| VIVIR EL EVANGELIO | |||
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Aquí, en Caracas, me ha tocado vivir entre los “amigos de Jesús” en un barrio marginal. No hace falta explicar que los “amigos de Jesús” son los pobres. Por ellos vivió y se desvivió, murió y se desmurió. Porque los pobres fueron los que se llevaron el mayor alegrón cuando cundió la noticia: “¡No está aquí, ha resucitado!”. Esto no impide que haya algunos otros por ahí que intentan parecérseles. Vivir entre estos amigos de Jesús es la mejor aula de teología que me he encontrado en mi rodar por el mundo. Había encontrado otra en África, pero ya pertenece al pasado. Por descontado que esta aula cuenta con los mejores profesores. Él era uno de ellos; se mezclaba con ellos; tomaba partido por ellos y los defendía. La clase es al aire libre o en una chabola de hojalata; a veces en una sencilla vivienda de ladrillo o de bloques de cemento. Los teólogos son personas acostumbradas a vivir al filo de lo imposible. Ellos te enseñan a apearte del burro, de las teofilosofías. Te devuelven a la calle, a la gente, a las preocupaciones más elementales, como buscarse el pan para hoy a fin de alimentar a una cuadrilla de bocas. La gente vaga de un lado para otro; no digo “como ovejas sin pastor”, porque eso del “pastoreo” parece fuera de lugar. Aquí no hay un palmo de tierra donde plantar una berza. Lo que cuenta es el compañero, el “pana”, el que hace cincuenta o cien escalones contigo para ir a buscar agua, que con frecuencia falta en el barrio. Aquí se aprende a leer el Evangelio, que se vuelve tan real como la vida misma. Es bueno que los sabios investiguen para conocer mejor a este “hombre”, en el cual Dios “anduvo entre los hombres”.
Hace unos días, leía la declaración de un sabio y sesudo teólogo: “Lo mejor que tiene la Iglesia es Jesús”. Faltaba más. Si no fuera así, no estaríamos aquí. Lo malo es que no son demasiados, creo yo, los que andan por los caminos con la conciencia limpia, con el alma a flor de piel, con el corazón en la mano para regalarlo al primer mendigo de amor, sin esperar un “Dios se lo pague”. Bien pagado voy con regalárselo. Como doctos fariseos, andamos enredados en legalismos, teorías, códigos, formalismos… mientras el “pobre Lázaro”, y son legión, sigue a nuestra puerta con más heridas que remedios: sida, xenofobia, hambre, explotación, sin sitio en la sociedad. Jesús no empleó el tiempo en hacer teología. Se dedicó a construir felicidad. Lo consigna Mateo en la primera declaración de intenciones que pone en boca de Jesús. Seguro, que antes de contarlo lo hizo: fue feliz. Después lo explicó a la gente en una conversación entre amigos. A mí me gusta mucho la historia aquella, que cuenta Lucas, del señor que fue apaleado por unos bandidos (póngales usted nombre). Llegan el clérigo y el levita, gentes doctas en teologías y en ritos… miran y vuelven la cara para otra parte. Mancharse las manos con la sangre del herido los incapacitaba para cumplir su oficio. Llega otro señor, que lleva sobre la espalda un nombre maldito: “samaritano”. Se acerca, se hace cargo de la situación, lo atiende con su botiquín de primeros auxilios: vino y aceite, se lo cargó sobre los hombros y después sobre el asno. Lo lleva al puesto de urgencias, paga la factura, deja la tarjeta de crédito por si el pago no era suficiente. Quizá por modestia, o por aquello de “haz el bien y no mires a quién”, se fue sin identificarse. Seguro que el protagonista de la historia es el mismo autor del cuento. Ha dejado las huellas dactilares, el ADN, y todas las señales. Difícil camuflarse. De estas historias les podía contar alguna. No aconteció bajando a Jericó, sino bajando por unas escaleras interminables con algunos escalones rotos.
Me gusta también aquella otra historia de una mujer que irrumpe de repente en un banquete: se salta el protocolo y se pone a besar los pies a Jesús como una loca enamorada. El amo de la fiesta, ferviente observante de leyes y protocolos, se escandaliza. Era un fariseo. El invitado, que era Jesús, sólo tuvo cuatro palabras: “Has amado; vete en paz”. Y punto. (¡Ah, la mujer en cuestión era una prostituta!). Éste es el Jesús que a mí me gusta. Y a la gente también. Él se va a visitar a la gente por el barrio, redivivo, encarnado, subiendo y bajando escaleras. A la gente no le gustan los doblajes. Sólo se queda con el auténtico; con los que llevan la contraseña de identidad infalsificable. La gente tiene buen olfato para percibir a aquellos que huelen a Cristo, como dice Pablo, más que a cera. Que Dios les guarde el buen olfato y se lo bendiga. Sólo les pido que sigan dando sus clases doctorales desde las escaleras, porque el barrio no tiene calles, desde las viviendas de hojalata, de ladrillo o de cemento, desde la vida. Y esto, a pesar de que este fin de semana corrió sangre por el barrio. Era sangre fresca, joven. Cayeron cinco. Ellos vinieron a engrosar la cifra de 325 asesinados en la ciudad de Caracas en quince días. Balance final de 2007 en este país con una “revolución bonita”: 14.000 muertos por violencia. Primera causa de muerte entre jóvenes de 14-25 años: el asesinato. Los datos los tomo de la prensa nacional.
Antonio Danoz |
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