Ternura maternal de Dios

en mi debilidad

 

         

Retomando mi diario he podido escribir lo que sigue:

Son las siete de la mañana de este día frío de noviembre. Cuando voy a levantarme, me fallan las fuerzas y caigo de bruces en el suelo. Mi mujer trata de ponerme de nuevo sobre la cama mientras me pregunta qué me pasa. Yo no puedo levantar mi cuerpo inerte. Y aunque la oigo y la entiendo, no logro responderle ni hacer el mínimo movimiento.

Alarmada, telefonea a mi hija y ésta acude de inmediato. Entre las dos consiguen colocarme sobre la cama. Llaman a Urgencias diciendo que me ha dado un “ictus”. La ayuda médica llega con prontitud. Me prestan los primeros auxilios en la misma cama y, mientras me asisten y me colocan en una camilla, oigo comentar que es necesario estar en el hospital antes de cuarenta minutos, pero que hay mucho tráfico…

Esto me alarma y comienzo a pensar que mi vida corre peligro. Me pongo en lo peor y siento miedo. Sin pérdida de tiempo, me llevan hasta la Uvi Móvil que espera a la puerta. Salimos a toda velocidad hacia el Centro médico que han estimado más conveniente. 

Durante el trayecto me pongo a rezar. Pido al Señor perdón de mis pecados y me alegro al recordar que ayer mismo me los perdonó cuando me confesé. Me encomiendo, ¿cómo no?, a la Virgen del Perpetuo Socorro con un ¡Madre del Perpetuo Socorro, ayúdame! Y siento la cercanía y la ternura maternal de los dos, transmitiéndome serenidad y paz.  La parte de mi cerebro que no ha sido dañada evoca algunos versículos del salmo 23 y, aunque mi boca no puede ni balbucear las palabras, desde lo profundo de mi impotencia, mi corazón las repite en silencio: El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque pase por valles tenebrosos nada debo temer, porque Él va conmigo; hacia las aguas de reposo me conduce y conforta mi alma; con Él viviré por días sin término. El miedo va dando paso a la paz, a la confianza y a tranquilidad. Y aunque el peligro de morir me sigue preocupando, el temor desaparece.

En el hospital recibo todos los cuidados que la ciencia médica tiene previstos para estos casos y quedo ingresado durante varios días. El desenlace no puede ser más feliz. Tal vez haya overbooking en los caminos de la eternidad, porque yo aún sigo por este mundo con la sensación de estar viviendo un tiempo de gracia. Ya son dos meses los que llevo disfrutando de una estancia extra, gratuita, en esta vida.

El peligro parece que ha pasado. Los médicos me han salvado del infarto cerebral y de casi todas sus secuelas. Pero han sido el Señor y su Madre quienes, movidos por las oraciones de todos los que me quieren y han pedido por mí, me han regalado esta experiencia de gracia que aún estoy viviendo. El Señor ha sido bueno conmigo, anticipándose con su auxilio a las plegarias que le llegarían después. Ellas consiguieron “el milagro”, que aún perdura, de la fortaleza, la serenidad y la paz que me embargan. Doy las gracias a todos. Y pido al Señor y a la Virgen que los bendiga.

Yo buscaba a Dios fuera de mí, y lo encontré en mi fragilidad interior, llenándome de amor con su ternura.

Para finalizar, me apropio y adapto estos versos de Santa Teresa:

Si para recobrar lo recobrado
tuve que haber perdido lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado…

Si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

                                                Xianpel