Ha pasado el día de Año Nuevo: Las Fiestas Navideñas están para finalizar. Para algunos, llenas de encanto, de lujo, de comida y bebida en abundancia. Para otros se terminó el agobio. Todos han regresado a sus casas, una vez hecha la visita de rigor a padres, hermanos, familiares mayores, amigos...

Las pequeñas vacaciones de estas fiestas, en las que todo el mundo o la mayoría busca disfrutar de la nieve, del campo, de las playas lejanas o de los viajes... tocan ya a su fin. Una ocasión más invertida en un ocio aprovechado o, tal vez, en un tiempo gastado a la ligera, despilfarrado.

Posiblemente durante la Navidad nos hemos sentido solidarios con algunas personas. Hemos entregado cosas o dinero en alguna campaña... Todo muy bonito, muy luminoso, muy cercano.

 Y ahora, ¿qué? Terminado todo esto y volviendo a la realidad de la vida ordinaria, aunque con los bolsillos muy vacíos, ¿qué hacemos con los transeúntes sin hogar, con los sin papeles y con los mendigos que nos seguimos encontrando en las aceras, en los bancos de la ciudad o en las puertas de las iglesias? ¿Cómo afrontamos lo cotidiano de todas estas personas que siguen sin techo, durmiendo en la calle, entre cartones, aseándose en las fuentes públicas, comiendo lo que pueden o lo que les dan? Seguimos pasando de largo delante de ellas, y es como si no hubiera existido la Navidad, como si Jesús no se hubiera quedado con nosotros, como si de repente no le conociéramos. Sin embargo, Él nos dijo: “Da de comer al hambriento, viste al desnudo, alivia al enfermo, al que sufre malos tratos llévalo a una pensión y sufraga sus gastos hasta que se recupere”. También nos dijo: “Restablece lo que has robado, no seas tirano, paga el salario justo a tus empleados”.

 

Responsabilidad de la Administración

 

¿Es éste un problema que compete preferentemente a las Administraciones públicas? Cáritas denuncia que éstas se están desentendiendo de este colectivo. El gasto público en centros de acogida ha descendido un 4,5% en los últimos cinco años. En el mismo periodo, el número de indigentes atendidos en albergues públicos ha disminuido un 40%.

Se calcula que unos 20.000 “sin techo” pasan la noche a la intemperie por falta de plazas en albergues y centros de acogida. Dura prueba en invierno para la supervivencia de estas personas en el llamado Estado del Bienestar y en un mundo industrializado, pero con grietas de insolidaridad.

Cáritas y otras instituciones religiosas están respondiendo a este problema gestionando el 65% de los centros que acogen a personas sin hogar. Y critican la práctica que vienen teniendo las Administraciones públicas en los últimos años: “Están abandonando la gestión de estos albergues y centros de acogida y los están pasando a instituciones privadas, en lugar de dar solución a un problema que debería ser netamente público”.

Un déficit de muchos centros de acogida es que, si bien ofrecen cama, comedor, ducha y ropero, no cuentan con talleres ocupacionales ni con gabinetes de atención psicológica. ¿Es mucho pedir? Si se quiere ser operativo con estas personas, hay que dotar a estos centros de los medios adecuados para la superación de los problemas y la integración de los que acogen.

 

Nosotros y la cruda realidad

Muchos de los sin techo, de los emigrantes sin papeles, de los que huyen de la miseria infame, de los que exponen su vida a través del estrecho (sabemos que algunos no lo logran...)... siguen sin encontrar solución a sus problemas. ¿Pasamos de largo y seguimos dejándolos tirados en el camino? ¿Habrá que esperar a otra Navidad? ¿Para qué? Todo seguirá igual. Tal vez nos falte coraje y desprendimiento. No podemos ponernos a la altura del pobre porque nos da miedo el no “tener”.

Todo este colectivo sin hogar, sin un lugar donde refugiarse, sigue ahí desafiando nuestra comodidad y la utilización que hacemos de los bienes. Es cierto que hay picaresca y que las situaciones muchas veces no son ni blancas ni negras, sino grises. Pero la paradoja absurda es una evidencia: Mientras unos tienen y les sobra, a otros no les llega...

Me siento solidaria con los sin techo, me duelen los mendigos. Entiendo y sé lo que es la pobreza, me aflige y me molesta la indiferencia que mostramos ante estas realidades personales que son la vergüenza del mundo. Hay demasiada pobreza y miseria y qué poco hacemos para remediarlas.

Ojalá estuviéramos todos dispuestos a dar algo más de lo mucho que tenemos. Es verdad que no arreglaríamos el mundo completamente, pero sí ayudaríamos a remediar el dolor y la miseria para que todos se acerquen a tener lo necesario, que para nosotros es tan normal y está tan asegurado.

En los sin techo, en los pobres, en los mendigos, en los transeúntes no hay diferencia de razas porque existen en todo el mundo; así que nuestra labor solidaria es universal. Da igual blanco que negro, amarillo que cobrizo, mestizo o mulato... Jesús vino para todos y nos trazó el mismo camino.

Acerquémonos sin miedo a quienes de verdad necesitan de nosotros y pongamos todo nuestro empeño y saber en ayudar a quienes tienen el cielo por techo

                                                                         M. J.