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La dama de hierro |
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Les presento a Wilson, ¡ahí es nada! Lo conocí en el mercado de los domingos, cuando viene la fruta de la selva y se vende el café y los terneros de la montaña andina. Más bien fue él el que me reconoció. Se alegró sobremanera y me abrazó. Yo me separé pronto, para que no me dejara los mocos o las garrapatas. Estaba vendiendo papel higiénico, con su hermana y su abuela, la vieja y la niña de la foto. Ése es su trabajo. Echan agua en los sanitarios del mercado y venden papel higiénico, lo justito. Yo creo que con un metro de papel tienen para diez personas, y sin exagerar. Por un sol te dejan usar los poco recomendables baños. Allí, sobre la mesa, tienen el rollo y el plato de comida. ¡Uf! Menos mal que no me invitan. Y es la abuela la que narra la historia de Wilson: –No tiene libro, ni lápiz, ni cuaderno. Pero tiene su fichita que le da su maestra de él. Lo que sí tiene es porquería encima. Le tomo una foto en otra parte del mercado, con la finalidad de que la abuela le permita hablar. Lo hace con frases cortas y rápidas: –Este año ya entré a estudiar. Me gusta estudiar y dibujar. He dibujado un pato con plumas. Me gusta estar con mi mami. Ayudo mucho a mi mami. Mi mami no tiene dientes, pero nos gana a comer... Cuando pregunto por su papá, se desconcierta, se pone nervioso y no acierta a responder. Lo hace la abuela, que maneja a los nietos con mano de acero y amor de madre, a la vez: –Su papá de él tiene otra familia y no nos ayuda. Pero sí habla de su mamá, la que es, pero no ejerce. También se fue a trabajar a la mina de zinc y ya tiene otra familia. Hace de madre una vez al mes. Por eso, a la abuela le llama mami: –Mi mamá está en Yambrasbamba. Trabaja en su trabajo de ella, en una mina. Y viene al mes y le compra a mi mami su arrocito de ella y se va, porque trabaja en una mina. Me deja boquiabierto cuando dice que no echa de menos a su madre. Y lo mismo le sucede a la hermanita de tres años. Me la presenta para que le dé un caramelo. Me dice que no llora por la mamá, pero que como “es tiernita”, aún no va a la guardería. La hermanita es esquiva y sólo va detrás de mí para conseguir el chupachús, que allí dicen chupete: –¡Dame chupete, dame chupete...! –¡Que no tengo chupete, cansina! –contesto para quitármela de encima. Y por fin le toca el turno a la abuela, la dama de hierro. Tiene un raspe de cuidado y da órdenes a los nietos como un sargento. Sin embargo, debe ser todo amor, porque los nietos no se separan ni a sol ni asombra de ella. Hace milagros para alimentarlos, porque lo demás deja mucho que desear. Higiene y todo eso es mucho para ella. Dejemos que hable, que es lo suyo: –Mi hija, su mama de mis nietos, se fue a trabajar a la mina y ya tiene otros hijos. Viene una vez al mes y nos compra víveres. Yo me encuentro sola, porque mis cuatro hijos viven en Lima y ya no me miran. Son bien ingratos. Ahí tengo una casita con una salita. Ahí cocinamos y dormimos. Pero no hay baño, no hay. Y no tenemos luz, pero sí cordón. Es más barata una vela. Yo no tengo radio. Usted sí tiene radio, ¿diga?
Efectivamente, lo que dice es verdad. Y se queda corta. Las paredes son un plástico azul. Su asiento, un banquito. Hay un solo camastro. El grifo está en la calle. Y media docena de patos duermen en el interior de la casita, para que no los roben. Aparece de pronto un señor mal encarado, al que le falta un brazo. Ella me aclara que es su marido, que le da pena botarlo fuera, que pide limosna y que no viven juntos: “Me he separado de cuerpo”. Y por fin termina contándome lo del mercado de los domingos: –Damos el papel y echamos agua al baño. La mitad es para el consejo y la otra mitad para mí. No es mucho, ¿diga? Pero con eso nos alcanza. Compro mis papitas y mis frijolitos y su cuaderno de ellos para el colegio. Y así pasamos los tres. Pero falta otro, “el pitirolo”, el hermano mayor de Wilson y Karely, que el año pasado conocí. Tenía cara de pillo, fíjense en la foto; era monaguillo y estaba igual de sucio que sus hermanos. Me lo aclara: –Él se fue con su papá de él. Tiene nueve años; estudia y trabaja limpiando carros y gana su platita de él... Corto por lo sano. Ya estoy cansado de penas. Le pregunto, camino de la iglesia, porque no falta nunca, que si necesita algo. Y antes de que pueda responder, como yo ya me sabía la historia que les acabo de contar, le doy un sobre, con la promesa de que lo va a emplear exclusivamente en el estudio de su nieto. –Nada. No necesito nada. Pero si tiene su voluntad, lo ahorro para cuando lo necesite. Son sus voluntades que usted tiene. Como dicen en Amazonas, el Señor me lo bendiga grandemente. Arsenio Díez
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