Manifestamos un profundo respeto hacia aquellos que no creen en Dios. Incluso, comprendemos que para muchos de nuestros contemporáneos, inmersos en una sociedad secularizada y agobiada por la preocupación obsesiva de tener cosas y, por añadidura, en crisis, no les queda tiempo ni humor para estudiar a fondo el tema trascendental de Dios, a pesar de que la mayoría de la humanidad no se atreve a negar que Dios existe.

Comprendemos también a ciertos espíritus generosos, como Miguel de Unamuno, que no obstante dedicarle al tema religioso la mejor parte de su existencia, se ven afectados por “el sentimiento trágico de la vida”. No logran, a pesar de sus ingentes esfuerzos, integrar su intuición existencial que les empuja visceralmente a apostar por Dios con el proceso de sus razonamientos lógicos, empantanados en un callejón sin salida. Las causas de este cortocircuito son complejas: pobretería espiritual y humana de muchos creyentes, reduccionismo de la ciencia moderna que no da credibilidad sino a lo que se verifica experimental y tecnológicamente, crisis de la filosofía y la metafísica, miedo irracional a ser y a la trascendencia.

 

Arraigo religioso

A pesar de todo esto, muchos creemos en Dios. Estamos convencidos de que el sentimiento religioso, que aparece con el hombre y pervive hasta nuestros días, hubiera sido ya hace mucho tiempo barrido por los avatares de la historia si no estuviera profundamente enraizado en el corazón del hombre y no respondiera a la realidad.

Además, sabemos que no obstante todas las miserias y calamidades que han afligido a la humanidad a lo largo de los siglos, el mundo sigue adelante en su proceso de evolución y los hombres, más allá de lo que piensan, sienten y quieren, en lo más profundo de su estructura existencial apuestan por la confianza vital, por el sentido ultimo de la existencia, se resisten a ser engullidos en el abismo de la nada y del no-sentido. Un tremendo surtidor existencial surge de lo más hondo de nosotros mismos y nos empuja hacia arriba sin saber por qué ni para qué. Trasciende el ambiente en que vivimos y lo que decidimos hacer de nuestra vida.

No es cuantificable, pero lo cierto es que está ahí y que salta como un pozo artesiano empujándonos a la trascendencia. Lo que en último término justifica nuestra existencia no es algo precario y fugitivo, sino una realidad absoluta: Dios.

 

 

También estamos convencidos de que a la humanidad no le basta con dominar las cosas y tenerlas. La ciencia positiva y experimental ha llegado en esta línea a descubrimientos sensacionales. Pero más allá del hacer y del tener, está el ser. Al otro lado de las cosas nos encontramos con las personas. Los hombres, además de verificar experimentalmente lo que son las cosas, pueden ir más allá de la física y de sus leyes, para adentrarse en la metafísica y en la concatenación ontológica que existe entre la nada, el algo y el todo. Negar al hombre esta capacidad es reducirle y mutilarle. Después del sarampión del cientismo y produccionismo consumista, estamos volviendo al ser y a la metafísica. Y la metafísica, antes o después, nos llevará al único absoluto que existe y es Dios.

 

Testimonio generacional

Somos muchos los que creemos en el testimonio de quienes se sintieron interpelados por la Palabra de Dios y constataron experimentalmente que Jesús, a quienes habían matado los poderes públicos de su tiempo, vive. Creemos en su honradez y veracidad transmitida a lo largo de veinte siglos en cadena ininterrumpida por la comunidad cristiana. Y por eso sabemos que Dios está con nosotros hasta el final de los tiempos, desde bastidores, actuando en la raíz de nuestra libertad y autonomía, activa y eficazmente. No tenemos a este respecto la menor duda. Estamos convencidos de que hasta el final de los tiempos Dios seguirá estando con nosotros haciendo suya nuestra causa y nuestras vicisitudes.

Cuando alguien nos diga que Dios no existe y que no hay un más allá después de la muerte, no polemicemos con él. Es digno de respeto. Gracias a Dios han pasado los tiempos de las guerras de religión entre ateos y creyentes. Vivimos en una sociedad pluralista en la que las personas son libres para creer o no en Dios y para adoptar esta o la otra religión si es que creen. Pero, al igual que si nuestro compañero de viaje nos dice que el avión no va a México sino a Tokio, evitamos toda confrontación polémica y nos contentamos con decirle amablemente, pero convencidos: “En México nos veremos”, lo mismo hacemos con quienes no creen en Dios: “En el cielo nos veremos”.

Lo que sí está claro es que la vida del ateo y la del creyente, si ambos son coherentes con su opción, no pueden ser éticamente iguales. Queramos o no, el hecho de pensar que estamos destinados a la plenitud total como personas o a una aniquilación definitiva afecta inevitable y radicalmente nuestra vida. Sin Dios todo es precario y provisional; en cambio, con Dios todo adquiere un valor trascendental: el mundo y el hombre, la vida y la muerte. El hombre puede y debe hacerse a sí mismo, hasta tal punto que llega a soñar en su propia y relativa divinización. Gracias a Dios, este sueño puede hacerse realidad. ¡Dios, Dios, Dios!

A. Hortelano