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Ya nada en común |
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Me ha llamado un antiguo amigo y compañero para comunicarme que se jubiló el pasado mes de diciembre. Un par de meses antes había cumplido sesenta años. Por lo que me cuenta, está desconcertado al comprobar que, una vez que los hijos se han marchado de casa, no tiene nada en común con su mujer. Mentalmente anda buscando las causas de su actual situación y reconoce que el modo de vida que ha llevado hasta hace unos meses, trabajando muchas horas fuera de casa, mientras su mujer se ocupaba del día a día del hogar, les ha distanciado, y lo peor es que no sabe cómo recomponer la relación con su esposa, ni con qué actividades llenar las largas horas del día. “A veces –me cuenta– parezco un fantasma que vaga por la casa sin saber qué hacer”. Y continúa, refiriéndose ahora a su mujer: “Antes casi siempre teníamos algún tema de conversación, especialmente relacionado con los chicos; pero, desde que ellos viven su propia vida, tenemos muy poco de qué hablar. Recuerdo que cuando los niños eran pequeños comentábamos lo bien que lo íbamos a pasar cuando se casaran y pudiéramos disponer de todo el tiempo para nosotros, pero esto es algo que se sueña; después es muy difícil realizarlo. Tal vez nos falte ilusión y nos sobren comodidades, pero lo cierto es que hemos perdido el espíritu aventurero de nuestra juventud”.
Preparar la jubilación La verdad es que la noticia no me sorprendió, conociendo cómo funcionan las grandes empresas europeas. Lo que sí me extrañó fue su pesimismo y la falta de ánimo para enfrentarse a la situación e intentar sobreponerse a unos problemas que se dan a menudo en personas que, por su trabajo, pasan muchas horas en la oficina o viajando. Por otra parte, las personas con este perfil empresarial, están acostumbradas a superar retos constantemente. Quizá por esto último y porque en bastantes ocasiones habíamos hablado de realizar algunos proyectos juntos, una vez jubilados, esperaba encontrarme con un hombre ilusionado, con planes para acometer… pero me he encontrado con un ser decaído, triste y sin ideas. Creo que todos estos acontecimientos le han cogido desprevenido y sin una preparación previa y adecuada para afrontarlos. Está demostrado que las personas, cuando superan los cincuenta años, comienzan a pensar en la jubilación, pero lo cierto es que a esta edad la inactividad laboral se ve aún lejana y parece que nunca va a llegar. Ésta es la razón por la que muchas veces descuidamos la preparación de todos aquellos elementos de nuestra vida que, cuando llegue el momento, vamos a necesitar.
Repito que ésta es una situación que se da bastante a menudo y que afecta a personas con un determinado nivel laboral que han dedicado su vida al trabajo y a su empresa. Conseguir un puesto de responsabilidad y, como contrapartida, unos ingresos en consonancia con la categoría profesional, es normalmente el motor de la vida de muchas personas; y mi amigo es una de ellas. Con frecuencia este tipo de personas relega la familia al fin de semana, y las conversaciones con la mujer se limitan normalmente al tema de los hijos y a la economía familiar. En el caso de mi amigo, los roles de la pareja estaban muy bien definidos: él era quien proporcionaba el dinero y su esposa quien lo administraba, y todo giraba en torno a la casa y a la educación de los hijos. Ahora bien, cuando este esquema se viene abajo, se ven como dos perfectos desconocidos. Si a esto añadimos que los hijos se han ido de casa y el marido no trabaja, sobreviene el desconcierto, la falta de estímulo y las dificultades, especialmente en el hombre, para reanudar y reavivar la vida en pareja.
Nuevos planteamientos En la actual situación, creo que el problema hay que atacarlo por dos lados: por uno, recomponer y recuperar la vida en común de la pareja y, por otro, reordenar la propia vida personal para llenarla de sentido. Conseguir este segundo objetivo resulta bastante más fácil para la mujer que para el hombre. La mujer que no ha trabajado fuera de casa, como es el caso de la mujer de mi amigo, está acostumbrada a tener su espacio propio al irse toda la familia por la mañana. Por otro lado, la permanente presencia del marido en casa le puede parecer extraña e incluso molesta. Le quita espacio y hasta puede sentirse controlada. Para mi amigo, sin embargo, acostumbrado a tener la agenda llena de actividades, el día se vuelve vacío y se encuentra extraño en un mundo que hasta hace muy poco no era el suyo, pero al que pertenece a partir de ahora. Quizá aquí pueda ayudarle su mujer: siempre hay pequeñas cuestiones de administración que él puede hacer, ciertos recados, trabajos de mantenimiento en casa… de forma que ocupe parte del día y, a su vez, deje espacio y tiempo a su mujer para que ella continúe con su vida. Como le decía a mi amigo, a casi todos los que hemos pasado por esta situación nos ha ocurrido lo mismo. A diferencia de los que tenían aficiones desarrolladas durante años o profesiones liberales que les han permitido trabajar a media jornada, los demás hemos tenido que crearnos una agenda en la que entre diversas actividades hemos completado el horario de una jornada normal de trabajo, con la ventaja de que los horarios y los objetivos se los marca cada uno. Quien se propone ejercer alguna actividad, lo consigue. A mi juicio, lo más complicado es conseguir el primero de los objetivos que nos habíamos marcado: que mi amigo y su mujer recuperen la vida en pareja. De nuevo, aquí la ayuda de la mujer es imprescindible. Para ella la vida sigue el transcurso normal con sus actividades cotidianas; pero su marido, como antes sus hijos, necesita hoy de ella para dar sentido a su vida. También deben recuperarse como pareja: pasar el mayor tiempo juntos: pasear, cultivar juntos los gustos del otro, descubrir juntos la ternura de los recién casados y recuperar amistades sin que ello suponga excesivas obligaciones. Terminada la conversación, parece que mi amigo estaba más animado y dispuesto a emprender algo nuevo. J. Soto
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