Todo pasó en un día

 

         

En diversas ocasiones me he desplazado a Centroamérica en los últimos años. Las misiones en Honduras y las visitas a otros países me han permitido disfrutar de esta tierra centroamericana. Pero nunca había tenido la oportunidad de conocer El Salvador. Lo tenía pendiente como un sueño. Esta vez fue posible y no me defraudó. Fue una experiencia preciosa, un kairos.

 

En la UCA

No tenía mucho tiempo, apenas dos días, para contactar con aquella realidad y estudiar con mis hermanos redentoristas la posibilidad de cooperar desde nuestra ONGd Asociación para la Solidaridad en algún proyecto de desarrollo en la zona que atienden en la capital.

Allí, en San Salvador, la comunidad redentorista es alegre y jovial. Junto a dos padres españoles, otros dos padres jóvenes de Centroamérica y ocho teólogos redentoristas dan vida y colorido a una Viceprovincia que mira el futuro con esperanza.

Aquella mañana, a primera hora, nos subimos a la furgoneta que cada día les lleva a la UCA, la Universidad Centroamericana desde la que los jesuitas se han posicionado al lado de los pobres y en favor de la justicia en los momentos más calientes que ha vivido aquella zona en las últimas décadas. Yo acepté de buen grado el plan que me había preparado Bryan para ver en un día lo que llevaba ansiando conocer desde hacía mucho tiempo.

La llegada a la UCA ya hacía que la respiración fuese tomando un nuevo ritmo. Cientos de jóvenes se movían por el campus; profesores como Jon Sobrino subían los peldaños dirigiéndose a sus cátedras… Y yo volviendo a mi época estudiantil de Salamanca.

En unos minutos todo pareció ponerse en paz. Los estudiantes entraron en las aulas. Y a mí me esperaba un baño de realidad que me marcó. Allí, 18 años atrás, fueron asesinados seis jesuitas, uno de ellos Ignacio Ellacuría, a quien había conocido unos meses antes en España; y junto a ellos dos empleadas. La causa es bien conocida: se atrevieron a levantar la voz por un pueblo sencillo que quería tierras, pan y justicia. Por eso la invitación que me hizo Bryan de ver las fotografías que se recogieron aquel día no podía ser rechazada.

En la biblioteca, encima de la mesa, había tres álbumes de fotografías. Empecé a pasar páginas. Confieso que jamás había visto tanto horror, tanta sangre, tanta violencia. Cada fotografía era un golpe a la sensatez, al respeto, al pudor, a la vida. Se habían ensañado con aquellos hombres y mujeres después de haberlos sacado a medianoche de la cama. Las lágrimas salían de los ojos. Sí, tan metido estaba en aquel baño de crueldad que la mano de Bryan sobre mi hombro para avisarme de nuestra partida me provocó tal sobresalto que me hizo gritar de espanto.

El paseo posterior por aquellas dependencias me hizo recobrar la paz. El lugar en el que aparecieron sus cuerpos se ha convertido en un jardín precioso en el que florecen rosales, que son hoy icono y recuerdo. Y la capilla en la que descansan sus cuerpos rezuma paz, justicia y destellos de vida nueva.


En la Catedral y el Hospitalico

Y de allí a la catedral. En la cripta se encuentra la tumba de Mons. Oscar Romero, el santo de los pobres. En 1980 fue asesinado por los escuadrones de la muerte. Su delito es bien conocido: haberse posicionado del lado de los pobres, denunciar la injusticia, pedir en nombre de Dios que se dejase de matar. Las flores frescas que siempre acompañan su tumba hablan del cariño de su pueblo, un cariño que algunos quieren apagar.

Y claro, era obligada la visita al Hospitalico. Vivió allí como arzobispo de San Salvador. Era allí donde recibía las visitas de mandatarios, de trabajadores y de gente que se esforzaba por buscar la paz a su lado.

Quedé impresionado al ver la sencillez de su aposento, la pequeña grabadora en la que cada día iba dejando su diario, sus trajes sencillos y las fotos junto a Pablo VI, el Papa que creyó y apostó por él. Y en una vitrina la camisa, el alba y la casulla, atravesadas las tres por la bala asesina que acabó con su vida cuando celebraba la eucaristía en la capilla del Hospitalico. Allí, en la capilla, una frase sencilla recuerda aquel día en que quisieron callar la voz del profeta: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

 

En la Parroquia

La vuelta a casa parecía ser el final de un día intenso en emociones y vivencias. Había revivido una historia dura y densa. Pero no, la tarde me hizo volver a la realidad. Y es que el P. Leo me invitó a conocer la parroquia, y la mejor manera era caminar por las calles. Entonces comencé a entender la lucha de Mons. Romero y la de los jesuitas salvadoreños. Junto a la ciudad moderna, que había visto la tarde anterior, con supermercados y edificios nobles, ahora aparecía ante mí la otra ciudad, la del pueblo sencillo y pobre. Me parecía imposible creer lo que estaba viendo: pasadizos repletos de casitas agolpadas, de chabolas, de niños descalzos, de jóvenes traficando con la droga, de mendigos pidiendo…

Y en medio de tanta pobreza la cercanía del P. Leo saludando a cada persona, entrando en sus casas, compartiendo un vaso de agua, invitando a la misión, visitando a los enfermos. Y la invitación de aquella señora a sentarnos en la mesita en la que ponía a la venta la merienda. Y yo contemplando en silencio cada persona, cada mirada y cada gesto. Y es que esto no puede quedar así; el grito del pobre sigue clamando al cielo.

P. López