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Crónicas de antaño y de ogaño |
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Empiezo citando un texto de Pablo: “Hermanos: gracias a Dios no bauticé más que a Crispo y Cayo; así que nadie diga que fue bautizado invocando mi nombre… Porque Cristo no me mandó a bautizar, sino a anunciar la Buena Noticia” (1 Co 1,14-15.17). Entre los misioneros de antaño encontramos nombres ilustres en los escritos de los primeros croniqueros, que escribieron la historia de la evangelización de Venezuela: Miguel Diosdado, Domingo de Vera, Antonio Maqueda (franciscanos); fray Francisco de Pamplona, Lorenzo de Magallón (capuchinos); Cristóbal Suárez (dominico) y otros muchos. Estos evangelizadores pioneros se repartieron su tiempo y sus fuerzas entre evangelizar y bautizar. Lo cierto es que, desde el Mar Caribe a los Andes, recorrieron estas tierras, predicando sermones, dando catequesis, bautizando indios. Algún docto recuerda que el sistema catequético utilizado por los misioneros dominicos en los Andes fue nada menos que el de catequizandis rudibus (para catequizar a los iletrados) de san Agustín. Los
misioneros de ogaño aún estamos recogiendo frutos de aquella siembra. Pero
de antaño a ogaño ha llovido mucho y se han hecho otras siembras. Yo, que
como Pablo, soy más dado a evangelizar que a bautizar y me gusta más la
tarea de sembrar que la de recoger, estoy viviendo este último tramo de vida
misionera dedicado en buena parte a la tarea de bautizar. En mis andanzas misioneras por los mundos de Dios, vine a parar a una parroquia de Caracas, en la cual la evangelización sedentaria se ha impuesto sobre la itinerancia. Y el bautizar le ha ganado la partida a “anunciar la Buena Noticia donde todavía no se ha anunciado a Cristo” (Rm 15,20). Cuando escribo estas líneas estamos en fechas próximas a Navidad. En la tradición popular de estas gentes son fechas de bautizos. Cuando les hable de números, en estos tiempos en los que el laicismo es la “religión” de moda, y cuanto más laico más santo, a más de uno le vendrá a la mente aquello que nos contaban de niños sobre san Francisco Javier: se le cansaban los brazos de tanto bautizar.
Aunque la cosa no sea para tanto, seguro que alguna diócesis de España no alcanza los 871 bautizos que se han realizado en esta parroquia, solamente en el último mes de diciembre. De ellos, 281 se realizaron en un solo fin de semana. Para nosotros las cosas fueron más fáciles que para los misioneros de antaño. No salimos por llanuras y trochas en busca de la gente como ellos, unas veces a pie y otras a lomos de mulos, caballos o vacas, que de todo narran las crónicas. Padres y padrinos vienen la víspera a la catequesis de preparación. En el fin de semana de más concurrencia, se realizaron dos sesiones en la cripta del templo, que cuenta con 500 plazas para personas sentadas. Los más rezagados se quedaron de pie. Al día siguiente, que era sábado, de los cerros y barrios ubicados al oeste de Caracas bajaron carretadas de gente en viejos Jeeps Toyota, apretados como sardinas en lata. La víspera se les había indicado que haríamos cinco grupos. A la una de la tarde empezamos con el primer grupo. Los demás fueron llegando de forma escalonada. No contamos el número de personas que pasó por el templo esa tarde, pero fueron muchas. Para
agilizar la celebración, se prepararon cuatro pilas bautismales. Y cuatro
fueron los ministros que “concelebraron”, participando activamente en cada
uno de los ritos de la celebración del sacramento. El bautizo es una fiesta. Primero en el templo, adonde acuden familiares y amigos luciendo sus mejores galas. Después, en el restaurante o en la casa, donde el alcohol es un invitado obligado de la fiesta; especialmente en estos días, en que los obreros han recibido de las empresas una paga extraordinaria llamada “aguinaldos”. Ante este fenómeno socio-religioso, seguro que más de uno se hace unas cuantas preguntas. Yo también me las hago. Seguro que tiene pocas respuestas. Pues yo no sé si tengo alguna. Ésta es una estampa típica de la llamada “religiosidad popular”, con sus luces y sus sombras. Según los ojos con que se mire, las sombras serán más que las luces o viceversa. Es difícil sustraer un rito religioso como el bautismo, donde se maneja el agua, las unciones, al mundo de la magia o de las creencias ancestrales. En algunos casos, si se pregunta por qué decidieron bautizar al niño, no es raro escuchar razones tan peregrinas como ésta: “El niño se ha vuelto muy inquieto. No hay quien pueda con él. Hay que ‘ponerle el agua’”. Lo más sorprendente es cuando te llegan y te dicen: “Tenemos en la funeraria un familiar, que ha muerto sin bautizar. Venga a bautizarlo”. Lo más frecuente es que se trate de niños. Pero puede ser muy bien un joven o un adulto. Tienen el temor de que no encuentre descanso en el más allá por no estar bautizado. Aunque “Dios no me mandó a bautizar”, aquí estoy bautizando y atendiendo a estas buenas gentes, que son un campo bien abonado para la evangelización. Antonio Danoz
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