|
|
Ejercer la autoridad |
|
|
|
No cabe duda: saber ejercer la autoridad es de suma importancia. Me refiero a la autoridad que tenemos ocasión de ejercer a diario con nuestros hijos, con nuestros colaboradores en el trabajo, entre amigos a veces... Pero la forma de ejercerla dependerá de la percepción que tenemos del mundo en que vivimos.
Las personas que creen que el ser humano se mueve por instintos negativos, tratarán de hacer de la autoridad un freno del estado natural de las personas, buscando siempre lo que debería ser y no el propio desarrollo de la persona como tal, y no teniendo en cuenta las características específicas y diferentes de cada ser humano. Este tipo de autoridad es conocido como autoritarismo. En él se pierde la esencia del ser a cambio del resultado por la exigencia del deber cumplido. En el caso de ejercer este tipo de autoridad con los hijos, en éstos se suele producir dos tipos de sentimientos distintos. Uno, de culpabilidad: ante la exigencia de los padres y la imposibilidad de cumplir todas sus normas y deseos se sienten culpables de hacerles sufrir manifestándose como niños dóciles, resignados con un nivel alto de exigencia al haberse hecho cargo de la exigencia de los padres. Y otro, de máscara: ante los padres aparentan una forma de ser y actúan de otra. Se comportan de diferente forma en casa y fuera de ella, según estén o no los padres delante. Con lo cual, los padres desconfían de lo que les dicen, incluso, los profesores acerca del comportamiento en el colegio. Este tipo de autoridad, que se puede hacer extensiva a otras situaciones de nuestra vida cotidiana, genera agresividad y tensión ya que no se tienen en cuenta las capacidades y el potencial de la persona favoreciendo una baja valoración de la misma y logrando, bien manifestar la rabia y la agresividad, con lo que se suele conseguir el distanciamiento entre las personas, bien la no manifestación de la agresividad logrando personas más hurañas, culpabilizadas y enfermizas. El temor es la base en este tipo de autoridad y la obediencia su camino. Pero así sólo se logran relaciones interpersonales limitadas, poco enriquecedoras, con soluciones y propuestas basadas en patrones inhibidores y mecánicos, personas que no distinguirán, siquiera, si están de acuerdo o no con las reglas que se les imponen.
Por otra parte, hay quienes conciben en la naturaleza humana algo bueno y algo malo, por lo que fomentan y apoyan el bien a través de premios y combaten el mal mediante castigos; premios que suponen una muestra de interés, de atención, de tenernos en cuenta, de felicitación, de hacernos partícipes... y castigos que, entre adultos, pueden consistir en manipular, culpabilizar, retirar el afecto, amenazar... Así como el premio tiene consecuencias reforzadoras de una conducta deseada –siempre que no se acostumbre a premios constantes–, respecto del castigo está demostrado que no es un medio eficaz para cambiar la conducta, sino todo lo contrario, tiene efectos demoledores. Puede parecer que en algunos casos el castigo ha logrado cambiar conductas no deseadas, pero, generalmente, eso ocurre sólo durante algún tiempo volviendo a repetirse la conducta no deseada pasado ese periodo. Y otro factor importante es que para que vuelva a no producirse dicha conducta que no deseamos, cada vez ha de ser más fuerte el castigo. El riesgo de este planteamiento es que se confunde lo que es malo con lo que se ha hecho mal: a mala conducta, mala persona, por lo que la persona se cree valiosa si ha actuado bien. No es lo mismo decir: “eres un estúpido” que “has hecho una estupidez”.
Por
último, el planteamiento cambia cuando creemos en la persona que lucha por
conocerse y perfeccionarse, que madura en ese proceso y nosotros lo
apoyamos.
La autoridad no se ejerce con un “te aprecio si eres como yo quiero que seas”. Se ejerce con el respeto, la consideración, el afecto y la esperanza en lo que es un ser humano y hasta dónde puede llegar si no se le coarta. ¿Dónde está y cuál es mi parte de responsabilidad? Marisa Ortega.
|
|
|
|
||
|
|
|
|
|
|
|