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Diciembre de 2010
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Revista Icono, publicación religiosa, mariana y popular de la congregación redentorista de España

* Los artículos destacados en negrita
están accesibles on-line.

 

1  Saludo editorial

2  Buenas noticias

5  La mirilla de Icono

6  De la mano de María

     De visita con la Virgen
     Lo sencillo y esencial
     

12 Iglesia en camino

     Visita de Benedicto XVI
     ¿Pescar en la pecera?
     "No nos dejes caer..."
     
Mujeres en la vida de Jesús (II)
     Jornadas Mundiales de la Juventud

 

19 Tema del mes

     La Navidad

24 Familia Redentorista

     "Joe, vuestro hermano"
     Cástulo I el Conquistador
     Ucranianos en Barcelona
  

28 En directo: la Familia

    
Cuando madura el amor
     Opción por los hijos

34 Colaboraciones

     La Rosa Alpina de Navidad

     

 

 

     


 

La Navidad

Relato en tres actos


Por
José Ignacio Alemany Grau, Obispo


parete de la familia redentorista

  
  
   Navidad es salvación abundante. También actitud de acogida y meditación ante Dios que cumple sus promesas. Es expresión de la gran Alianza entre Dios y las personas: humanización de Dios para que nosotros crezcamos y nos divinicemos...

1. En Adviento la preparación

   -Todo está en su sitio, María. Vamos a descansar que mañana, con la aurora, saldrá la caravana hacia Belén.

   –¡Ay, José! Los gobernantes siempre nos traen imprevistos.
   
   –Sí, María. Cuando más necesitabas descansar porque viene el Niño, tenemos que salir para Belén. A fin de cuentas, tú y yo descendemos de David.

    –Por algo será.

   –Yo he aprendido que nunca podremos entender por qué hace Dios las cosas. Pero siempre terminamos diciendo que todo lo ha hecho bien.

    –José, ¿volveremos a Nazaret?

   –Supongo que sí, María. Aunque nuestro Dios es el Dios de las sorpresas.

   José se apoyó en el tosco cerrojo de la puerta. Entornó los ojos y, mirando al infinito, exclamó:

   –María, cuántos recuerdos en esta casita… Aquella noche yo no podía más. ¡No te imaginas…!

   –Sí me imagino, José, porque yo estaba igual. No en vano Dios nos hizo el uno para el otro y, además, ya nos habíamos desposado.

   –Así es… Cuando regresaste de la casa de tu prima Isabel yo veía y no entendía nada. La gente también hablaba. Decían que yo te había dado un niño. Y tú, María, ni una palabra… Y yo, ni una pregunta. ¡Era todo tan extraño! Los dos habíamos prometido a Dios vivir virginalmente… ¡Qué cosas inspira Dios! Por cierto que nunca me arrepentí ni me arrepentiré. Aquella noche intenté varias veces abrir este cerrojo y no me atreví. Como salen las burbujas de una olla hirviendo, bullían mis pensamientos quemándome el corazón: ¿La dejo? ¡Es tan maravillosa! ¡Pero está encinta… y conmigo nada…! ¿La repudiaré? ¡De ninguna manera! Nunca seré yo quien ponga una palabra de infamia sobre ella… Y seguían las preguntas dentro de mí: ¿Me voy? ¿Me quedo? ¿La dejo? Por fin me dije: al primer canto del gallo me iré a llorar un amor que no comprendí…

   –Sí, José. Pero cuando el ángel te dijo que era del Espíritu Santo lo que yo tenía, la vida que llevaba junto a mi corazón, viniste gritando hacia mí para abrazarme. Yo al principio no te entendía. Me asusté. No podía decir nada. Eran cosas de Dios. Cuando me dijiste que el mismo ángel que me habló, te dijo de qué se trataba y que nuestro Niño (¡también es tuyo! ¡Y es de todos!) era el Mesías de Dios, yo también sentí que la alegría y la paz me llegaban al corazón. Y comprendí que Dios tiene sus tiempos. ¡Cuánta paz hemos vivido desde entonces! Los dos esperando a un Niño, que es para todos, pero que nadie sabe que existe.

   El cansancio los hizo despedirse y dormir.

   Fue una noche larga para los dos, de muchas ilusiones, pero también de muchas incógnitas.

   José se levantó muy temprano y colocó las últimas cosas sobre la mula. Lo último fue su alforja. Y mientras despertaba a María, le dijo: “Será bueno llevar mis herramientas, que nunca faltará un trozo de madera para ganarnos un poco de pan”.

   El camino fue largo. Días de caravana y al mismo tiempo de profunda intimidad. José preocupado por María. María preocupada por Jesús que ya quería ver el sol. Y Dios Padre preocupado por los tres.

   No es extraño que los pintores se hayan esmerado en colocar montones de ángeles acompañando a José y María, camino de Belén.

   Cada año la Iglesia nos invita a preparar la llegada del Señor. Se trata de un Dios que ha venido por caminos insospechados, aunque siempre profetizados.

   Todos lo esperaban, pero ninguno se enteró cuando se realizaron las promesas más maravillosas de la historia de la salvación.

   En el camino de Dios siempre hay sorpresas. Nosotros ya sabemos que ha venido el Mesías. Sabemos que estamos redimidos y que la salvación es el regalo más grande que Dios nos ha hecho a cada uno de nosotros, a todos.

   Pero las sorpresas siempre estarán ahí. No como una amenaza, sino como una gozosa esperanza: “A la hora que menos penséis, vendré…”.

   Hay que prepararse y hay que preparar continuamente una nueva Navidad. Dios con nosotros y nosotros con Dios.

   Hoy, como en tiempos de la primera Navidad, la mayor parte de la gente no espera al Mesías. Se esperan luces, regalos, turrones… Se esperan unos días de descanso… Se espera el aguinaldo…, pero somos pocos los que, como tú y como yo, tenemos la gracia de saber el porqué de lo que hacen tantas personas.

   Que desde nuestro conocimiento podamos evangelizar a tantos hambrientos y sedientos de Dios que lo buscan sin saberlo y lo esperan sin esperarlo.


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2. En el momento culminante la Navidad

   El sol se está poniendo. Con los colores rojos de la tarde da la impresión de que está impaciente por algo. El sol se mete en la noche pensando: “Mañana veré un niño más, pero será muy distinto de cuantos he visto hasta ahora”.

   José ha terminado de barrer la cueva. En una pesebrera amontona la paja. Le caen lágrimas de cada ojo. María se ha dado cuenta, las recoge en su mano y besa dulcemente a José:

   –¡Qué importa, José! Aunque sólo lo veremos como hombre, es ciertamente Dios. Nosotros necesitamos muchas cosas, pero Dios no necesita nada.

   María pone los pañales junto a su corazón, mientras comenta:

   –Aquí puse yo mucho amor. Aquí va a posar Él su pequeña humanidad. Aquí va a encontrar mi corazón de Madre… y también el tuyo, José, porque hemos hablado, pensado y rezado mucho los dos juntos en estos meses.

   Pasó un tiempo largo de silencio.

   –Se va haciendo muy de noche, María. Aunque la posada estaba tan llena, yo pensé que podríamos pasar al menos una noche allí; pero enseguida comprendí que no era el lugar apropiado para que tú pudieras darnos al Niño que nos ha regalado el Espíritu Santo… ¿Cómo nos ibas a traer al Niño entre los burros del corral y los hombres y mujeres hacinados, gritando cada uno a su manera?

   –Tienes razón, José. Al fin y al cabo siempre tenemos que concluir que Dios se las arregla para que suceda lo mejor.

   –Duerme, María, que estás muy cansada.

   –Duerme tú también, José. La paz de la cueva y el cansancio nos acercarán a un nuevo día. Quizá esta noche nazca Jesús. 

    Se durmieron muy pronto. Cuando la noche llegó al silencio más profundo, María llamó a José con voz serena y emocionada:

   –José, ya.

   –¿Ya qué, María?

   –Aquí está nuestro Jesús. Lo mismo que entró en mí, sin romper mi virginidad, ha salido de mí, no sé cómo: ¡Mira!

   José besó al Niño, pensando:

   –Dios se ha hecho Niño. Para eso entró y salió del cuerpo de mi esposa, como el rayo de sol por el vidrio de mi vieja ventana de Nazaret. Ni lo rompió ni lo manchó: ¡Cosas de Dios!

   Había paz en la cueva. Pero de pronto se oyeron voces, cada vez más cercanas. Llegaron unos hombres sencillos, con olor a pastores. Al parecer, cada uno, de manera improvisada, se fue cargando… uno, una ovejita, otro un par de quesos, aquél traía un tarro de miel en el zurrón y otro un poco de leche de oveja recién ordeñada.

   No es fácil imaginar la algarabía que armaron porque todos, a la vez, querían contar:

   –Dormíamos unos y otros no, pero finalmente todos oímos los mismos cantos que, como entre luces, decían: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.

   Otro pastor refería que un ángel se salió del coro y se acercó donde estaban ellos para decirles: “Os anuncio una gran alegría; hoy os ha nacido el Salvador del mundo, el que hemos esperado durante siglos”.

   Y añadió otro:

   –Sí, y dijo que lo encontraríamos en esta cueva, sobre un pesebre y envuelto en pañales… Todo igualito a como está aquí.

   José moqueaba y María comenzó a repetir calladamente su Magníficat: “El Señor ha hecho cosas grandes”.


   ¿Qué importaba la pobreza y la soledad?

   Sí, era verdad lo más importante: Dios estaba en aquel pequeñuelo.

   Así lo afirmaban unos pastorcitos que no tenían ningún prejuicio.

   Es claro que, según la Escritura, de la boca de los humildes Dios saca la verdad y la alabanza.

   Ya ves cómo vivieron la Navidad María, José y los pastores.

   ¿Y tú?

   Recuerda que lo más importante de la Navidad está en el mensaje que los pastores transmitieron a María y José: “Hoy (un “hoy” bíblico siempre presente) en la localidad de… os ha nacido el Salvador”. Él ha nacido… por ti y para ti.

   Navidad evoca muchas cosas, pero la Navidad cristiana rememora sobre todo que Dios se ha hecho hombre para salvarnos.

   Creo que hoy, como siempre, a través de toda la historia de la salvación, María nos repite a ti y a mí: ¡Feliz Navidad! ¡Te lo di para que seas feliz!


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3. La Vida y la Verdad siguen su Camino

   Palmeras altas y solitarias. Debajo de una de ellas, una mesa tosca y algunas herramientas. A José le está naciendo un juego de cuatro sillas y una mesa.

   Se pasa la mano por la frente, para limpiarse el sudor, y se sienta junto a María mientras el Niño juega a cruzar dos maderitas en forma de cruz.

   Los pensamientos de José y de María se van a su tierra, ahora lejana. Como esta tarde, otras muchas veces lo han comentado:

   –¿Recuerdas, María? A los ocho días de nacer el Niño lo llevamos a circuncidar.

   –Sí, fue la primera sangre que derramó mi pequeño Jesús. La verdad es que me dio mucha pena, pero había que cumplir con la ley de Moisés, como siempre hemos hecho… Y le pusimos por nombre Jesús, como me dijo el ángel cuando me anunció la encarnación. No deja de ser interesante que también te dijera que tú le pusieras el nombre de Jesús.

   –Yo lo entiendo muy bien, María, porque normalmente es el padre quien pone el nombre. Pero en este caso yo no tuve nada que ver en la concepción de Jesús. Fueron cosas de Dios contigo.

   –Ciertamente, pero tú, José, fuiste designado por Dios para hacer de padre; por eso a ti también te dijo el ángel que le pusieras el nombre… Y a los cuarenta días nos fuimos al templo.

   –Fuimos porque según la ley de Moisés, tú debías purificarte y teníamos que presentar al Niño, como está mandado que se presente a todo primogénito.

   –Sí, José. Y ofrecimos el sacrificio de los pobres, porque no nos iba muy bien la economía.

   –Cuando vino aquel hombre anciano, al principio me pareció todo muy bonito. Todo eran alabanzas y alegrías. Y con Simeón apareció también la anciana Ana, más cargada de años todavía.

   –José, todavía se me encoge el corazón cuando recuerdo las palabras que me dijo el anciano, después de avisarnos de que Jesús sería signo de contradicción: que una espada de dolor atravesaría mi alma.

   –Yo también lo sentí mucho, María. Dios tiene sus designios. Él sabrá ayudarnos.

   José se levantó para continuar su tarea, cuando María le preguntó:

   –José, ¿y cuándo volveremos a nuestra tierra? Recuerdo mucho Nazaret con nuestra casita, la fuente en la mitad del pueblo, las luces del sol poniente y nuestra oración sencilla al atardecer.

   –También a mí me parece oír ahora mismo los salmos que rezábamos juntos… pero no sé cuándo podremos volver. Ya sabes lo que pasó cuando vinieron los Magos de Oriente a adorar al Niño. Como no sabían exactamente dónde iba a nacer, se fueron al palacio de Herodes para preguntarle. Dicen que Herodes, muy astutamente, les indicó que fueran a Belén a adorarlo y luego le dijeran dónde estaba el Niño, para ir él mismo en persona a presentar sus dones.

   –¡Qué horrible, José! Escapamos de noche porque un ángel te dijo que huyéramos a Egipto, ya que Herodes quería matar al Niño. ¡Cuánto sufrimiento y cuánto sobresalto! Y después cuánto dolor, al enterarnos de que los soldados habían matado a los niños menores de dos años. Era la venganza de un hombre que nos ha hecho mucho daño a los judíos.

   –Sí, María. Todo fue terrible. Pero mira cómo es la providencia: gracias a los ahorritos que nos dejaron aquellos Magos, hemos podido tener aquí una casita para cobijarnos y unas herramientas para ganarnos la vida.

   En aquel momento Jesús trayendo entre sus manos los palitos cruzados, vino hasta sus padres.

   –Yo también quiero ir a Nazaret. Me habéis contado cosas tan bonitas de allí. Seguro que también tendré amigos para jugar a hacer pajaritos.

   María le preguntó:

   –Jesús, ¿por qué te gusta cruzar los palitos de esa forma?

   –No sé, mamá, pero sueño que cuando sea grande…

   La mirada del pequeño penetró la historia y, sin saberlo, se vio en el calvario de la redención de todos.

   Luego prosiguió:

   –Mamá, creo que el sufrimiento hace mucho bien cuando es por amor. Cuando los papás sufren trabajando, como hace papá, tenemos comida. Pero hay otra comida más importante…

   Atardecía y el viento se serenó. Las palmeras parecían más altas, iluminadas por el rojo sol, que dejaba ver más allá de las pirámides de los faraones, un pequeño calvario con una cruz ensangrentada que adelantaba en Egipto la futura historia de la salvación humana que un día realizaría el pequeño Jesús.

 

 

 

Opción por los hijos

Por Pilar Hernán

Revita Icono, redentorista

    
    Eva y Emilio son matrimonio, con tres hijos. Pero hay algo peculiar en ellos, que les está enriqueciendo de un modo especial: su opción radical por los hijos. “Y eso, ¿qué tiene de especial?” –os preguntaréis. Es lo que vamos a ver.

   –Eva, ¿cómo empezó vuestra relación?

   –Nos conocimos en Barcelona, en un encuentro de Taizé. Emilio venía de Zaragoza;  yo de Madrid. Tenía 18 años y él 24. Nos escribimos y llamamos por teléfono durante un año. Él entonces era diácono; pertenecía a los Pasionistas de Zaragoza. Yo estudiaba 1º de Derecho. Quedamos en vernos el verano siguiente en un encuentro diocesano de jóvenes que se celebraba en Silos. Seguimos llamándonos y carteándonos un año más. Aquel verano Emilio decidió no ordenarse, abandonó la Congregación y se vino a vivir a Madrid. Así empezó nuestra relación. Nos casamos en 1991.

   –¿Y vuestros contactos con la parroquia del Perpetuo Socorro de Madrid?

   Emilio empezó a trabajar en Madrid dando clase en dos institutos: uno estaba en la calle santa Engracia (al lado de la parroquia); el otro en Pozuelo de Alarcón, muy cerca de la capital. Se acercó a la parroquia y allí le hablaron del grupo de jóvenes, donde enseguida nos sentimos integrados. Nos gustó mucho porque había gran actividad. Existía una conciencia importante de compromiso social. Colaborábamos en las acciones que se decidían en el grupo. Resalto dos actividades que nos marcaron especialmente: se alquiló un piso por los alrededores para acoger a personas sin hogar y potenciar su reintegración a la sociedad con una vida independiente: en él vivían también jóvenes del grupo para acompañar y ayudar a esas personas. La otra actividad fue traer niños enfermos de Afganistán: nosotros colaborábamos visitándolos en el hospital y sacándolos los fines de semana; cuando ya estaban curados, volvían a su país. 

   –¿Y con respecto a vuestra vida familiar?

   –Al principio no queríamos tener hijos, porque yo no tenía trabajo y quería finalizar los estudios de  postgrado. Vivimos unos años sin niños. Cuando llegó el momento de tenerlos, vimos que teníamos dificultades. Tras dos abortos y un parto prematuro decidimos adoptar. Iniciamos los trámites de adopción y, entretanto (se tarda bastante), tuvimos a nuestra primera hija por la vía natural, Laura. Continuamos con los trámites y por esa vía de adopción tuvimos a nuestro segundo hijo, Daniel. Queríamos tener más hijos, pero continuaron los abortos. Tras uno de ellos, el mismo día que me incorporé de nuevo al despacho, me enteré que otra pareja que conocíamos a través de los redentoristas había acogido a una niña. Ese mismo día le pregunté a Emilio que si lo intentábamos por esa nueva vía: el acogimiento. Me dijo que sí; llamé un 11 de mayo (me acuerdo perfectamente) y el 7 de noviembre de ese mismo año, pudimos acoger a nuestro tercer hijo, Sergio.

   –¿Nos podéis explicar las diferencias entre adopción y acogida?

   –Es muy fácil. Con la adopción se elimina el vínculo jurídico con la familia biológica a todos los efectos (sin perjuicio del derecho del hijo a buscar a su familia biológica, si lo desea, cuando cumpla los 18 años). En el acogimiento, el vínculo jurídico se mantiene intacto: a los padres de acogida se les otorga la tutela y a la familia biológica se le reconoce el derecho a visitar a los menores en un centro determinado y en el horario señalado por los servicios sociales, y a reclamar la tutela de sus hijos, la cual sólo se les concederá si acreditan capacidad y voluntad para cuidarlos. Han transcurrido cuatro años desde que acogimos a Sergio. Ahora, desde hace un mes, tenemos el auto de adopción: su familia biológica no ha dado señales de vida.

Icono, editorial PS

  
 –Emilio, ¿cómo es vuestro día a día?

   –No es fácil armonizar trabajo y familia. Hubo años difíciles, porque Eva es magistrada; estuvo varios años destinada en Tomelloso y, claro, se llevó a los niños. Yo seguía viviendo y trabajando en Madrid. Sólo nos veíamos los fines de semana. Ahora estamos mejor, porque ya estamos todos juntos. En cuanto a nuestra actividad eclesial, estamos integrados en la parroquia del Perpetuo Socorro de Madrid, en un grupo de parejas desde el que facilitamos la participación de los niños en la vida parroquial y en las celebraciones religiosas. Tenemos en total 17 niños en el grupo, con edades entre 2 y 9 años. Nos reunimos cada 2 semanas. El objetivo del grupo es la reflexión-formación, aunque intentamos llegar a más. A las reuniones, normalmente, no vienen los niños, si bien programamos algunas actividades para estar con ellos, dado que son nuestra realidad. Ellos se conocen y les gusta estar juntos.

   –Tú, Emilio, eres profesor de religión en un instituto público. ¿Cómo ves a los jóvenes actuales?

   –En los 23 años que llevo dando clase he visto cómo Jesús de Nazaret ha dejado de ser un modelo para las nuevas generaciones. Ahora es más complicado explicar el mensaje evangélico, porque ya no atrae. Los modelos sociales que hoy tenemos resultan más atractivos. En nuestra sociedad, por ejemplo, el esfuerzo y el sacrificio no están valorados. Vivimos en el mundo de la inmediatez. Predomina el placer inmediato antes que la familia, la solidaridad o los planes a largo plazo. Los jóvenes son solidarios, sí, pero en momentos puntuales; su compromiso no es duradero, les puede más el hedonismo. Aprovecho en clase los momentos de sensibilidad hacia los problemas sociales para tirar de ellos desde ahí. Cuando me toca presentar temas como el sí a la vida o la renuncia a uno mismo para que otros vivan más dignamente (sociedad más igualitaria a nivel mundial), tengo que enfrentarme a la dificultad de que a ellos no les gusta, no lo aceptan. Y no digamos los temas de dogmática o sacramentos…

   –¿Y cómo se siente un profesor de religión católica en un instituto público aconfesional?

   –Pues muy bien. Cuando intentas ser un buen compañero y cumplir con tu obligación, te respetan. Si, además, estás dispuesto a colaborar en cosas que no te atañen directamente, pues mucho mejor. No hay signos religiosos en los institutos; no son necesarios para transmitir los valores religiosos. He experimentado también que el trato con estudiantes de otras religiones es muy positivo, incluso tienen curiosidad por saber cosas de nuestra religión. Es peor tratar con estudiantes que no tienen ningún interés religioso ni espiritual.

   Hablamos de muchas otras cosas, pero hemos agotado el espacio que nos asignan... No obstante, deseo cerrar la entrevista con unas palabras de Emilio y Eva: “Ha habido gente que comenta: ‘¡Qué merito tenéis, qué suerte tienen estos niños!’. Nosotros también pensamos: ‘¡Qué suerte hemos tenido nosotros!’”.