenes cómo criar un hijo es una competición: búsqueda de guarderías y ayudas en una etapa; en otra, remedios para el fracaso escolar o apoyos para la guerra de abrirse camino en la vida; luego, la preocupación del “botellón” y las drogas; finalmente, el vía crucis de los estudios y del trabajo. Todo eso aderezado con no pocas dosis de mal humor y de fatídicos descubrimientos como el desencuentro de los padres o que la vida no es lo que aseguran los anuncios de la televisión.
Pero hay otras preguntas no menos insidiosas. En una sociedad flexible y móvil, como exigencia laboral, ¿quién se mueve o se arriesga con hijos a cuestas? En una cultura cuyo proyecto único es ganar dinero y ser productivo, ¿no resulta que los hijos solo son un gasto, un retraso en la obligada competición?, ¿o es que hay que pensar en los hijos como en una inversión a largo plazo? En una época en la que todo se mide en términos económicos, ¿por qué habrían de librarse de eso los hijos? ¿No es económico el estímulo que los políticos están proponiendo a los padres a través de las subvenciones por hijo y otras fórmulas paternalistas que rozan la indignidad humana al fomentar este aspecto mercantilista de la fecundidad?
La protesta social que expresa la baja natalidad española no termina en estas preguntas; hay otras muchas que acaban apuntando las dificultades de fondo de que es síntoma la ausencia de hijos. Valdría la pena reflexionar sobre otros valores, la falta de respeto hacia todo lo que no es productivo –niños y viejos a la par– o sobre la ausencia de trabajos dignos que motiven de verdad a las personas y les devuelvan la dignidad de los seres humanos, sin egoísmo, con esfuerzo, responsabilidad y amor. Entonces las ganas de tener hijos florecerían.
Suicidio demográfico
Los españoles –esto es lo que muestra la baja natalidad– ya expresan su disconformidad: no creen, por ahora, en otro tipo de futuro posible. Y, de paso, al no tener hijos, lo que están anunciando, quizás, es la extinción de la especie que conocen y su entorno: lo que llamamos España y los españoles. Si fuera así estaríamos ante un fracaso colectivo mayúsculo.
Estamos yendo hacia un lento suicidio demográfico. Es urgente, por tanto, cambiar las condiciones socio-culturales y económicas para favorecer a las familias que quieren tener hijos, sin la intervención por parte del Estado que tendría consecuencias negativas.
La receta, por tanto, no puede ser la que nos ha llevado a un presente difícil: no es con más consumo y menos hijos con los que arreglaremos la economía, sino con una revisión radical de las prioridades y de los valores morales que florecen en nuestra sociedad.
Hemos de evitar una recesión demográfica no debida solo a razones económicas, sino vinculada sobre todo a una pobreza cultural y moral, que desde hace tiempo ha precedido al estado de innegable crisis que caracteriza la coyuntura presente.

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