Los informes que reflejan situaciones humanas no nos suelen dejar fríos e indiferentes. Hacen vibrar las fibras del corazón. Hace poco he tenido la oportunidad de leer dos informes cuyos datos me han helado la sangre. Uno proviene de Unicef, organismo de las Naciones Unidas para la infancia. El autor del otro es un grupo latinoamericano. Ambos ponen al descubierto una realidad oscura de dimensiones alarmantes, muy por encima de lo que yo podía sospechar: La existencia de millones de niños no está documentada en ningún registro; en los papeles oficiales no han nacido.

Datos de escalofrío

Según el informe de Unicef, en el año 2000, cincuenta millones de los niños nacidos ese año no fueron inscritos en los registros de nacimientos. Los porcentajes de semejante “olvido” varían sensiblemente según los países. Por áreas geográficas, la palma en esta triste clasificación se la lleva el África subsahariana: más del 70% de los nacidos en el año 2000 no fueron anotados en los registros correspondientes. En este preocupante ranking le sigue el Asia meridional con el 63% de “olvidados” ese mismo año. Si nos fijamos en el total de niños actualmente indocumentados, el Asia meridional ocupa el primer puesto en números absolutos, con cerca de veintidós millones y medio. A bastante distancia viene el medio Oriente. De los aproximadamente tres millones de nacidos el año 2000, casi el 33% aparecen ignorados. Una cuarta área del mundo, el Asia oriental y del área del Pacífico, nos ofrece porcentajes llamativos, aunque más bajos: alrededor del 22%.

 
   

En América Latina y en el Caribe las cifras son afortunadamente muy inferiores, pero nos obligan a pensar y actuar. En esta zona del mundo, más de un millón de nacidos deja de ser registrado anualmente. Las cifras sufren variaciones importantes de un país a otro. Llama la atención que en una nación tan adelantada como Argentina, en la última parte de la pasada década de los ochenta, la existencia de aproximadamente 13.000 niños no era registrada anualmente. La situación es radicalmente distinta de la de Ecuador, donde en la última década de los noventa, el 50% de los nacidos no era inscrito en los registros al año de su nacimiento. En Nicaragua la cifra de nacidos anotados oficialmente al año no llega al 40%. En Perú esta cifra gira en torno al 15%. En El Salvador, limitándonos al año 2000, de los 168.000 venidos al mundo, casi el 10% no constaba en los registros. Respecto a Brasil, se calcula que unos 25 millones de personas carecen de certificado de nacimiento. Los datos sobre México y referidos a 1998 nos hablan de cinco millones de indocumentados. En Venezuela unos 500.000 niños y adolescentes que corren por las calles, no han nacido en los registros. Y de los 800.000 bolivianos sin papeles, los niños son el 70%.

Aunque en todos los países existe algún número de indocumentados, la mayor parte de ellos se concentra en países menos desarrollados. Ello indica que esta situación lamentable tiene mucho que ver con la pobreza –de las personas y de los Estados– y con el bajo nivel cultural: de hecho, muchos son analfabetos. En la categoría de personas “olvidadas” se encuentran, sobre todo, niñas y mujeres, lo cual es una manifestación más de un machismo muy extendido. El número de casos es notablemente más elevado en las comunidades rurales, especialmente en áreas geográficamente más remotas por la distancia o por la escasez de comunicaciones.

Vivo sin papeles, medio muerto social

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, no han existido papeles de identificación personal. Por otro lado, tampoco eran necesarios ni grande su utilidad. Las relaciones sociales se desarrollaban en un marco inmediato donde todos se conocían: familia, pueblo, clan, etc.

En nuestra sociedad, a pesar de su creciente complejidad, prevalecen los momentos, situaciones y áreas en que nadie nos pide identificarnos a base de documentos fidedignos. En las relaciones sociales ordinarias, y no digamos en las familiares, tales papeles son superfluos.

Reconocido todo lo anterior, no hay duda de que a medida que nuestra sociedad se ha ido haciendo más compleja, los documentos de identidad personal son necesarios con mayor frecuencia, incluso indispensables en muchos casos. No basta ver a la persona, escuchar su testimonio, hablar con ella. Debe, además, garantizar su identidad con un papel auténtico si quiere que muchas puertas no se le cierren.

Esto sucede en las frecuentes relaciones con el Estado y sus Administraciones a diversos niveles, en el marco laboral, en el terreno de los negocios y en numerosos contactos con terceros. Sin identificación no se pueden obtener pasaportes o visados, ni viajar a otros países como turista o buscando mejores horizontes para uno mismo y la propia familia. Sin papeles se borran muchos caminos en la vida: trabajo legal por cuenta de otros, solicitar una beca de estudios, tener un crédito de un banco, votar, obtener el permiso de conducir, presentarse a un examen… Sin papeles los cuidados médicos y las posibilidades educativas encuentran muchas dificultades. Al indocumentado le crecen los riesgos y las amenazas de marginación, discriminación, explotación, abusos y malos tratos. La policía puede pedirte en cualquier momento el carné de identidad, con resultados poco gratos, caso de no tenerlo.

Con este horizonte ante la vista, los informes citados al principio insisten para todos, en particular para los niños, en el derecho al nombre y a la identidad personal como un derecho fundamental. Él “permite a la persona, en especial al niño, el reconocimiento legal de su existencia, tutela su pertenencia a una familia, a una comunidad, a una nación; otorga al individuo un puesto en la sociedad; abre la puerta a los demás derechos fundamentales; ofrece la protección permanente de las Instituciones contra la discriminación y el abandono; garantiza el derecho a desempeñar un rol en la vida social y política del país al que pertenece”.

La universalización del derecho al nombre y a la identidad es una meta alcanzable en todos los Estados, a pesar de las innegables dificultades para conseguirla. Se ha de vencer la pasividad y la falta de consciencia en amplios sectores de los países en que todavía son numerosos los sin papeles. Un paso básico es la creación de una red suficiente de registros. Ésta y otras medidas no tendrán gran eficacia si al mismo tiempo no se lucha contra las causas de naturaleza económica y política que obstaculizan el desarrollo de un país. Que ningún niño carezca de documento de identificación personal es un objetivo que merece todos los esfuerzos. Este paso ha de tener su continuidad en otros muchos, algunos de ellos también en el terreno de otros papeles. En este mundo, cada uno no es sólo uno mismo, sino también sus papeles.

F. Javier Elizari